
Para quien no ha visto Goodbye, la trama es esta: Ernesto, un depresivo crónico, neurótico y suicida, que ha fracasado en varios intentos por morirse, solicita ayuda a una clínica de suicidio asistido: Goodbye. Allí lo atiende Vivi, una secretaria optimista, obsesionada con vivir. Ernesto logra poner la infinidad de documentos burocráticos en regla para que la clínica le quite la vida. Pero le falta un requisito ineludible: un testigo. Como Ernesto no tiene a nadie, le pide a Vivi que le ayude con ese trámite. Ella acepta a cambio de que se conozcan y aprovecha los encuentros para convencerlo de que la vida vale la pena vivirla.
Hace cuatro años Goodbye fue una obra pequeña que con amigos bastó para llenar el teatro durante su primera temporada. Creo que ese fue el público modelo; es decir, el público que siempre ha estado implícito desde la creación de la narrativa de la obra, y que le sigue dando vida y pulso en cada función.
El Público Modelo (concepto que derivo del Lector Modelo de Eco) es determinante. Define la estética de la pieza. No imaginar al otro que mira, engendra obras amorfas, desentonadas y borrosas. El otro determina la estructura, el lleva y trae de la información, y el tono. El diseño del espectáculo, sus vibraciones, su frecuencia, busca igualar la frecuencia del espectador, para sintonizarse con él. No es casual que las palabras tono, tensión, sintonía y entretener, compartan raíz. Si entretener, es tener entre tensión a alguien, al final es un problema de tono, cuya etimología es “tensión” o “cuerda tensa”.
El tono de Goodbye es amigable, pícaro, cómico, desvergonzado, leve. Sustrae peso a un tabú que cargamos la mayoría de los vivos pensantes: el suicidio. Vivir es la decisión de no suicidarse o el movimiento de inercia provocado por la resignación de no poder hacerlo. Como sea, en subida o en bajada, todos cargamos con esta roca de Sísifo. Una roca que es pesada. Densa. Difícil de penetrar.
Camus dice que el problema fundamental de la filosofía es el sucidio. Y es verdad; de tomar la decisión de vivir o no, depende el sentido de toda la filosofía. ¿Y del arte, es también un problema fundamental el suicidio? No corresponde a ninguna experiencia artística responder esta cuestión, pero al menos sí ofrecer una posibilidad estética donde pueda ser representada, tal y como ocurre, por ejemplo, en el soliloquio más importante del teatro universal, “ser o no ser…” de Hamlet.
El escenario que le ofrece Goodbye al suicidio es una ficción que burla la gravedad con humor e ingenio. Cuentan sus creadores que la obra nació porque uno de ellos quiso matarse lanzándose de la terraza de un edificio. Entonces, Goodbye se creó como un ejercicio de imaginación que permitiera al suicida en potencia morir sanamente en la ficción. Incluso este ejercicio ya es burlón e ingenioso, por su inversión de ideas. “Morir sanamente”; o la inversión que hay en la idea de que el personaje muera en Goodbye, para que el actor siga viviendo en la realidad. Es la bufonada contra el destino que escribe una dramaturga para ayudar a su mejor amigo, quitándole gravedad al peso de su roca. Por eso le acopla tan bien la comedia a esta obra, porque su ingenio confunde el efecto gravitacional de la vida. Es como si la piedra que carga Sísifo, sin perder sus dimensiones y cantidad de masa, se volviera más fácil de cargar. Esta levedad facilita observar la piedra por cada lado como una pelota y nos deja hasta jugar con ella. Piensen que Sísifo, durante una hora y media de su eternidad juega con la roca y se ríe a carcajadas, burlón, de la rigidez del Hades, donde debe pagar su condena. Piensen que en esa hora y media otras carcajadas llegan a oídos de Sísifo, haciéndolo consciente de que no está solo en su condena. Que hay una sociedad de Sísifos con él. Miles. Probablemente esta imagen sintetice mejor que yo la experiencia de ver la obra. -Por cierto, ¡qué dicha sería invitar a verla a Albert Camus! -.
Entre estos Sísifos hay muchos que repiten la obra para traer a alguien más. La risa en Goodbye es un sonido agrupador que sigue atrayendo a más y más personas al teatro. Por eso quiero penetrar en esa risa. Entenderla mejor. Quito las manos del teclado, cierro los ojos y vuelvo en mi imaginación a las funciones de Goodbye. Y observo al público. Lo escucho reír. No es una carcajada que se sale de control. Tampoco un gimoteo escaso. Es una melodía dinámica que se alterna con el llanto, la ternura, o la sorpresa de un giro melodramático. También hay pausas. Silencios. Para nada es la risa estúpida sin rima ni razón que odiaba Meyerhold. Aunque tiene con qué, no llega a la crisis. Recuerde, lector o lectora, que un ataque de risa de los que hacen doler la panza, cerrar los ojos, llorar aturdido y orinarse, es una crisis en la que no se puede pensar. La risa que provoca Goodbye, en cambio, deja espacio a la respiración. Subvierte el cuerpo, claro, pero lo devuelve pronto a su serenidad natural, para que otra vez vuelva a sentir una emoción o un pensamiento más racional. Pero no es que en su rango de risas no exista la carcajada. Lo que pasa es que aquí la carcajada es social y participativa. Se sube el tono y volumen de la risa, no por pérdida de control del cuerpo, sino porque inconscientemente el espectador manifiesta así su participación en la obra. Es como si la carcajada dijera: “aquí estamos los ciudadanos burlándonos de eso”. Es una risa política, de la polis que se vuelve parte del juego. Esta carcajada podría compararse, por ejemplo, a las canciones de las hinchadas en los partidos de fútbol. Esas canciones buscan mover la acción del partido. Así también las carcajadas de Goodbye buscan empujar la acción de sus personajes. Imagino aquellas personas que habrán visto la obra a solas, por una pantalla, cuando la transmitieron en televisión pública. Seguro apenas sonrieron en las partes donde el público de la función reía a carcajadas. El chiste es el mismo, lo que cambia es el medio. En el teatro, el ciudadano participa y con el volumen de su risa hace parte de la obra. Modifican partes de la acción. Y los actores, además, reaccionan al estímulo del ciudadano. Este es un acierto sutil y hermoso del director y los actores de Goodbye.
Bergson dice que la risa es correctiva. Que es un mecanismo cruel, esencial a la naturaleza del ser humano, para corregir cualquier rigidez que impida a las personas adaptarse a la sociedad en la que viven. Es un antídoto contra la asociabilidad, una corrección inmediata. Si es así, ¿qué corrige con el azote de su risa el público de Goodbye? ¿De qué se ríen cuando ríen estos Sísifos?
Goodbye golpea un tabú del que la comedia brota como el agua para saciar a su gente. Nadie duda que día a día, la muerte inexorable avanza sobre nosotros. Mientras usted lee estas líneas, ya se ha muerto un poco. Pero a pesar de su ubicuidad, a la muerte queremos enterrarla, nunca verla de frente, ¡hasta olvidarnos que existe! La civilización volvió a la muerte obscena. Y el colmo de esta obscenidad es el suicidio. Aquel vivo que se asesina a sí mismo, es una fuga del sistema, es la subversión total de la civilización. La constitución no penaliza el suicidio porque es absurdo condenar un muerto. Lo que sí legisla es la intervención de los demás en el acto suicida. Sin embargo, en la legislatura metafísica, el suicidio sí representa un acto inmoral que debe ser castigado. En Goodbye, el valor negativo de esta prohibición, está positivado en una ecuación absurda: suicidarse (valor negativo) es una gran experiencia que el sistema, además, ha optimizado (valor positivo). Es decir, mientras el suicidio está prohibido en la vida real, en esta ficción está institucionalizado. Los valores se invierten, el mundo se voltea al revés, y distinguimos lo que antes no: la rigidez del tabú, su ridículo en todo el esplendor. Acá nos reímos de nosotros mismos, que vivimos con este tabú a pesar de que nos estamos muriendo minuto a minuto. El azote de la risa nos alcanza el culo sin darnos cuenta y por la herida que deja el vapuleo nos infecta de preguntas críticas que la obra no responde, ni tiene por qué hacerlo.
Sigo observando aquella risa del público de Goodbye y gracias a ella logro distinguir otros aspectos en la obra. Oigo cómo se ríen de Ernesto. De su insociabilidad que no lo deja vivir con los demás. Su negativismo es extremo hasta lo ridículo. Su neurosis lo ciega ante cualquier destello de belleza. Para él la mala suerte -paradójicamente- son aquellos milagritos que lo salvan de morir.
“ERNESTO: … yo no sé si estoy más cansado de vivir o de intentar morir.
VIVI: Usted es un milagro vivo.
ERNESTO: ¡Muy optimista! Yo prefiero llamarle mala suerte, a secas”.
(Chamorro, 2026)
Esta obstinación, terca e ilógica, lleva a Ernesto a ponerle un velo que distorsiona la vida. No ve en una flor su belleza, sino los miles de alérgenos que contiene. Pero su mala suerte es sospechosa. De hecho Vivi le plantea la posibilidad de que tal vez no quiera matarse. ¿No será su psiquis la que lo empuja a tomar el veneno vencido, a lanzarse de un edificio y caer sobre una señora que amortigua el golpe; o a cortarse las venas justo cuando llega la mamá para salvarlo? Claro, el sistema burocrático es un obstáculo para suicidarse, pero también lo es el mismo Ernesto. El problema no es que se quiera suicidar. La obra, con esto, es respetuosa. No moraliza sobre eso. El problema de Ernesto es que no puede socializar. Es demasiado psicorígido en su pesimismo suicida.
“ERNESTO: Todos los días hago lo mismo: me levanto a las siete de la mañana, me tomo un café amargo, me voy al trabajo… una hora de trancón. Llego al hospital, pongo sellos, firmo papeles, almuerzo en la terraza… un almuerzo frío, insípido. Regreso a la casa después de otra hora de trancón. Suena la segunda alarma del día, la de las seis de la tarde, que me indica que es el momento de ponerme a llorar.
VIVI: ¿Llora con alarma? (Ernesto asiente) Felicitaciones, señor. Usted es un deprimido disciplinado, lo felicito.”
(Chamorro, 2023)
Solo cuando Ernesto vuelve a amar (sentimiento que hace mirar al otro en su esplendor), por justicia poética, consigue su propósito de suicidarse en calma.
Vivi en cambio es ridículamente optimista. Por eso la azotamos con nuestra risa correctiva:
“VIVI: ¿ “dolor invisible”? ¡Puro lenguaje depresivo! (…) Yo también tengo un dolor… ¡cancelado, cancelado y transmutado! Yo no tengo nada…” (Chamorro, 2023)
Vivi está tan obsesionada con la belleza de vivir, que se la pasa distraída tropezando y tropezando con el mundo real: piensa que una mujer gorda está embarazada y le da la silla del bus. Vacía de sentido lo que le dicen para encontrar casualidades numerológicas en las palabras. ¡Incluso un camión casi la mata en un accidente! Tan optimista es, que al encuentro protocolario para servir de testigo en la diligencia de Ernesto, ella le da el sentido de una cita amorosa. Este optimismo extremo también es una forma de neurosis, contraria a la de Ernesto, pero neurosis al fin de cuentas. No oye del todo. Es torpe, vive en las nubes, y esto es chistoso. Nos reímos de ese optimismo que se pretende adueñar del otro. Sus reflexiones sobre el amor, develan por qué está tan sola. “La calle está dura…”, dice. Pero la rígida, la dura, es ella. Vivi es el resultado de un sistema social tan positivo que hasta el suicidio es toda una institución promocionada con jingles. El mundo de Goodbye es cuadriculado, un universo automatizado por hábitos puntuales. Las elipsis son hechas por alarmas. Ellos mismos están en un cubo que cambia de cara pero no de forma, nunca. Este orden, aunque óptimo, de todas maneras es un molde que restringe la condición humana. Esta especie de Truman Show es un engaño. Vivi necesita poner los pies en la tierra otra vez. Equilibrar su fuerza positiva con la negativa. Su cita con Ernesto es una cita con el caos. Es muy simbólico que esta cita[1] ocurra en un parque, donde cae la lluvia, brotan las flores, un lugar fácilmente asociable a un bosque, donde la vida explota caótica y hermosa, en contraste con la cuadriculada burocracia de la clínica.
Pero Vivi y Ernesto se complementan simétricamente. Cada uno tiene un narcisismo contrario al del otro. Optimismo y pesimismo se juntan y alcanzan su punto medio en el amor. La obra logra provocar una contradicción casi cristiana: solo amando al otro como a mí mismo, puedo comprender que alguien necesite suicidarse. Más allá de la justicia y sus propios dilemas, en todo caso es el amor el que abre a Vivi hacia Ernesto, y a Ernesto hacia Vivi.
Goodbye es una obra justa, medida, con armonía en entre sus partes. Y volvemos, con esta jerga musical, a algo de lo que hablamos al principio: Goodbye en términos musicales, es una canción de amigos, cuya melodía ejecutan los actores. A la larga, la obra se sigue haciendo para ese primer público, el de los amigos, necesario para entonar toda la pieza, y conseguir la armonía que han logrado. Lo que pasa es que ese público se ha ido expandiendo. Ya no son cientos, ahora son miles de amigos.
Para información sobre Goodbye en @circula.colectivo
[1] Aunque son varias citas en el mismo parque, la acción es la misma. Yo creo que más bien es una cita repartida en varios días.



