Se presenta en el Foro Lucerna durante los próximos fines de semana hasta el 25 de octubre

Es altamente probable que dirigir un Chéjov sea tan arriesgado como dirigir un wéstern. A mediados del siglo pasado la crítica de cine (especialmente Cahiers du Cinéma) difundió la tesis de que los directores americanos alcanzaban su madurez creativa al enfrentarse con un wéstern. Como si el género supusiera en sí mismo una especie de certificación o examen de grado que debían aprobar si querían ser considerados serios. Directores mexicanos como Ismael Rodríguez o Luis Buñuel, que no eran devotos de este género, tomaron la alternativa en el wéstern con gran acierto. Rodríguez con su tragedia vaquera Los hermanos del Hierro(1961) y Buñuel con su wéstern de tierra caliente El río y la muerte (1954). La crítica también elogió la temeridad del debutante Arturo Ripstein para inaugurar su filmografía con un espléndido wéstern como es Tiempo de morir (1966).
En el teatro parece que las piezas dramáticas de Antón Chéjov son “el wéstern” de los directores mexicanos. La llegada del dramaturgo ruso a la historia de la literatura dramática significó un parteaguas, que incluso le destaca de sus coetáneos como Ibsen, Strindberg o Maeterlinck. Chéjov parece haber descubierto (o inventado) un nuevo género teatral, que en dos mil años de dramaturgia no encuentra ninguna consonancia y que la escritora Luisa Josefina Hernández calificaría como pieza. Según ella, esta innovación responde a la aguda mirada que el médico ruso tuvo sobre los estragos de la incipiente clase media en el alma rusa.
¿Por qué Chéjov es tan difícil de comprender? Se ha dicho muchas veces que el género de las piezas chejovianas es incomprensible para quienes no leemos en ruso directamente. Que se ha malinterpretado su teatro en tonos nostálgicos y grises depresivos, cuando en realidad lo que el dramaturgo estaba buscando era una comedia hilarante. Esta idea se apoya en la clasificación que el mismo dramaturgo da a sus obras Comedia en cuatro actos. ¿Cómo entender entonces el teatro de Chéjov?
Hace un par de semanas fui invitado a la función especial de La gaviota en el Foro Lucerna, al estreno de la segunda temporada de esta producción que en 2025 ya había tenido una feliz temporada en el mismo recinto. Esta puesta en escena, dirigida por Christian Magaloni, tiene un gran respeto por la integridad del texto original, el trabajo de adaptación se ciñe meramente a cuestiones circunstanciales y no temáticas. La obra ocurre en la actualidad, hay alusiones directas a figuras escénicas como Peter Brook o Meryl Streep.
La gaviota pone en escena los desafortunados encuentros que tiene la familia Tréplev en una casa de retiro veraniego. Konstantin Tréplev es un joven escritor obsesionado con llegar a ser un importante dramaturgo. Quizá el origen de esta obsesión está en su madre, la actriz Irina Arkádina, de quien se cuenta que es una renombrada actriz, intérprete de grandes clásicos teatrales. Tréplev intenta congraciarse con su madre, su padrastro y los vecinos de la provincia montando una obra de teatro con una joven actriz aficionada, Nina Farínova, quien posteriormente, a lo largo de la obra, descubre su verdadera vocación artística. Más allá de una anécdota sui generis, Chéjov profundiza en las frustraciones y dolores del alma humana y son sus diálogos cargados de intensidad contenida los que continúan seduciendo a intérpretes y espectadores.
Tréplev (interpretado por Roberto Beck) es un joven creador arrogante que piensa que todo el teatro precedente es caduco y que solo replica discursos ofensivos y trasnochados. Durante su presentación prologal de la obra que ha escrito, enfatiza que es una «dramatización de su conciencia acercándose hacia sí misma». Enseguida se levanta el telón y en la metateatralidad observamos a una actriz confundida (Nina, interpretada por Assira Abate) que solamente replica formas recicladas del teatro posdramático: jadeos intensos, espasmos físicos, pseudodanza y diálogos de abigarrada narraturgia.
Esta escena que acabo de describir es evidentemente una parodia crítica de ese tipo de teatro pretencioso, pero pocos en la sala nos reímos. ¿Por qué? Quizás muchos espectadores se ofendieron ante esa parodia, quizás no lo entendieron, o quizás, a reserva de haberlo entendido, no les causó gracia que se burlaran de algo así. Quizás, quizás, quizás…
Pero esta parodia humorística no es una ocurrencia de Christian Magaloni, eso está presente desde la dramaturgia original de Antón Chéjov. Es evidente que el médico ruso no se estaba mofando de los apóstoles del posdrama, pero sí de los pretenciosos de su tiempo, de los vanidosos inventores del hilo negro que han existido siempre en el teatro. Chéjov respondía que clasificaba sus obras como comedias porque «a mí esa gente me da mucha risa», sin embargo, es difícil comprender y transducir escénicamente ese humor ácido chejoviano. Otro ejemplo que me gustaría resaltar, sin hacer ningún espóiler, es el último diálogo de esta obra, donde el doctor Chéjov parece haberle cogido manía al personaje de Tréplev, y anuncia su salida de escena con tal humor macabro, que pareciera un remate extraído de una comedia de Hugo Argüelles. Hay diversas formas de la materia cómica encriptadas en cada acto de la pieza, como el escarnio, el chiste, lo grotesco y, por supuesto, la parodia.
Este montaje cuenta con un sólido elenco de actores experimentados; algunos perfectamente instalados en la comedia, como Boris Schoemann en su personaje del tío Piotr Nikolaievich Sorin, pero también hay instantes dubitativos, por ejemplo en la actriz Mariana Giménez (hace de Arkadina) quien entona algunos momentos como escenas de telenovela que producen más un extrañamiento que una carcajada. Esto abre la puerta a la duda, nos siembra la interrogante de si el personaje es así o es la actriz quien lo interpreta como un melodrama recargado. Es loable la relación amarga que encuentran los actores Ditmara Náder y José Ramón Berganza (Masha y Medvedenko respectivamente) quienes imprimen a sus personajes un cálido sabor amargo que no desentona con el aire chejoviano, tan patético como triste. Assira Abate mide el terreno con gran aplomo y así camina entre las complejas emociones de su personaje.

El diseño escenográfico de Jesús Hernández es más barroco que realista, aborrece absolutamente de la austeridad. La puesta en escena propone una disposición en pasarela y la acción se divide en tres tercios, que a veces obligan al espectador a inclinarse incómodamente en la butaca. El mecanismo escenográfico desplaza dos entarimados sobre un riel que delimita los lugares de la finca o del jardín donde departen los personajes. La ostentación escenográfica es visualmente atractiva.
El teatro de Chéjov y el cine wéstern comparten la complejidad de contar sus historias desde lo particular a lo universal. Aprovechan cada palmo de terreno para hablar de asuntos locales y específicos, pero el retrato de los caracteres y sus condiciones históricas está tan bien trazado que hasta hoy resuenan en cada espectador que respire el aire de sus personajes. Traer a Chéjov a los escenarios mexicanos siempre es algo meritorio pues supone un compromiso con la complejidad del hombre y una lucha en contra de la frivolidad y la inmediatez artística.
La Gaviota se presenta en el Foro Lucerna durante los próximos fines de semana hasta el 25 de octubre. Viernes a las 20:30, sábados a las 19:00 y domingos a las 18:00 h. Las entradas tienen un precio general de $600 y están a la venta a través de Ticketmaster, Cartelera de teatro y en las taquillas del complejo cultural Teatro Milán/Foro Lucerna. Es una obra recomendada para mayores de 15 años. Se estima una duración de 3 horas sin intermedio.



