En Paso de Gato, lamentamos el fallecimiento del escritor, actor y director de escena Roberto Vázquez Montoya (1965-2026). A manera de homenaje, publicamos en nuestro portal este texto en el que expone de forma muy directa su pensamiento sobre el teatro.*

Ya el filósofo rumano Mircea Eliade, en su libro Lo sagrado y lo profano, nos mostraba la posibilidad de establecer una división entre el espacio donde sucede la misa y el acto ritual; la puesta en escena, en dos áreas: el lugar de la representación, el del actante, y el lugar destinado a eso que hemos llamado el público, el espectador. Ese que habita la parte oscura de la sala, de la que habla Lucina Jiménez; ese monstruo de mil cabezas y que, a pesar del enorme pavor que suele provocarnos, nos desvivimos cada noche para atraerlo a la fiesta lúdica del teatro.
Dentro del teatro comunitario, del teatro popular, del teatro callejero, estos espacios suelen no quedar perfectamente delimitados; para comenzar, se podría decir que este teatro es el que va a la búsqueda del público, no el público a la búsqueda del teatro. Los espacios con los que solemos jugar serán siempre plazas públicas, mercados, canchas de algún deporte, escuelas, calles, etc. Espacios, todos ellos, que no fueron creados para la representación teatral y que, sin embargo, adquieren un nuevo significado a partir de la puesta en escena. Como decía Augusto Boal: “Hacemos teatro en cualquier espacio, incluso en los teatros”.
Llevamos ya muchos años en la búsqueda de espacios donde podamos generar un discurso de creación de comunidad entre público y representación teatral. La disposición de estos lugares no solo determina el sitio donde habrá de llevarse a cabo la puesta en escena, sino también genera una nueva disertación entre quienes representan la obra y quienes la observan. La sacralización de la sala vuelve la representación en un acto de comunión, un sitio donde los factores de la teatralidad se ponen en común al servicio de todos los asistentes. Como una gran misa donde la grey forma parte del convite sagrado, perdiéndose así la brecha entre ambos espacios.
En estos festivales, podemos hablar de sitios, todos ellos, no construidos expresamente como salas teatrales y que han sido adecuados para ello; el teatro tosco del que habla Peter Brook en su libro El espacio vacío, el teatro del aplauso. Estos espacios que alguna vez fueron una cochera, un salón comunal, una cancha de futbol, etc., están insertados en el seno de las propias comunidades, rodeados de zonas habitacionales y barriales donde amas de casa, trabajadores, estudiantes comienzan por apropiarse del teatro que se gesta al interior de la misma colonia.
En esta simbiosis entre actores, actrices y público, este último deja de ser espectador pasivo y se convierte en partícipe de la puesta en escena; desde la organización hasta la representación. En Lima, Perú, en un festival llamado Festival Internacional de Teatro de Calles Abiertas (Fiteca), un festival de teatro en espacios abiertos, una cancha de futbol se convierte en la gran sala teatral y las bancas de un circo, en las butacas para el público. Aquí los habitantes del barrio se involucran en la organización del festival, desde la construcción del espacio escénico, hasta el hospedaje, seguridad y alimentación de los grupos involucrados, y lo mismo sucede en otros festivales como el Encuentro Teatral con la Muerte, el Moretón en Morelos, el Codedi de Finca Alemania o el Juan Álvarez en Guerrero.
Un teatro que trabaja en la construcción de la comunidad, desde su propia concepción, y que está contribuyendo al fortalecimiento de los procesos culturales de la misma población, apropiándose y recuperando diversas manifestaciones escénicas como parte de su definición.
*Roberto Vázquez Montoya. Licenciado en Literatura Dramática y Teatro. Dramaturgo, director y actor de la Agrupación Teatral Utopía Urbana desde 1989. Creador del Encuentro Teatral con la Muerte.



