Qué queda del teatro cuando dejamos de asumirlo como algo automáticamente necesario.

Desde hace por lo menos veinte años, el teatro parece vivir en una crisis que no termina de declararse del todo como tal. No es una crisis espectacular, ni una caída definitiva, ni un funeral, es más bien, una crisis lenta, normalizada con salas que apenas sobreviven, públicos que van y vienen, compañías que producen desde la precariedad, y festivales institucionales que todavía sostienen la idea de “movimiento” y “diálogo”. Siguen existiendo instituciones que programan puestas en escena, creadoras y creadores que insisten, críticos que todavía escriben, y escuelas de artes escénicas que siguen formando actuantes, direcciones y dramaturgias para un campo teatral cada vez más difícil de justificar y sostener.
En México y en el mundo, el teatro ha seguido ocurriendo, pero cada vez parece más obligado a explicar por qué. Ha atravesado recortes, precarización laboral, dependencia institucional, encierros estéticos cíclicos, competencia con plataformas digitales y una pandemia que no inventó su crisis, pero sí la volvió imposible de disimular. En México, distintas voces del sector han señalado que la precarización teatral no llegó con el COVID-19, sino que ya era estructural (Paul, 2020). La pandemia solo mostró con mayor crudeza el padecimiento: teatros cerrados, funciones suspendidas, actores transmitiendo desde sus casas, obras convertidas en videos, públicos mirando desde una pantalla aquello que supuestamente necesitaba de “la presencia” para existir. A nivel global, la crisis sanitaria afectó profundamente a las industrias culturales y creativas, especialmente a los espacios escénicos y de exhibición pública (UNESCO, 2021). Entonces aparecieron las preguntas que quizá ya estaban ahí, pero que el teatro prefería no mirar de frente: ¿qué era exactamente aquello que lo hacía tan indispensable? ¿Por qué insistir en una forma tan frágil de existir?
Y ni se diga de su contenido. En las últimas dos décadas, una parte del teatro contemporáneo se ha vuelto cada vez más conceptual, autorreferencial y dependiente de códigos internos. Muchas obras parecen dialogar menos con un público amplio que con una comunidad artística que ya conoce sus claves de lectura: ciertas posturas políticas, ciertos gestos formales, ciertas formas de fragmentación, de extrañamiento, de solemnidad y de incomodidad. Muchas veces es un teatro que no necesariamente convoca, sino que se protege; un teatro que no siempre abre una conversación, sino que confirma una posición. No siempre interpela al espectador: lo examina, lo alecciona, lo cuestiona o lo deja fuera. Y cuando alguien queda fuera, la culpa suele caer sobre el público. No entendió. No tuvo paciencia. No sabe mirar. No está acostumbrado. No comprendió que “eso que se presentó también es teatro”. Pero quizá el problema no siempre está en quien mira. Quizá también está en una práctica teatral que se volvió demasiado delicada, demasiado cerrada, demasiado autoconvencida de su propia importancia.
¿Para qué hacerlo hoy?
Dejemos a un lado su valor “artístico abstracto”, su valor tradicional o su peso histórico. No pensemos ahora para qué lo defendieron los griegos, las vanguardias o las escuelas de arte. La pregunta es más simple: ¿para qué hacer teatro ahora, con estas condiciones, en este mundo, frente a un público que tiene mil formas más rápidas, baratas y accesibles de emocionarse, pensar o distraerse? Y los creadores solemos defendernos muy rápido. Apenas alguien pregunta por su utilidad, el “artista” responde con palabras grandes: presencia, cuerpo, comunidad, rito, encuentro, investigación, denuncia. Pero esas palabras ya no son suficientes. Se han usado tanto que empiezan a sonar como una excusa. También hay presencia en un concierto. También hay comunidad en una marcha, en un estadio, en una iglesia, en una fiesta, incluso en internet. También hay cuerpo en la danza, en el performance, en la calle. También hay profundidad en un poema, en una novela, en una conversación, en una película, en una batalla de aura, en un cómic.
Entonces, ¿qué tiene el teatro que no pueda encontrarse en otra parte?
Si lo que buscamos es eficiencia, ahí están las pantallas. Si buscamos alcance, ahí está internet. Si buscamos profundidad verbal, ahí están la poesía y la escritura. Si buscamos imagen, ahí está el cine. Si buscamos entretenimiento, existen otras formas más inmediatas, más cómodas y menos costosas. Formas tangibles, disponibles, repetibles. Cosas que pueden suspenderse en el tiempo. No efímeras como la escena. El teatro es caro y a veces lento. Una obra puede exigir meses de ensayo, renta de espacios, diseño de iluminación, escenografía, vestuario, difusión, traslados, boletos, permisos, paciencia. Todo para existir apenas unas horas, repartidas en unas cuantas funciones, ante un público pequeñito, pequeñito. A veces ante una sala medio vacía, con celulares encendidos y personas que ya se aburrieron. El teatro no es automáticamente necesario por ser teatro. No basta con poner un cuerpo bajo una luz para que ocurra algo profundo. No basta con reunir personas en una sala para que exista comunidad. No basta con que algo suceda en vivo para que sea verdadero. La presencia no salva una obra. La precariedad no la vuelve valiosa. La dificultad de producirla no la convierte en indispensable. Y el hecho de que sea algo “en vivo” no lo vuelve legítimo por sí mismo.
Durante mucho tiempo, defender el teatro fue defender lo vivo contra lo reproducible. Pero lo vivo también puede ser vacío. Lo presencial también puede ser superficial. Lo colectivo también puede ser una ficción. Una obra de teatro puede ocurrir frente a nosotros y no decirnos nada. ¿El teatro sigue siendo necesario o solo seguimos diciendo que lo es porque no sabemos aceptar que perdió centralidad?
Tal vez el teatro no sea necesario. O al menos no en un sentido práctico. Desde la lógica de la eficiencia y la productividad, pierde casi todas las comparaciones. No circula bien, no escala, no se optimiza fácilmente y no se almacena correctamente en una nube. Y quizá ese sea el punto. Eso no lo vuelve superior. Tampoco lo vuelve necesario. Pero sí lo vuelve extraño. Hacer teatro hoy es ilógico porque insiste en reunir cuerpos cuando casi todo lo que hay afuera tiende a separarlos. Es ilógico porque invierte meses en algo que desaparece en una hora. Es ilógico porque exige atención en una época distraída. Es ilógico porque se resiste a convertirse del todo en archivo, producto o contenido. Pero esa ilógica, esa extrañeza, tampoco basta para salvarlo. También puede ser nostalgia. También puede ser lujo. También puede ser una práctica para pocos, sostenida por discursos que la protegen de sus propias preguntas. También puede ser un ritual que se justifica a sí mismo porque teme aceptar que ya no ocupa el lugar que alguna vez imaginó tener. Quizá habría que dejar de defender el teatro con tanta solemnidad. Dejar de repetir que es indispensable. Dejar de justificarlo tanto. Tal vez la pregunta no sea cómo demostrar que el teatro es necesario, sino qué queda de él cuando aceptamos que quizá no lo es.
Porque si el teatro todavía importa, no será porque sea más eficiente que una pantalla, más profundo que un poema o más poderoso que una película. No gana por comparación. No tiene cómo ganar ahí. Su única posibilidad está en sostener una experiencia que parece cada vez más difícil de justificar. Una experiencia que, efectivamente, es cara, lenta, frágil, presencial, limitada, que a veces no se entiende y que probablemente esté destinada a desaparecer. Una experiencia que no ofrece la comodidad de lo inmediato ni la promesa de lo permanente. Una experiencia que nos obliga a estar frente a algo que ocurre una sola vez y que, quizá, no sirva para nada. Tal vez ahí empieza la única pregunta honesta: no cómo salvar al teatro, sino qué queda de él cuando deja de darse por necesario.
Bibliografía
Paul, C. (2020, 28 de diciembre). La precarización del sector teatral en México es estructural, no llegó con el Covid-19: creadores. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/notas/2020/12/28/cultura/la-precarizacion-del-sector-teatral-en-mexico-es-estructural-no-llego-con-el-covid-19-creadores/
UNESCO. (2021, 15 de diciembre). Culture and the pandemic: What was the impact of the crisis on the creative industries? https://www.unesco.org/en/articles/culture-and-pandemic-what-was-impact-crisis-creative-industries



