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Amor y rabia, “disertaciones sobre relaciones humanas e identidad, exploraciones del presente mexicano, del teatro y su esencia”

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El próximo miércoles 12 de agosto se presenta en el Teatro El Milagro, una edición de dos volúmenes con 24 obras de David Olguín, de 1984 al 2024

Agradecemos la posibilidad que nos brinda el sello de Ediciones La Rana de la Secretaría de Cultura de Guanajuato, para publicar este prólogo a cargo de Juan Manuel García Belmonte

Prólogo

La rabia de David Olguín

Nunca alcanzarás la gracia del consuelo, mientras no te la dé tu propio corazón.

Goethe, Fausto

Prolífico en su teatro, David Olguín es uno de los dramaturgos con- temporáneos más destacados de México y Latinoamérica. Este vo- lumen que reúne veinticuatro de sus textos no publicados es una muestra poderosa de una escritura tan particular que ha alcanza- do la cima en cuanto a temas, estilos y poética dramatúrgica que algunos han llamado: “olguiniana”.

Reacio a las clasificaciones, David Olguín ha construido en cua- tro décadas de trabajo uno de los corpus dramáticos más fértiles, que hurga en las preocupaciones profundas del alma de los hom- bres para calar muy hondo.

Los textos reunidos van de 1984 al 2024, lo que traza un universo de geografías, temáticas, estilos, ocupaciones y preocupaciones que pone la mirada en la exploración de las heridas síquicas, la muerte, el hálito del mal o de sus motivaciones, los desencuentros, las razo- nes oscuras de los seres, eso inefable de nuestro comportamiento.

Traducido a varios idiomas y con una andanada de premios, Ol- guín obtuvo en el 2022 el Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura de la Universidad de Guanajuato (UG), galardón que, de manera unánime, celebró sus aportes a la dramaturgia mexicana, campo donde el autor es acaso el único que ha trazado un camino de co- herencia y congruencia en su escritura para el teatro de finales del siglo xx y el primer cuarto de este siglo xxi.

Compleja en su estructura, vivísima en sus recursos, la produc- ción de este escritor ha cincelado textos imprescindibles para la me- moria teatral de México, la mayoría de los cuales los ha dirigido él mismo.

Desde el estreno de su primera obra, La representación, en febre- ro de 1985, dirigida por Rodrigo Johnson, Olguín ha seguido una carrera ascendente en prácticamente todas las aristas del mundo teatral, la de dramaturgo, director, tutor, maestro, investigador, edi- tor, traductor, gestor y férreo promotor del teatro nacional en cada una de sus trincheras. Así, en Olguín, nada del teatro le es ajeno.

Con más de cincuenta obras escritas, si se suman las que tiene este libro, quien ha sido tutor de la Fundación para las Letras Mexi- canas durante 20 años, es una de las plumas dramáticas más vastas del país.

La brillante escritura del dramaturgo se ha publicado en una decena de editoriales tanto oficiales como universitarias e inde- pendientes y en donde casi siempre se incluyen una obra o tres a lo mucho.

Acaso una de las preguntas clave que ha orientado su entrama- do escritural es esta, profunda e insondable: ¿De qué sirve un corazón que no ha sufrido?, dicha por El Viajero, personaje de Belice, montaje estrenado en 2002 y que constituye una obra paradigmática en la carrera del autor.

De esa pregunta puede desprenderse tanto la anterior como posterior producción del dramaturgo, quien ha explorado cual Chéjov, las múltiples capas de la condición humana, siempre en esa búsqueda de aquellos pozos profundos de los corazones dubitati- vos, en zozobra.

Al mirar la piel de los hombres como cartografía, agudo obser- vador de las conductas y pasiones humanas, Olguín también ha adaptado múltiples textos para llevarlos a escena (donde se encuen- tran varios clásicos) y es en las tablas donde el laboratorio de sus ideas se verifica.

El también Académico de número en la Academia Mexicana de las Artes (cargo que ocupa desde 2017) pertenece a la generación de quienes comenzaron a publicar a inicios y durante la década de los noventa (aunque la primera obra de Olguín, La representación, es de 1985).

A esta generación de autores dramáticos también pertenecen Luis Mario Moncada, Jaime Chabaud, Silvia Peláez, Maribel Ca- rrasco, Estela Leñero y tardíamente, Flavio González Mello.

Son pocos los textos publicados respecto al estudio de la obra dramática de Olguín, uno de los más contundentes es el que contie- ne el volumen Análisis de la dramaturgia mexicana actual, coordina- do por el investigador español José-Luis García Barrientos y que se publicó en España en 2019, donde se analiza en particular a Belice.

Conocedor como pocos de la dramaturgia mexicana y sus avata- res, Olguín se formó a la par en Lengua y Literatura Hispánicas y el Centro Universitario de Teatro, el CUT, donde cursó la carrera de Actuación, y en diversos talleres de dirección escénica con el señe- ro Ludwik Margules, además de la maestría en Estudios Teatrales, con especialidad en Dirección Escénica, que estudió en Londres.

Él ha reconocido como sus maestros a Elena Garro, Óscar Lie- ra, Hugo Hiriart y Juan Tovar –con quien tomó su primer taller de dramaturgia–, todos nombres imprescindibles de nuestras letras.

Elvira Popova, estudiosa de la obra de David Olguín, afirma que este se sirve de la metáfora, de los juegos entre realidad y ficción para hablar de momentos críticos de la realidad mexicana, además de que la representación teatral y la metateatralidad como medio importante para la creación de realidades simbólicas son un recur- so estilístico que caracteriza la dramaturgia del autor.

Así pues, la publicación de esta antología inédita resulta un acontecimiento de altos vuelos en la historia de la escritura dramá- tica nacional.

De las obras aquí publicadas, excepto seis de ellas, todas se han estrenado profesionalmente o han sido parte de exámenes de grado de las escuelas profesionales de actuación.

Olguín, quien prácticamente monta todos sus textos, seleccio- nó las obras en orden cronológico. El volumen abre con La nostal- gia, que en el 2025 cumplió su tercera temporada y es, como lo han escrito las varias reseñas de prensa, una deliciosa misiva de amor al teatro.

Le sigue Amor y rabia, que presenta el retrato del malestar de una generación.

“…Nos sitúa en estado de guerra del país, la oquedad en la que se hunden las tres generaciones representadas en la obra (con cinco actores que se alternan los roles), mismas que se corresponden con distintas izquierdas. Del 68 a los nuevos movimientos socia- les, de la guerra sucia a la narcoguerra, de la Liga Comunista 23

de Septiembre al Bloque Negro, los personajes contienden contra una realidad que los apabulla y malcomprenden, la cual intentan transformar mediante la acción”, escribe Carlos Illades.

Perspicaz e interesado en la historia nacional, cuyos textos a propósito (Clipperton, Los asesinos, Los insensatos, La lengua de los muertos, Malpaís, entre otros) escribe y reelabora luego de largas investigaciones, David Olguín ha revisado brillantemente algunos capítulos nodales de la patria.

México 68 –incluida aquí– constituye una relectura agudísima de esos hechos y ni hablar de 1521, un fresco monumental en cuatro partes y 22 monólogos para horadar los 500 años de la caída de Te- nochtitlan.

En sus obras, Olguín saca a relucir todas las herramientas de su oficio dramatúrgico en piezas (valga el sustantivo) como La dulzura, Polichinela o divertimento para infantes, Venus Calipigia, El reencuen- tro, Noche de perros (un guión radiofónico), Cáncer, Amar amor, don- de el autor demuestra con creces el conocimiento de los entresijos de la escritura para el teatro.

David Olguín sabe, y bien, construir un drama con toda la orfe- brería aristotélica de pe a pa, con anécdotas y personajes sumamen- te complejos, sólidos, un teatro (que si bien algunos han calificado de culterano) donde se apela a la inteligencia, una riqueza del len- guaje sin traiciones, la impronta del sentido del hombre, el devenir de las consciencias con historias fuertes en su andamiaje, así se tra- te de textos de largo aliento u obras más breves.

Pero además, sin recurrir a modas, el escritor estira los ejes de la dramaturgia (posdramaticidad o dramaturgia expandida si se quiere llamar) para dotar a sus obras de una deslumbrante explo- ración de lenguajes, formas y estilos donde somete al idioma, para-

fraseando a Elfriede Jelinek, hasta sus consecuencias últimas para revelarnos todo su poder en esos cuerpos dicientes.

Cada una de las obras publicadas son un viaje bellísimo a los intersticios de nuestra humanidad con todas sus tonalidades y, sin demérito de ninguna de las que aquí pueden disfrutar los lectores, apunto brevemente a La exageración y La belleza, textos y puestas en escena donde el autor alcanza mucho de su artillería mayor, al indagar con agudeza dilemas morales y éticos.

En la primera –y una de las últimas en las que actuara el falleci- do Mauricio Davison–, Olguín hace una oda al teatro y al arte de la actuación, marca con estrépito una obra de gran madurez cuyo texto está plagado de referencias a textos como El hacedor de teatro, de Bernhard (la última obra que hiciera Davison con Gurrola) y Miscast, de Salvador Elizondo, así como La gaviota y El jardín de los cerezos, de Chéjov, guiños a Shakespeare, Goethe y Müller, que van urdiendo una puesta en escena entrañable, llena de humanidad y verdad escénica, que no sólo atañe a los enterados del teatro, sino a cualquiera que tenga la escucha y el corazón atentos.

Con La belleza, la historia de Julia Pastrana adquiere un fulgor fuera de serie, de hecho es una de las puestas en escena a las que el dramaturgo le puso un énfasis particular, de proporciones aúreas donde todo parece encajar a la perfección, con una direción exqui- sita. (Deben enterarse, quienes leen, que una de las dudas era poner como título a este libro La belleza).

Extensa en sus alcances, las obras del director como se ha dicho, tienen su culmen en el montaje, que es su contundencia escénica y donde resplandece el alma de la escritura al sucederse en el presen- te, el aquí y el ahora.

Muy sobresalientes también y que fueron sumamente celebra- das en sus representaciones son: El viaje interminable, La inocencia y El paraíso, todas montadas con alumnos de la Escuela Nacional de

Arte Teatral del INBAL. Las tres son extensas, pero la primera de ellas tal vez alcance las tres horas de representación.

Con El paraíso, inspirada en el Decamerón, de Giovanni Boc- caccio, se repasa, como ocurre en varias piezas del dramaturgo, la inseguridad cotidiana y la violencia en el país, sin olvidar los sueños o anhelos juveniles.

El propio director ha descartado en diversas ocasiones que siga un método único de trabajo en su escritura, aunque al paso de los años ha cocinado un sistema muy suyo, “olguiniano”, donde se con- catenan las imágenes, los sabores, los olores, las texturas, los colores de una atmósfera que devendrá luego en un texto para la escena.

La suya, parafraseándolo, es una escritura y concepción de la pues- ta en escena donde se pone al arte en el centro de las preocupacio- nes, una dramaturgia, un tipo de teatro que marcan un sentido que ha guiado su quehacer escénico.

El libro cierra con cinco obras breves que pertenecen a periodos experimentales de suma importancia en el posterior desarrollo es- critural de este autor.

Perturbador y necesario en su decir, es el teatro de David Olguín, cuyos montajes han visto un sinnúmero de temporadas sobre todo en el foro El Milagro, de la mano de su escenógrafo e iluminador de cabecera, Gabriel Pascal.

Sin duda, Olguín es uno de los hombres de teatro más sólidos de México y además de su trabajo dramático, destaca su generosa labor como formador de actores, directores, dramaturgas y drama- turgos a lo largo y ancho del país.

El trabajo como hombre de teatro total en Olguín se refuerza con su intachable oficio como director escénico y al frente del Teatro El Milagro, que sostiene principalmente junto con Gabriel Pascal. La editorial del mismo nombre, proyecto que encabezó hasta 2015 y que sigue vigente desde 1991, y el propio teatro desde 2008, son una muestra del amor por el convivio teatral en todas sus aristas.

Teatro El Milagro ha cobijado a lo mejor de la escena indepen- diente del país y al teatro contemporáneo de un perfil netamente ar- tístico; se le ha manejado, con sobrada transparencia, calidad moral y artística, un ejemplo de coraje, gestión, curaduría y operación de un foro independiente en México.

Como editor, sin hablar de la cuidada selección que tuvo en edi- ciones El Milagro, Olguín coordinó, editó y escribió en uno de los libros que son pieza clave para entender los devenires de la escena mexicana desde el teatro de revista hasta las primeras manifestacio- nes de las teatralidades de los primeros diez años del siglo xxi: Un siglo de teatro en México, publicado por el Fondo de Cultura Econó- mica en 2011.

El dramaturgo ha editado antologías y traducido a autores como Jan Kott, George Steiner, Harold Bloom, David Mamet, María Irene Fornés, Barry Gifford y un largo etcétera.

A David Olguín, el teatro mexicano le debe no sólo obras que son parte de la memoria teatral del país, sino el impulso de escuelas profesionales, la formación de un sinnúmero de teatristas, un acervo maravilloso de puestas en escena, la apuesta por primera vez en la traducción de autores y teóricos del hecho teatral antes inalcanzables en nuestro idioma.

La publicación de este teatro inédito es un reconocimiento ape- nas justo a toda una vida de generosa y amorosa entrega al arte del teatro, oficio azaroso, ingrato y precario muchas veces, pero al que Olguín le ha puesto su alma entera sin remilgos.

Este volumen es, sin temor a equivocarme, una de las mayores aportaciones a la dramaturgia nacional de los últimos veinte años.

No menos importante es la invaluable contribución que Edicio- nes La Rana de Guanajuato, hace por la escritura dramática contem- poránea, una apuesta inédita también en el campo editorial actual.

Juan Manuel García Belmonte

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