Cuando el futbol detiene el curso ordinario de la vida

Con la llegada del Mundial de 2026 a México, la atención pública volverá a concentrarse en un acontecimiento capaz de reorganizar ciudades enteras, discursos políticos, agendas institucionales y conversaciones cotidianas. Durante semanas, los titulares de todo el mundo girarán alrededor de un mismo símbolo global que, cada cuatro años, provoca lágrimas, gritos, festejos y una derrama económica difícil de igualar. Los medios modificarán sus prioridades editoriales, las instituciones ajustarán sus calendarios, las escuelas flexibilizarán horarios (en algunos casos suspenderán clases), los comercios adaptarán sus dinámicas y millones de personas interrumpirán sus actividades para dirigir la mirada hacia una misma dirección: el futbol.
En México, el futbol tiene un lugar que pocas expresiones culturales han logrado alcanzar, ya que no solamente moviliza audiencias, sino que también juega con afectos, imaginarios colectivos y formas de entender la nación, y cada Mundial reactiva “la promesa” y la “idea” de ver reflejado en una cancha un país más unido, más competitivo y reconocido de lo que suele percibirse a sí mismo en la vida cotidiana. El futbol se ha convertido en uno de los escenarios donde México ensaya, una y otra vez, una idea de sí mismo; una posibilidad de un país que puede ser, pero que solo dura algunas semanas cada cuatro años.
Pocas expresiones culturales poseen hoy semejante capacidad de convocatoria. Pocos fenómenos logran suspender, aunque sea temporalmente, las diferencias sociales, políticas o económicas para instalar una narrativa común que atraviesa fronteras, clases e ideologías. Durante un Mundial, la vida pública parece encontrar un centro compartido. Es interesantísimo ver cómo el país discute las mismas jugadas, comparte las mismas expectativas y celebra o lamenta los mismos resultados. Lo sorprendente no es que eso ocurra. Lo verdaderamente revelador es la naturalidad con la que aceptamos esa reorganización de la realidad, siendo que, nadie se pregunta por qué un torneo deportivo puede alterar horarios laborales, modificar la programación cultural de las ciudades o monopolizar durante semanas buena parte de la conversación pública. Hemos asumido que ciertos acontecimientos tienen la capacidad legítima de detener el curso ordinario de la vida, pero no nos preguntamos verdaderamente el por qué. Y quizá ahí aparece una pregunta más interesante que la habitual discusión sobre el deporte y la cultura: ¿qué hace posible que millones de personas acepten participar simultáneamente de una misma historia? ¿Qué necesidad colectiva satisface un Mundial para que una nación entera esté dispuesta a mirar hacia el mismo lugar, al mismo tiempo?
Antes de buscar responder, vale la pena observar el fenómeno con atención, porque quizá aquello que ocurre alrededor de una cancha tiene menos que ver con el deporte de lo que solemos creer y más con algo profundamente humano: la necesidad de compartir símbolos, rituales y relatos que nos permitan sentir, aunque sea por un instante, que formamos parte de una misma comunidad. El historiador y filósofo político Benedict Anderson definió a las naciones como «comunidades imaginadas», no porque sean falsas, sino porque sus integrantes jamás conocerán a la mayoría de las personas con las que comparten una identidad nacional y, aun así, se perciben como parte de una misma comunidad. La nación existe porque es narrada, representada e imaginada colectivamente, pero es un acuerdo. Todo es un acuerdo. Es una compilación de decisiones, es, lo que llamamos en el teatro: una convención. La camiseta, el himno y la selección funcionan como dispositivos de identificación capaces de hacer visible una comunidad que normalmente permanece abstracta. Entonces surge una pregunta que interesa tanto al arte (principalmente a los “artistas”) como a la sociedad: ¿por qué un partido de futbol logra unir a una nación y una obra de teatro no? La respuesta más rápida parecería obvia: el futbol es popular, el teatro no. El futbol convoca multitudes, el teatro convoca minorías. Pero esa explicación resulta insuficiente. Porque si observamos con atención, descubrimos que el Mundial posee muchos de los elementos que tradicionalmente asociamos con la experiencia teatral. Hay una dramaturgia y existen héroes, villanos, conflictos, tensiones y desenlaces. Hay escenografías monumentales, vestuarios reconocibles, coreografías colectivas y rituales cuidadosamente construidos. Hay meta teatralidad, rompimiento de cuarta pared. Hay espectadores que no sólo observan, sino que participan activamente en la representación. Cada cuatro años, millones de personas aceptan formar parte de una ficción compartida. Nadie puede escapar de ella. Quizá por eso el Mundial sea una de las manifestaciones de teatralidad más grandes de nuestro tiempo. Pero ¿por qué esta representación logra reunir a millones de personas mientras el teatro rara vez alcanza ese nivel de identificación colectiva?

Tal vez porque ambos cumplen funciones distintas. El futbol simplifica la identidad. Durante noventa minutos existe un nosotros perfectamente reconocible: hay colores compartidos, símbolos comunes, un objetivo claro y una emoción sincronizada. La complejidad de una sociedad se reduce temporalmente a una experiencia colectiva donde todos desean lo mismo. El futbol ofrece pertenencia. El teatro, en cambio, suele ofrecer otra cosa, siendo que, no organiza la experiencia alrededor de una respuesta común, sino alrededor de una pregunta común. No busca necesariamente el consenso. No promete victorias. No divide el mundo entre ganadores y perdedores, sino que, introduce dudas, contradicciones y perspectivas que impiden una lectura única de la realidad. Mientras el futbol construye comunidad a través de la identificación, el teatro construye comunidad a través de la reflexión. En el estadio, miles de personas pueden coincidir en una misma emoción. En una sala teatral, cientos de personas pueden compartir una experiencia sin llegar jamás a la misma conclusión.
Quizá por eso el teatro no logra unir a la nación. Y quizá tampoco debería hacerlo. Porque la idea de una nación completamente unida es, en sí misma, una representación. Durante un Mundial parece posible olvidar las fracturas sociales, económicas, culturales y políticas que atraviesan al país. Sin embargo, cuando termina el partido, esas diferencias continúan existiendo en casa, en las calles, y en la realidad. El futbol produce una poderosa sensación de unidad, y el teatro suele recordarnos la complejidad que existe detrás de ella. Ninguna de las dos funciones es superior a la otra, porque ambas responden a necesidades humanas profundas. Necesitamos rituales que nos permitan sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Pero también necesitamos espacios que nos permitan preguntarnos quiénes somos realmente.
Por eso quizá el Mundial no debería ser visto por los artistas como una amenaza o una competencia, sino como una gran oportunidad para la observación. Mientras millones de personas participan en este enorme ritual contemporáneo, el trabajo del teatro podría consistir en estudiar aquello que ocurre alrededor del balón: las emociones que moviliza, los símbolos que activa, las narrativas que construye y las ausencias que deja fuera del encuadre. Toda representación tiene un fuera de escena. Y tal vez allí comienza el trabajo del arte. Los mundiales terminan, los campeones cambian, los estadios se vacían, y lo que permanece son las preguntas. Tal vez el teatro no exista para reunir a una nación detrás de una misma emoción. Tal vez su tarea sea más incómoda, y por ello más necesaria; tal vez su tarea sea recordarnos que ninguna comunidad está hecha de una sola voz. Mientras el futbol nos permite imaginar quiénes somos juntos, el teatro insiste en preguntarnos quiénes somos realmente. Si Benedict Anderson tenía razón y las naciones son comunidades imaginadas, entonces el Mundial podría ser uno de los escenarios donde esa imaginación colectiva alcanza su máxima expresión. El teatro observa desde otro lugar, siendo que, no siempre ayuda a imaginar la nación; a veces se dedica a cuestionar las historias que la nación cuenta sobre sí misma. Quizá por eso uno produce unidad y el otro produce preguntas. Y quizá una sociedad necesite ambas cosas.



