Este jueves 04, viernes 05 y sábado 07 de septiembre estará en cartelera El bodegón de las cebollas en Área 51 Foro Teatral

Poner la mesa
Aparentemente, todo montaje inicia con acciones habituales: la llegada de la compañía, la descarga de sus materiales, el acomodo de la escenografía; se dispone el espacio de trabajo con las especificidades de cada obra, arribando, de cierto modo, el porvenir estético de la propuesta, pero comúnmente desde un ángulo que prioriza la eficacia técnica antes que otro estado de engranaje colaborativo.
Empero, preparar la producción de El Bodegón de las Cebollas va más allá de la costumbre, pues supera el mero montaje escenográfico, sintiéndose más como preparar la mesa de un hogar. Desde esa preconfiguración del espacio, cambia la atmósfera de trabajo, pues pareciera como si colaboráramos familiarmente para recibir a manos llenas y corazón abierto a nuestros invitados de honor. Luego de armar la cocina, —su gran mesa con tablones y bases de herrería, bañado todo en un diseño visual que nos remonta a las pintorescas habitaciones de la revolución mexicana, y un rectángulo aéreo con cálidas bombillas— se corta el pan, se disponen los utensilios, y se comienza a cocinar a fuego lento un convivio entrañable.
Sinopsis
Velada de historias compartidas al llanto de una cálida mesa, con lagrimal a raudales por el pretexto de picar cebolla. Propone un espacio íntimo para recordar, llorar, reír y decir lo que, de otro modo, no se diría. Lo que en ella gesta el corazón y la memoria, es una experiencia viva, una ceremonia escénica que celebra la fragilidad y la fiesta, lo personal en lo colectivo. En el bodegón, la sopita que apapacha el alma se cocina con las historias, los duelos y la ternura de sus propios comensales, transparentando cada emoción y pensamiento en la fortaleza misma de estar juntos.
Llorar un temporada
“Todos sabemos porqué estamos aquí (…) para cortar cebollas, y sabemos lo que eso significa: cuando se mira adentro, las lágrimas salen de los ojos.”
Es asombroso descubrir hasta qué punto un espectáculo puede mostrarnos el cuerpo como una verdadera constelación de imágenes, sensaciones y vestigios: heridas que se bifurcan en cantos y sentires, trenzando el pasado y el presente en un espacio único. Como si en el mismo instante se encontrara una colmena de experiencias humanas latiendo al unísono.
Hay obras que nos transforman para siempre, que nos hablan a la fibra más íntima de la infancia, de nuestra historia, y nos descolocan según quienes seamos en ese momento. Quizá no sepamos nunca qué las convierte en memorables, pues su fuerza radica en esa misma relatividad de su existencia, en la manera en que cada uno de nosotros y nosotras las habita. Este encuentro, es una de esas huellas imborrables.
Sus invitados se rinden al llanto sin reservas, pues a pesar de los consejos para no llorar al picar cebolla, ninguno vale cuando se trata de despojarse del caparazón y remover la médula de los recuerdos. Uno llora, inevitablemente llora, por las cebollas, por las propias heridas y, a veces, por las historias ajenas que nos atraviesan. Pero no importa la causa, al final, te sientes parte del mismo acto, cómplice de un evento que trasciende la ficción. Esa comunión —esa verdad innegable y hondamente transparente— es el gran triunfo del hecho teatral.
Compartir cualquier pretexto
Dentro de la propuesta, se desarrolla una metaficción que cosquillea la duermevela de la audiencia para despertar en ella el deseo de expresar sus propias historias. En la ficción, los personajes acuden al bodegón en tiempos de guerra —alegóricamente, en tiempos de crisis— dejando cachitos de sí, a medida que va progresando la obra. Sobre ese entramado de nostalgias y melancolías, que conviven en igual medida con las vivencias de intérpretes y personajes, aparece también la narración paralela de la audiencia, lo que inevitablemente decanta en una especie de terapia colectiva.
Esta experiencia tiene la capacidad de abrir una puerta hacia el mundo oculto de cada espectador, hacia su vulnerabilidad. Una vez abiertas las heridas y descarnadas las llagas, nadie puede contener el llanto. Es imposible no empatizar con las decenas de confesiones que surgen: la pérdida de un ser querido, la desaparición forzada, el abuso sistémico, la alegría del nacimiento de un hijo; pues aunque pocas, también están presentes las lágrimas de felicidad. Lo más hermoso de esta experiencia es la fortaleza que brota entre desconocidos, en quienes te atreves a confiar los dolores que llevas años cargando. Y esas nuevas amistades te cobijan con una inesperada pero muy grata empatía.
Yo lloré todas las veces. Recordé mis propias huellas de dolor y me sensibilicé con las de los demás. No compartí mis historias en voz alta, pero las sentí todas. Vi grupos de amigos y familias que, convocados por este rito, encontraron juntos un lugar para el consuelo.
“El dolor se compartía al igual que la sopa, y pesaba menos.”
El proyecto, forjado a lo largo de los años, trasciende la producción impecable que de pronto alumbra a diversos espectáculos, pues su valor reside en la hondura humana con la que ha sido concebido, en propiciar una fortaleza efímera, (o de largo aliento), ante aquello que nos duele. Al escribir estas líneas sólo puedo desear quedarme para siempre en tan acogedora atmósfera, en una verdad escénica que trasciende a la realidad para apapachar el alma, y celebrar, sonrisa a llanto, el valor por compartir la vida.
Créditos:
Dramaturgia: Patricia Estrada y David Alejandro Colorado. Dirección: Patricia Estrada. Elenco: Leticia Valenzuela, Santiago Dorantes, Tayde Pedraza, Iván Ontiveros y Patricia Estrada. Música: Tayde Pedraza



