Obra exclusiva para mayores de 18 años, se presenta los fines de semana, con diversos horarios, en el Teatro Milán

«Conozco tus ojos bajo el sol de la mañana. Siento que me tocas bajo la lluvia torrencial. Y en el momento en que te alejas de mí, quiero sentirte en mis brazos otra vez. » Así comienza la balada disco How deep is your love? una canción escrita por el músico australiano Barry Gibb e interpretada por él y sus dos hermanos Robin y Maurice, quienes alcanzaron la fama bajo el nombre de Bee Gees. Esta canción fue el himno de toda una generación de jóvenes románticos que disfrutaban de la vida al ritmo de la música disco y los turbulentos momentos de la década de los 70. La melodía se estrenó como parte de la banda sonora de la película Fiebre del sábado por la noche (dirección de John Badham) estrenada en el emblemático año de 1977. Este fue un gran año para el cine que dialogaba con la sexualidad. También estrenaron cintas legendarias como Ese obscuro objeto del deseo, el canto de cisne de Luis Buñuel, y la cinta Equus, una producción británica dirigida por Sidney Lumet y protagonizada por los actores Richard Burton y Peter Firth. Una historia original del dramaturgo Peter Shaffer.
Un joven de 17 años cegó el rostro de seis caballos durante una turbulenta noche. Los hechos ocurrieron en un rancho cerca de Winchester. El joven parecía estar enajenado durante su juicio. Alan Strang se negó a declarar, solamente cantaba canciones simplonas, infantiles o jingles de televisión. La obra dramática comienza cuando el psicoanalista Martin Dysart acepta llevar este caso. El psicoanálisis se asemeja de algún modo al relato policiaco, ambas narraciones avanzan en retrospectiva. El detective y el psicoanalista buscan desentrañar las causas de los grandes actos. Equus es una obra que «cabalga» hacia el interior de la psique humana.
La productora Cuarta Pared e Ícaro, Compañía Teatral han unido esfuerzos para nuevamente deleitar al público chilango con el montaje del clásico de Peter Shaffer. Miguel Septién es el director de este nuevo montaje y también es el responsable de traducir la compleja dramaturgia del escritor británico. El reto para esta nueva producción es insertarse en la genealogía de interpretaciones mexicanas de Equus. En nuestro país esta obra fue estrenada hacia 1976 por el director Enrique Gómez Vadillo y en su primera temporada tuvo como protagonistas a José Gálvez (Dysart) y a Jaime Garza (Strang). Posteriormente el director volvería a reponer la obra, pero ahora con Carlos Ancira, para muchos el mejor actor de teatro del siglo XX, metiéndose en la piel del doctor Dysart. Para la última temporada el propio director Vadillo se subió a escena a interpretar al psicoanalista y como el joven trastornado el actor Héctor Álvarez. En la década de los 90 Rafael Sánchez Navarro llevó a cabo nuevamente la empresa de montar Equus. Aquel montaje tenía en su cartel a Héctor Bonilla (Dysart) y Roberto Sosa (Strang), quien ya se había ganado el cariño de los teatrófilos mexicanos por su brillante interpretación en De la calle. Ahora la obra de Miguel Septién, Cuarta Pared e Ícaro reaviva la nostalgia por aquel teatro de época y pone sobre el cuadrilátero escénico resonadores contemporáneos.
A lo largo de la obra se desenmarañan los pensamientos de Alan Strang para develar los porqués de su frenético actuar. Su madre es una fervorosa cristiana en su variante anglicana. La religiosidad de la madre es fideista hasta el exceso. Por su parte el padre de Alan es un ateo recalcitrante. Aquel hombre es tan puritano y espantadizo como la señora, pero a falta de seguir una moral cristiana, se ha fabricado su propia moral y su dios a modo. Esta pareja es la peor combinación que pudiera existir para producir un galimatías en la mente de un adolescente confundido y tímido como es Alan Strang. Mientras la madre se empeña en que su hijo crezca rodeado por imágenes del martirio de Cristo, el padre sustituye una imagen de la pasión de Nuestro Señor por el rostro luciferino de un caballo, que según se describe, tiene una mirada tan bella como perturbadora.
Los ojos de ese animal serán el tormento para las culpas sexuales del joven Strang. En un arrebato que recuerda al delirio de Miguel Inclán en Nosotros los pobres la culpa se desboca (nunca mejor dicho) frente a la mirada omnipotente de quien mira en silencio al sujeto atormentado. —¡Cierra esos ojos! —gritaba «don Pilar, el mariguano» en el cinedrama de Ismael Rodríguez, quien sin tibiezas se lleva la escena hasta el paroxismo expresionista. Peter Shaffer adereza el delirio por la mirada con una noche cerrada, en las caballerizas donde habitan seis hermosos caballos que inexplicablemente son las victimas de un jovencito. El tremendismo de Rodríguez está en la superposición de imágenes, la música álgida y una pobre inválida que es golpeada hasta casi arrebatarle la vida. Shaffer también se desliza peligrosamente por el tremendismo y por el morbo de una sexualidad perversa, que se arrebata en una noche la luz, la razón y la tranquilidad del alma para el protagonista y todos quienes le rodean.
«Yo nunca he sido protestante por lo tanto no sé lo que es un problema sexual» reza con ironía en varias de sus clases el profesor Jesús G. Maestro. Shaffer parece darle la razón total al configurar el carácter de los protagonistas de esta obra. Equus no es solamente la historia psicoanalítica del paciente, sino también del psicoterapeuta: Martin Dysart. El heredero de Freud es un hombre ya en sus otoños, tan insatisfecho sexualmente que por momentos parece envidiar los fetiches de Alan Strang. El personaje interpretado por José María de Tavira es en ocasiones tan irónico como Doctor House, tan audaz en sus diálogos como un personaje de Jaime Humberto Hermosillo y en otros momentos es tan ardoroso como el adolescente al que pretende ayudar. Dysart se puede leer a sí mismo en el espejo que le supone Alan Strang, su educación, sus heridas y sus desgobiernos.

El director escénico construye cada momento en que un caballo está en escena con una gracilidad digna de los mejores poetas. El caballo central de esta historia se presenta por sinécdoque: una cabeza gigante con textura de ramas, tan confusa y onírica como el rincón a donde pertenece, preside toda la obra de teatro desde lo más alto. Así como en una oficina de gobierno se tiene por todo lo alto la imagen del jefe del estado o en los colegios católicos se pondera la figura de un santo.
La estrecha relación entre el mundo ecuestre y el psicoanálisis también recuerda la cinta Marnie, la ladrona del genio inglés Alfred Hitchcock. Los vínculos entre la película (adaptación de la novela de Winston Graham) y la obra dramática de Shaffer podrían derramar ríos de tinta en alguna tesina sobre literatura comparada. Pero eso es tarea para otras personas. Yo me limito a señalar el gran parecido que hay entre ambos.
La puesta en escena de Miguel Septién respeta en justa medida las acotaciones del autor británico. El escenario está delimitado por una plataforma de madera, los actores protagonistas, es decir José María de Tavira y Emilio Schoning, son los únicos que visten con un vestuario ad hoc a sus personajes, el psicoanalista y el adolescente.
El resto del elenco espera fuera del escenario en actitud neutral y suben a escena solamente cuando les llega el turno. Todos visten un uniforme hípico: camisa gris, pantalones negros sujetados por tirantes y bota de montar. Este uniforme les permite intercambiarse entre varios personajes. La escenografía es minimalista, apenas dos sillas encontradas en los extremos del cuadrilátero, donde dialogan el doctor y el paciente. El centro del escenario es el espacio de la metaficción, donde se representan los recuerdos que anteceden a la terapia.
José María de Tavira nos regala una interpretación sobria, mesurada, y elocuente. Ha dotado a su personaje de cierta vivacidad (ingenuidad) que no se percibe en el texto en una primera lectura. La interpretación de Emilio Schoning está cargada mucha fuerza desde los primeros minutos, a veces se libera y se desborda por cada orilla del escenario, aunque también el joven actor sabe transmitir con su mirada los diálogos callados de su personaje. Flor Benítez adopta con gran compromiso la rigidez moral de su personaje y la traspasa a su corporalidad permanentemente.
Héctor Berzunza interpreta a Frank Strang y Harry Dalton, las dos figuras masculinas autoritarias para el joven Alan, con una diferencia interpretativa apenas perceptible.
Su trabajo actoral sobresale por su manejo vocal y su precisión corporal, aunque se desfallece en caracterización. Luz Olvera y Humberto Mont tienen pocas escenas durante la obra, pero aprovechan los momentos dramáticos para desarrollar con la justa medida las acciones físicas que les ocupan.
El diseño de escenografía e iluminación lleva la firma de Félix Arroyo. El diseño sonoro corre a cargo de Miguel Jiménez mientras que la dirección musical la lleva Dano Coutiño. El diseño de maquillaje y peinado lleva la rúbrica de Marcos Aranda. Todos los creativos colaboran con el discurso onírico expresionista de la puesta en escena.
La obra se presenta los fines de semana, con diversos horarios, en el Teatro Milán. Viernes 20:00, sábados a las 19:00 y domingos 17:00. La obra tiene una duración aproximada de 160 minutos y cuenta con un intermedio. Esta obra es exclusiva para mayores de 18 años. Los boletos van desde los $600 hasta los $800, están a la venta en Ticketmaster, Cartelera de Teatro y en las taquillas del recinto.



