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Concerniente al albedrío, una herida global

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¿Por qué una obra mexicana, creada a partir de un feminicidio real despierta más reconocimiento y eco fuera del país?

Mara Ximena Espinosa de los Monteros, en Concerniente al albedrío. Muestra Internacional de Teatro Mujeres que Cuentan. Foto Aureo Gómez.

“Nadie es profeta en su tierra”.
Quizás empezar con esa trillada frase sea una exageración injusta. A Concerniente al albedrío, segunda producción de Realidades Asimétricas, no le ha ido realmente mal en México. Si bien no ha sido seleccionada por recintos institucionales ni ha logrado un éxito rotundo de taquilla o funciones vendidas, ha ido encontrado su camino: ha sido seleccionada en festivales en Ciudad de México, Veracruz y Puebla, además de presentarse en otros ocho estados de la República. En 2021 fue parte
de la 41 Muestra Nacional de Teatro y en 2023 fue seleccionada dentro del Circuito Nacional de Artes Escénicas en Espacios Independientes Chapultepec.
Nada mal.

Y, sin embargo, el contraste con su recorrido internacional es difícil de pasar por alto.

En 2023, la obra viajó a Argentina para presentarse en el 18o Festival Iberoamericano de Teatro de Mar del Plata, donde obtuvo el Premio Cumbre de las Américas a la Mejor Obra del Festival. Posteriormente se presentó en Montevideo con dos funciones en el histórico Teatro Victoria, recibiendo el Premio Florencio al Mejor Espectáculo Extranjero del año. En 2024, Concerniente al albedrío cruzó el Atlántico para formar parte de la X Muestra Internacional de Teatro Mujeres que Cuentan, en Santander, España, gracias al apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (antes FONCA). También se presentó en Barcelona, Tenerife y Madrid. Y en marzo de 2025, realizamos una intensa y memorable gira por Colombia, con funciones en Manizales, Pereira, Medellín —dentro del II Women’s Uprising Art Festival—, Copacabana y Bogotá.

Como teatrero independiente con más de 25 años de trabajo, acostumbrado a tocar puertas (y prender veladoras para que se abran), esta sucesión de invitaciones espontáneas ha sido un giro inesperado y profundamente alentador. Algo similar ocurrió con Albedríos, la versión audiovisual que realizamos durante la pandemia. Tras su estreno en diciembre de 2021, su recepción en México fue
prácticamente nula. Para entonces, los teatros ya habían reabierto y las exploraciones virtuales que muchos creamos durante el confinamiento empezaban a ser vistas como experimentos superados. Sin muchas expectativas, decidimos enviar nuestro mediometraje a festivales de cine alrededor del mundo. Tres años después, nuestra pieza ha sido seleccionada en 71 festivales de cine de 40 países y ha recibido 50 premios en distintas categorías. Durante más de dos años, México fue la triste excepción, con cada festival nacional al que aplicábamos rechazándolo sistemáticamente, hasta que en junio de 2024, los Premios Internacionales de Cine de Guadalajara —un festival independiente y emergente— rompieron el maleficio.

Este recuento no pretende ser una lista de trofeos ni una celebración narcisista. Lo que me interesa es compartir el desconcierto, y acaso la intuición, que me ha dejado esta experiencia. ¿Por qué? ¿Por qué una obra mexicana, creada a partir de un feminicidio real ocurrido en México, con una mirada profundamente local sobre la violencia de género, despierta más reconocimiento y eco fuera del país que dentro de el?

Y aquí me parece importante hacer una primera reflexión. A pesar de la alegría que pueden provocar tantas selecciones, nominaciones y premios en el ámbito internacional, lo que se revela al fondo es algo profundamente triste: el tema central de la obra —el machismo, el patriarcado, la violencia estructural contra las mujeres— no es exclusivo de México. Por el contrario, es una herida global, un signo de época que atraviesa continentes, culturas y clases sociales. Que Concerniente al albedrío y Albedríos hayan encontrado eco más allá de nuestras fronteras no sólo confirma su pertinencia, sino que pone de manifiesto una verdad inquietante y dolorosa: la violencia que denunciamos no es sólo nuestra. Es compartida. Y está en todas partes.

Y también me atrevo a pensar que el tibio eco que a veces parecen tener en nuestro país se debe a algo más: Concerniente al albedrío incomoda. No es una obra complaciente. No ofrece situaciones dramáticas, ni personajes entrañables, ni siquiera una historia fácil de seguir. Tampoco señala culpables abstractos sino que nos confronta con las estructuras culturales, familiares y sociales que sostenemos —muchas veces inconscientemente— y que perpetúan la violencia.

Cómo nos cuesta escuchar a dos mujeres que desnudan el cuerpo y el alma sin pudor ni miedo. Sin máscaras, sin adornos. Nos confronta crudamente con nuestros propios juicios, nuestras propias opiniones. Tal vez nos cuesta mirar de frente el espejo que propone. Tal vez nos duele demasiado vernos reflejados.

Esta no es una queja, ni tampoco un juicio. Es más bien una invitación a reconocer el valor de aquellas obras que no tranquilizan, sino que remueven. De esos montajes que, más que ofrecer respuestas, lanzan preguntas urgentes (parafraseando a Ibsen). Concerniente al albedrío busca ser una de esas obras. Y tal vez, por eso mismo, merezca un espacio más amplio en nuestras conversaciones culturales, en las políticas institucionales que definen qué se muestra y por qué. No por los premios. No por su recorrido internacional. Sino por la pertinencia del tema que plantea. Por la necesidad, dolorosa e incómoda, de mirarnos de frente. Porque si el teatro no nos incomoda, si no rasga el velo de lo cotidiano para exponernos a las verdades que evitamos, ¿entonces para qué?

Daniela Palao en Concerniente al albedrío, 2023. Foto: Gabriel Cabrejas

Tal vez no necesitamos contar más historias, sino atrevernos a contar las que más duelen. No para regodearnos en la herida, sino para entenderla, para compartirla, quizás, acaso, transformarla. Concerniente al albedrío no pretende ofrecer una solución —no podría—, pero sí busca abrir una grieta en el silencio, un espacio donde la incomodidad no sea un obstáculo, sino el inicio de una conversación necesaria.

Ojalá podamos seguir abriendo ese espacio. Ojalá podamos, como comunidad escénica, como público, como país, escuchar también a las obras que incomodan. Si otros países pueden, ¿por qué nosotros no? Porque, en tiempos donde la violencia se normaliza y la impunidad se instala, no podemos darnos el lujo de mirar hacia otro lado.

El teatro, como la memoria, no debe ser sólo un refugio. A veces, también tiene que ser un llamado.

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