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El presentismo en el teatro histórico, ¿qué es y cómo se trata?

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La voz del comandante, de Fernando Zabala. Foto: Gastón Buyatti.

Se conoce como presentismo histórico a la manera que tenemos de valorar una época pasada con nuestra visión actual de las cosas. Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor. Supongamos que escribo una obra sobre los cazadores de águilas doradas, los míticos y legendarios kazakos.

Esta tribu, tiene una costumbre arcaica de mandar a los niños a cazar águilas desde los 13 años. Una vez que demuestran que pueden soportar el peso de un águila dorada sobre sus brazos, estos jóvenes se convierten en guerreros pese a la corta edad que tengan.

La tribu se remonta al siglo XV y se localiza en las montañas de Altái. Tienen una población de 100 000 miembros y atraviesan valles y ríos para sostener su actividad. Usualmente y por mandato, visten las pieles de las presas que capturan.

Supongamos que yo, como autor, hubiera escrito una obra donde describo la actividad de los kazakos como una práctica brutal en la que se vulnera el derecho de los niños a estudiar y a formarse en sociedad, en la que se los expone incluso y se les obliga a cumplir tareas de alto riesgo para sus vidas. En ese caso, yo hubiera caído en un anacronismo muy grave, hubiera impuesto mi pensamiento contemporáneo sobre un ritual que lleva años y que se gesta en pleno siglo XV. A eso se le llama presentismo.

Ahora bien, el hecho de que mi obra refleje las desventuras que pueda vivir un niño kazako en un viaje solitario y peligroso en medio de las montañas, no significa tampoco que esté avalando la práctica o utilice el hecho para revindicar estos rituales arcaicos. Parece obvia la aclaración, pero en una sociedad compleja como la nuestra se suele confundir la realidad de las cosas con la mirada del autor.

La primera característica que presenta el presentismo es que tergiversa los hechos históricos de tal modo que nunca podemos tener una aproximación real a un momento del pasado si utilizamos una mentalidad avanzada a la época que tratamos.

Juzgar el pasado con los valores del presente va a impedir seguramente que entendamos la historia en toda su dimensión. Además, condenar los hechos del pasado con una mirada realista del mundo actual haría que nuestra obra pierda toda verosimilitud, volviéndose rotundamente una pieza tendenciosa.

La otra complejidad que suelen tener los temas históricos es que cuanto más antiguo sea el tiempo que abordamos, más fácil es dejarse llevar por el presentismo. Las costumbres de nuestros antepasados son muy diferentes cuanto más atrás retrocedemos en el tiempo. Y la manera de actuar de algunas de las civilizaciones más antiguas nos pueden parecer detestables o incomprensibles, por ello, cuando escribimos teatro histórico debemos despojarnos de todo presentismo y abocarnos únicamente al estudio de campo que el contexto merece.

El presentismo se suele observar en obras donde el autor no ha podido correrse de su contexto actual y fundamentalmente se nota cuando éste revindica hábitos violentos como si fueran clara señal de patriotismo o lealtad. Por ello, cuando no se conocen determinadas civilizaciones, se descubre, con cierta sorpresa y hasta con desagrado, que fueron todo lo contrario.

Lo importante es no dejar que el presentismo tome el poder absoluto de nuestra obra. Si vamos a representar una batalla entre pueblos milenarios, tenemos que dejar muy claro que para los combatientes de civilizaciones antiguas como la de los espartanos, por ejemplo, morir en batalla era un orgullo. Pero también podemos contar el horror de la guerra y toda su crueldad.

Hay que entender que tanto autor como espectador viven en el presente, no en el periodo grecorromano o en la era bizantina y, por lo tanto, para lograr la identificación con personajes tan antiguos, tenemos que sentirlos de algún modo cercanos y reconocibles.

Si volvemos nuevamente al ejemplo de los cazadores de águilas doradas, aunque en la época que se ejercía el ritual de los jóvenes guerreros no se visualizaba aquella práctica como arrebatarle derechos esenciales al niño, tampoco podemos reflejarla como un acto de honor y valentía. En ese caso, correríamos el riesgo de que el espectador no logre empatizar con los personajes o incluso llegue a creer que el autor está revindicando dichas prácticas ancestrales.

Lo que siempre aconsejo para escribir teatro histórico es colocarse en estado puro de equilibro, despojado de toda mirada personal y, sobre todo, apartado de los prejuicios que yo pueda tener de las civilizaciones que investigo.

El autor debe mantener intacta la idiosincrasia de la época y la sociedad sobre la que escribe y no sustituir esos valores por los actuales. Pero al mismo tiempo debe encontrar el modo de que el espectador empatice con los personajes y la obra. La mejor manera de lograrlo es buscar los puntos en común que todos los seres humanos tenemos; no importa en qué momento de la historia hayamos vivido ciertas situaciones, las emociones son universales y humanizan a los personajes corriéndolos de los estériles manuales ortopédicos.

Fernando Zabala. Dramaturgo y docente argentino.

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