Dramaturgia occidental /19

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Eurípides: Medea

Medea, de Eurípides, en versión de Vicente Molina Foix (2015). Foto: Rafa Márquez.

Si Esquilo representa la grandeza y Sófocles la perfección, Eurípides significa la continuidad de la tragedia; que sin él hubiera quedado como una isla, soberbia, pero sin descendencia en el teatro ulterior. Procedió a secularizarla, con el exilio de los dioses y la humanización del héroe, que Nietzsche caracterizó peyorativamente así: «el hombre de la vida cotidiana salió de las filas de los espectadores e invadió la escena; el espejo, que no reflejaba nunca más que rasgos nobles y fieros, acusó desde entonces esa exactitud servil que reproduce minuciosamente las deformidades de la Naturaleza».

            Su vida transcurrió desde la batalla de Salamina, con la apoteosis de la democracia ateniense, hasta el desastre político y económico de la guerra del Peloponeso, telón de fondo y probable origen de la decepción que recorre sus obras y del exilio en Macedonia al final de sus días. Es notable la huella que deja en sus tragedias la realidad de su tiempo, con sus problemas y debates ideológicos. Llamado el filósofo de la escena, profesó un racionalismo ilustrado, como Sócrates —con quien tuvo relación estrecha y correspondida— y los sofistas, frente a los conservadores como Aristófanes, quien lo hizo objeto de repetidos ataques furibundos.

            La elección de Medea se debe no sólo a que se trata muy probablemente de su obra maestra, con permiso de Hipólito y de mi debilidad por Hécuba (que comparte, por cierto, pasión vengadora con aquélla), sino también a que ostenta lo más característico y nuevo de la dramaturgia de Eurípides y nos lega el personaje más imponente quizás de la mitografía trágica, el más arrebatado por pasiones demasiado humanas, mujer de carne y hueso mucho más que semidiosa o hechicera, y personaje eterno en su monstruosidad de filicida (y en la violencia vicaria de las páginas de sucesos); también a su portentosa descendencia, desde la Medea de Séneca (que, en versión de Unamuno y con Margarita Xirgu, inauguró el Teatro Romano de Mérida en 1933) hasta las de Rojas Zorrilla, Corneille, Richard Glover, Grillparzer, Anouilh, Luis Riaza, Christa Wolf o Fermín Cabal, entre las que recuerdo a bote pronto, amén de la ópera de Cherubini, que a su vez inspiró otras, y las películas de Pasolini, Lars Von Trier, Arturo Ripstein, etcétera.

            No es baladí que se trate de un personaje femenino, sino lo que permite dar la vuelta a la inmerecida fama de misoginia con que tuvo que cargar Eurípides en la Antigüedad y, dado que lo que escandalizaba a la mentalidad tradicional era la complejidad de sus caracteres femeninos o que las mujeres filosofaran con brillantez, considerarlo hoy un autor feminista. Basta leer Medea y comparar la talla antropológica de su protagonista con la de sus antagonistas masculinos, un héroe y dos reyes, Jasón, Creonte y Egeo: tres peleles ante una gran mujer, de armas tomar. Y no es un caso aislado, pues once de sus diecinueve obras conservadas ostentan el protagonismo femenino en el título.

            Si Nietzsche fue implacable con el “sacrílego Eurípides”, al que atribuye la «agonía de la tragedia», Aristóteles, que me inspira más confianza en todos los sentidos, lo declarará «el más trágico de los poetas» (Poética, 1453a 28), o sea, el que mejor suscita la compasión y el temor en los espectadores. Fue también el más popular, como indican los ataques de que fue objeto o el cúmulo de manipulaciones que sufrieron sus textos, y es seguramente el más influyente. Aristófanes lo presenta en Las ranas compitiendo con Esquilo por el cetro de la poesía trágica, o a los personajes idealizados de éste, más heroicos y virtuosos, con los más cercanos a la vida y a la lógica de aquél. Sin descontar siquiera la animadversión del comediógrafo, lo relevante es con quién lo compara, no a quién otorga el triunfo.

            Eurípides es el tercero de los grandes trágicos griegos, pero sólo en el orden cronológico, no en el de la preeminencia. Ocupa una de las tres cumbres del teatro occidental, en el que asombra que los primeros sean también los mejores; con permiso, si acaso, de Shakespeare. 


José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com

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