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El exilio es un desierto

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De este lado, de Dieudoneé Niaongouna, en El Milagro

Desde la urgencia

Desde la fragmentación…

Desde alguno de tantos puntos de partida:

Se planta desnudo frente al escenario.

“Mi Yo solo hace teatro”

El teatro o la muerte parece decirnos el hombre y el actor en el cuerpo de Dieudonné Niangouna (Brazaville, El Congo), quien a veces es él y, a veces el personaje que construyó a través de vivir la expulsión de su país por un régimen que no aceptó su teatro. De este lado es un monólogo crudo.

“No hay teatro sin golpe”

El teatro de Dieudonné se fue perfeccionando y ha crecido a través de sus recuerdos, de las tradiciones de su tierra, del dolor, de la intensidad de sucesos que se mezclan en su devenir en el exilio, y la profesionalización constante, en África y Francia. Así ha sido con él, que empezó haciendo teatro en su natal ciudad Brazzaville, y como el otro -su Yo solo, lo nombra-, que es Dido, quien en el escenario nos va narrando a manera de un tren poético y sólo con el poder de su voz y sus manos iluminadas en escena para señalar, indicar o hasta acusar, un rompecabezas de cómo explotó su teatro-bar, sobre la represión, la urgencia de expresar. Pasando por una terrible mujer de 250 kilos que ha ingerido a sus esposos, asociada a la brujería, y que le plantea al personaje dilemas interesantes.

“El exilio es un desierto”

De pie ahí al centro del escenario vestido de negro, con una manta igualmente oscura detrás, suponemos a Dido en su bar, donde la realidad se impuso y borró de una vez por todas con una bomba la posibilidad de la representación, de la metáfora, de la esperanza. Es decir: la posibilidad de hacer teatro, arrebatada igualmente a Dieudonné, por ser considerado enemigo público por alguno de tantos regímenes en su tierra. Transcurrimos a través de Dido y sus palabras como imágenes-retazos desde su espíritu africano en francés y su cuerpo en escena, que se mueve, pero apenas.

“No podemos dejar el teatro a los carroñeros”

Dieudonné reclama a sus congéneres sucumbir al stand up, sucumbir «a lo que se les pide”, a un teatro “inocuo” para el régimen.

“El público siempre hablando de lo nuevo para entender lo viejo…”

En alguna entrevista comentó que la comunidad afro en Francia también le reclamó que su teatro era «blanco». Pero no es que lo lamente, mejor lo lleva al teatro. Un teatro políticamente comprometido. 

Al cierre, lo más claro que tenemos en esta travesía escénica por el dolor, la culpa, la expulsión, la melancolía, es la bomba en una pantalla. “Recordé que era yo El Fin de la Ira”, nos dice. Y abandona el escenario dejándonos frente al humo denso de una explosión sorda, silenciosa. 

Teatro comprometido

Tuvimos la oportunidad de charlar un poco aprisa con el fundador de la compañía Los ruidos de la calle (1977), autor de obras como el Kung Fu y Shakespeare, Sony con los perros y La cólera de África, que lo han llevado a importantes escenarios de Europa y otras partes del mundo.

Nos comenta que respecto a la mujer de 250 kilos, que nos llamó la atención, los brujos se comen entre ellos, y que no hay metáfora en dicho personaje, “pertenece a una realidad muy cruda”, nos aclaró.

Sobre la apelación que hace al público en su pieza, y su mirada sobre un papel político del teatro, Dieudoneé responde: Sólo es teatro.

“Se trata de una mirada personal, singular, en eso reside la belleza del teatro, en la subjetividad, en la libertad, porque si queremos ser actvistas pues cerraríamos los espacios y eso ya no es teatro. El activismo busca convencer en base al fundamento de una ideología, aquí lo político está en la mirada”, aseguró.

En 1997 Dieudonné se refugió en Pointe-Noire, segunda ciudad más grande de El Congo, África, durante la guerra civil que devastó por segunda vez su país. Ahí creó su compañía Les Bruits de la Rue, en una época en la que ya tenía obras que escribió en su tierra natal Brazzaville.

En la semblanza sobre su trayectoria, publicada por el Festival D’Avignon (en julio llega a su 79 edición), se anota que Diudoneé y su hermano Criss, inventaron el concepto ¡Big! ¡Boom! ¡Bah!, título de una de sus primeras obras, que resume las intenciones que originaron su deseo teatral.

Para los hermanos Niangouna, era importante que se deshicieran de una práctica bastante convencional, como la que sirvió de vehículo para el Théâtre National, un recuerdo emblemático de la colonización francesa.

Era necesario partir de las calles de su ciudad, para crear una nueva escritura y estética, inventar un nuevo lenguaje dramático que utilizara el francés, pero explotándolo a través del Iari, una de las lenguas habladas en Brazzaville, la lengua materna oral de Dieudonné Niangouna.

El Iari cruza el francés para producir un lenguaje que debe ser hablado por los actores y escuchado por los espectadores.

El Festival de Aviñón recibió a Dieudonné Niangouna en 2007 con Attitude clando , y en 2009, con Pascal Contet, con The Flying Ineptitudes.

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