Cumple seis décadas, en las que ha conseguido la incorporación del Teatro de Creación Colectiva como Patrimonio Inmaterial de la Nación

Conocí al grupo La Candelaria cuando yo era un imberbe periodista teatral y aspirante a dramaturgo de 19 años en un festival que organizaba la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en Ciudad de México. Corría el año de 1985 y la obra, si no recuerdo mal, era El Paso. Se presentó en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón no sin antes aparecer antes del tercer timbre o llamada el maestro Santiago García a dirigir unas palabras al público del festival. Fiesta escénica que, por cierto, había ideado su compatriota Ramiro Osorio, avecindado en México y funcionario universitario en ese entonces. Me impresionó el discurso del maestro Santiago preñado de compromiso social e ironía, revolucionario y gracioso al tiempo. En alguna entrevista que le hicieron en esa visita habló de la creación colectiva, del teatro de grupo, de la semiología, de los actos del habla y un montón de conceptos que para mí eran nuevos y me volaban la cabeza. Luego me tocaría ver en otros festivales en tierras aztecas Guadalupe años cincuenta y alguna más del repertorio de La Candelaria.
En 2001 viajé por primera vez a Colombia y el vínculo con el país hermano habría de cambiar mi vida para siempre tanto en lo personal como en lo espiritual y profesional. Me enamoré en todos y con todos los sentidos de país, gente y teatro. Desde entonces una parada obligatoria en la ciudad de Bogotá es la casa número 2-59 de la calle 12, prácticamente todos los años desde entonces, salvo en pandemia de COVID 19. Desde mi primera visita, que coincidió con el nacimiento de uno de los proyectos más importantes de mi vida, la revista PASODEGATO, entrevisté a Patricia Ariza y Santiago García. Desde entonces y por años he cubierto como periodista su actividad. En Cali a Enrique Buenaventura también en el Teatro Experimental de Cali hasta seis meses antes de su muerte. Tema y mitema, física cuántica para su aplicación al teatro, lingüística pragmática (actos de habla), teoría del caos y tantas otras vías de exploración llenaban mis oídos escuchando a estos creadores monumentales de nuestro teatro. Luego lo escucharía de mis maestros esenciales de la dramaturgia y colegas. Pero por vez primera fueron las poderosas voces de los maestros colombianos las que abrieron esos caminos en mi cabeza.
Mi trabajo periodístico quería desentrañar no sólo el método de Creación Colectiva sino también la sustancia de la organización del teatro de grupo. Figura que en México comenzaba desde inicios del siglo XXI un naufragio absoluto pues las agrupaciones estables comenzaban a colapsar en células más pequeñas que perdían rumbo, ideología, cohesión; o bien se disparaban en direcciones insospechadas pero que no permitían reconocer un mapa. De hecho en mi país nunca llegó a ser una realidad contundente lo que en Colombia prosperó tan genuinamente y con tanta potencia como el teatro de grupo, casi siempre en rededor de una sala independiente que se convirtiera en la columna vertebral o en el contenedor en torno al cual giraban las vidas social y artística del mismo.
Mientras en el México de los años 60 y 70 la pelea giraba en quién era más importante: si el escritor de teatro o el director de escena -es decir: textocentrismo vs escenocentrismo-; en Colombia propusieron un método que a mi manera de ver ponía al actor y su capacidad de inventar mundos al centro de la creación, al lado de quien bajaba a papel las propuestas y quien disponía la organización escénica. Este desplazarse de las jerarquías y proponer un modelo más horizontal en el que había responsabilidades claras pero la colectividad dictaba los horizontes explorables, representó para América Latina un cambio de paradigma que hoy sigue siendo asumido por jóvenes compañías o no, pues las metodologías de trabajo y abordajes se han desarrollado y ampliado en muy diversas coordenadas.
En el mundo, pero especialmente en Latinoamérica, sostener proyectos culturales de largo aliento es cada vez más difícil. Sostener, resistir, renovar, reinventar son verbos de compleja conjugación ante realidades cambiantes en lo ideológico y en lo económico que ha sido fuertemente impactado por un mundo que obliga más a la homogenización que a la preservación de las particularidades como tesoros únicos que deben mantenerse, amén de un capitalismo salvaje que busca desaparecer todo aquello que no sea productivo y rentable. Es por ello que es admirable el trabajo de seis décadas del Teatro La Candelaria que ha conseguido, entre muchísimas cosas en este lapso, la reciente incorporación del Teatro de Creación Colectiva como Patrimonio Inmaterial de la Nación al lado de otras 40 agrupaciones que elevaron la propuesta.
La historia del Teatro La Candelaria “Santiago García” y de los artistas que han pasado por el grupo merece ser contada y hasta novelada. Daría para una estupenda ficción o autoficción pues la cantidad de aventuras que han vivido los hace testigos fieles y protagonistas no sólo del teatro sino de la historia de Colombia. Desde las amenazas de muerte con una bala con nombre propio que tuvieron durante años a impulsores de la Paz en ese bello país, son un ejemplo de lucha y coherencia ideológica y ética. Fallos seguramente han tenido a manos llenas porque nadie escapa del factor humano que aparece aún indeseadamente. Sin embargo, pocos ejemplos tan contundentes en el teatro en nuestra lengua y el mundo de lo que significa sostener y resistir. ¡Viva el Teatro La Candelaria! ¡Feliz cumpleaños 60!


