La Secretaría de Cultura de Coahuila persiste en su renuencia a implementar un programa bien estructurado de fomento teatral

En Coahuila, el teatro se sostiene por la persistencia de sus creadores, no por una política cultural que lo respalde. Mientras la precariedad se vuelve norma, la respuesta institucional oscila entre la omisión y la simulación.
Durante los últimos años, el teatro en Coahuila se ha sostenido gracias al esfuerzo de sus hacedores, a pesar de la ausencia de políticas públicas consistentes de estímulo a la creación y la producción: sin circuitos permanentes de difusión, sin formación sistemática de públicos y sin condiciones propicias para el acceso de los creadores a los espacios escénicos.
En este contexto, la Secretaría de Cultura de Coahuila ha persistido en su renuencia a implementar un programa sólido, articulado y bien estructurado de fomento teatral. Las acciones que impulsa, de carácter esporádico, resultan insuficientes, ineficaces y, en ocasiones, erráticas frente a la precariedad estructural que enfrenta la práctica escénica en el estado.
Lo que los artistas escénicos hemos estado planteando es claro: respaldo institucional real, no acciones de apariencia o simulación. No estamos pidiendo favores. Estamos requierendo que se cumpla una responsabilidad pública: instituir un plan integral de fomento teatral y garantizar el acceso a los espacios culturales como bienes públicos, no como recintos privatizados de facto, “prestados” de manera ocasional a los teatristas locales, con altos costos y más restricciones que facilidades.
Sin condiciones adecuadas de producción, la creación artística no encuentra su cauce en Coahuila. Sin acceso ni apropiación de los escenarios del estado —en tanto herramientas básicas para la construcción teatral—, la autoridad cultural no puede hablar, y mucho menos presumir, de una gestión integral en favor del desarrollo del arte y la cultura.
La adversa situación del teatro local no se corrige con convocatorias aisladas ni con iniciativas improvisadas a manera de “bomberazos”. El llamado Maratón de Teatro Saltillense es ejemplo de ello: una respuesta sacada de la manga en la que se ofrecen más restricciones que condiciones óptimas para los realizadores escénicos, a quienes, más que creadores, se les pretende tratar como mendicantes del arte.
Para lograr el florecimiento del teatro no basta con dar gato por liebre. Se requiere un programa de fomento bien estructurado, con objetivos consensuados y presupuesto suficiente, como reiteradamente lo ha planteado la comunidad teatral sin encontrar una respuesta institucional seria. Tampoco basta con “taparle el ojo al macho” mediante eventos que son llamaradas de petate, ni con dorar la píldora a través de acciones que conciben el apoyo como dádiva o concesión extraordinaria, mientras se mantiene la negativa a transformar las condiciones de fondo del trabajo artístico.
De poco sirve darle una “manita de gato” a la programación cultural mediante convocatorias que no atienden los problemas estructurales del teatro en el estado.
Esa concepción de la promoción cultural ha prevalecido en Coahuila durante lustros, pero se ha agudizado en los últimos dos años. Como ha señalado el director teatral Luis de Tavira, con frecuencia lo que se hace es “maicear” a la comunidad teatral. Cuando Tavira evoca la ironía del título de la obra de Emilio Carballido, ¡Silencio, pollos pelones, ya les van a echar su maíz !, remite con precisión a la lógica de una política cultural que ofrece apoyos ocasionales, menores o raquíticos para contener la inconformidad, sin transformar las condiciones de fondo.
Así las cosas, la gestión cultural entendida como simulación no apuesta al desarrollo, sino al control momentáneo. Y mientras eso no cambie, el teatro en Coahuila seguirá sobreviviendo —aun en la precariedad— por terquedad de sus creadores, no por responsabilidad del Estado. Lo demás es discurso.



