Una experiencia escénica inquietante y absolutamente contemporánea

“Quiero hablar de mí misma”, declara la actriz, sentada sobre una vieja maleta cerrada, envuelta en un largo camisón blanco. La escena es de una sencillez cuidadosamente construida: al fondo, una tina gotea incesantemente; a un costado, un espejo en diagonal; por el suelo, el musgo avanza, como
recuperando lo que le pertenece. Así inicia Un cuarto azul —obra escrita por Samantha Coronel y co-dirigida por Laura Baneco— en un mundo que parece extraído de un cuento de hadas en descomposición: la princesa en su torre, aislada, que se cepilla el cabello mientras cae en la soledad de su propio soliloquio.
En un primer momento, la afirmación —“quiero hablar de mí misma”— suena inofensiva, casi una
consigna performativa. Pero pronto se revela como una apuesta profunda y arriesgada, que será llevada hasta sus últimas consecuencias. ¿Qué implica realmente hablar de una misma? ¿Hasta qué punto es posible hacerlo con verdad? ¿Cómo convertir la “convención autobiográfica” en una confesión
auténtica? Y sobre todo, ¿cómo puede esto suceder en el teatro, el reino de la máscara y del artificio?
Con un despliegue actoral extraordinario, enérgico y sin embargo muy matizado, y un texto que se
mueve con agilidad entre registros variados —desde la mordacidad enloquecida del stand-up hasta la
dureza directa del realismo confesional—, esta obra unipersonal se transforma en un laboratorio
tragicómico donde el Yo aparece roto, fisurado, en constante transformación. Entre relatos de crueldad
animal, escenas familiares tristes que emergen desde la infancia, y sueños inquietantes que rozan lo
grotesco, se construye una tensión persistente entre el humor y el abismo. Una comicidad que se
entreteje con momentos de brutal sinceridad, generando un espacio donde una única voz parece
desdoblarse, multiplicarse, dispersarse. Hablar de una misma, dice Un cuarto azul, nunca es sencillo: no hay en nosotros unidad posible, sino una constelación de versiones contradictorias, muchas veces
incómodas, siempre expuestas a la mirada ajena.
El diseño escénico, a cargo de Fernanda García, sostiene con coherencia esta poética de lo mínimo y lo encantado, aunque con un giro sombrío. Solo tres elementos construyen este espacio: un espejo
—donde la protagonista se refleja, se observa, se duplica—, una maleta —como un archivo cerrado del
Yo—, y una tina —último refugio, donde finalmente se sumerge y desaparece. Todo ello dispuesto en
un espacio cubierto de musgo, humedad, y vegetación que brota del suelo, como si una naturaleza
inconsciente hubiese infiltrado un sueño doméstico, y lo estuviera contaminando desde adentro.
Por su parte, el diseño sonoro, a cargo de Alfonso Olguín, acompaña esta atmósfera con un elemento simple pero eficaz: el goteo persistente de agua. Lejos de ser un simple fondo sonoro, ese goteo opera como una respiración suspendida, como una pulsación mínima que penetra en el aire y va minando lentamente la atmósfera. Algo que se filtra, se disuelve poco a poco. Útero o río, y además encierro, tiempo detenido. Y también, una metáfora temporal: el tiempo cae gota a gota, metrónomo, señal de una espera (ella misma pregunta al público, una y otra vez, la hora: como si algo debiera suceder, pero nunca llegara).
Un cuarto azul no es simplemente un relato íntimo en clave teatral. Es una experiencia escénica
inquietante y absolutamente contemporánea que revela la presencia perturbadora de múltiples voces
en una sola. La versión externa de uno mismo —más presentable, más deseable, más funcional— se
muestra como una máscara que traiciona, inevitablemente, al monstruo que habita debajo. Por eso,
esta obra no puede leerse como un simple monólogo ni como una biografía teatralizada: es una
exploración aguda, lúcida y profundamente incómoda de las múltiples capas del Yo, de los disfraces
que nos componen y de los silencios que, paradójicamente, nos delatan.
Una propuesta escénica donde el humor y el vértigo coexisten; donde la confesión deja de ser un acto
de sinceridad para convertirse en un proceso de desdoblamiento constante; donde el teatro ya no es solo un lugar para mostrarse, sino más bien un espejo turbio, deformante, que devuelve una imagen
fragmentada, inestable, y por eso mismo, profundamente humana.



