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El umbral de lo sagrado

Date:

Apartado 1 del Libro En el Umbral de lo Sagrado, (Reflexiones teóricas de la danza desde la práctica escénica) Secretaría de Cultura,  Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura 2022

Ítaca, el viaje. Bailan: Aileen Kent, Óscar Michel Pérez Coreografía: Cecilia Lugo. Fotógrafo: Emmanuel Adamez.

Escrito por: Cecilia Lugo

¿Por qué razón decidí llamar esta parte de mi texto En el Umbral de lo Sagrado? Quizá porque desde que hago danza me ha parecido ésta una vocación, que no actividad, casi mística. En un inicio no sabía el porqué de esta percepción, es más, sólo había una intuición, un “olfato” de verdad, que con el tiempo devino en certeza. Con la entrega diaria al rito del movimiento he encontrado pistas que me han llevado a la reflexión de esta intuición.

Cómo si no, entender que a pesar de las dificultades del camino profesional que implica la práctica, tales como: años de estudio, disciplina, compromiso, trabajo obsesivo, renuncia a todo aquello que te sube de peso, a la falta de opciones para bailar en foros, pocas oportunidades de trabajo remunerado de manera justa, etcétera, seguimos aquí, como si la vocación fuera un acto de fe, a prueba de cualquier fuego que quisiera extinguirnos. Al contrario de ello, nos erguimos dignos ante la adversidad como si fuéramos héroes, guerreros o místicos.

Nada valoro más que sentir que comulgo con los bailarines desde esa percepción de belleza y plenitud que nos provoca la danza. Sin embargo, pese a las dificultades, ahí vamos, al matadero o a la gloria, o a los dos, al mismo tiempo; inmunes a pisos duros, espacios inapropiados, sin recibir pago justo por nuestro trabajo, víctimas de políticas públicas poco sensibles para reconocer la importancia del arte y la cultura en la vida del ser humano, su poder transformador, en el mejor sentido de esta palabra.

Nada hay más sagrado para el ser humano que el reconocimiento de su propia intimidad, esto lo logra a través de la danza. La experiencia artística de quien la produce y de quien la consume se torna esencial para su vida porque lo acerca a sí mismo, lo estructura emocionalmente, lo coloca en el centro de su universo, le otorga poder como ser creador. Como hacedor o como espectador, como profesional o amateur, la experiencia artística de la danza produce el placer de la propia cercanía, los resultados de la experiencia son diferentes, pero la experiencia es la misma.

Alrededor del trabajo escénico hay un mundo inimaginable de engranajes que posibilitan que esto suceda. Siempre he sentido que la escena es un espacio ritual donde se representa el mito.

Todo rito es una representación. Aquel que participa en una ceremonia es como el actor (bailarín) que representa una obra: está y no está al mismo tiempo en su personaje. El escenario es también una representación: esa montaña es el palacio de una serpiente; ese río que corre indiferente es una divinidad. Pero montaña y río no dejan por eso de ser lo que son. Todo es y no es. (Paz, 1967)

El espacio ritual es para mí, el lugar donde se realizan acciones simbólicas que le dan sentido a una práctica extracotidiana; donde se lleva a cabo una especie de liturgia tácita y en donde los involucrados (directores, bailarines, coreógrafos, músicos, equipo creativo, etcétera) se conectan de una manera mental, física, energética y espiritual, para darle  al evento o sea la función de danza, un carácter único e irrepetible a través de acciones específicas. En mi caso y con mi compañía de danza, solemos llegar mucho tiempo antes   a la cita, dándole de entrada un valor a la formalidad e importancia al suceso, después de     una práctica de calentamiento físico, cada quien se prepara para entrar al foro, algunos encienden incienso, otros guardan silencio, algunos sacan fotos de sus seres queridos que los acompañan en su itinerancia por múltiples foros como si fueran éstas amuletos de buena suerte que pegan al espejo. Algunos ponemos al lado de los maquillajes pequeños objetos derivados de una iconografía personal, como atrayendo fuerzas sobrenaturales para enfrentar un acto de máxima tensión, como lo es entrar al escenario. Unos rezan, otros se persignan y todos se concentran. Particularmente yo, como directora del equipo, hago un poco de todo ello y a pocos minutos de iniciar la función nos reunimos abrazados al centro del foro en un círculo. Casi siempre soy yo la que dice algunas palabras cuyo resultado resulta casi mágico, lo que permite que sintamos una conexión vital muy fuerte entre nosotros. Todo lo que sucederá después no es obra del azar, sino de una disposición casi mística para que así suceda. Hacerlo así nos hace sentirnos fuertes, portadores de verdades y quizá hasta heroicos. Todo ello a pesar del miedo que siempre da enfrentarse al monstruo de mil cabezas: la mirada del espectador.

Cada uno tendrá sus propios rituales, sus acciones personales que determinan la importancia de aquello que vendrá.

Yo suelo decir entre otras cosas y después de respirar profundamente que hagamos esa función como si fuera la primera, la última y la única. Esa preparación es como la del camino del héroe, aquella travesía que debe ser transitada solo por elegidos. Y éstos no serán, por cierto, los que sólo dominen la técnica de su danza, sino los que sean capaces de superar las pruebas, de morir metafóricamente hablando en el escenario, aquellos capaces de entregarlo todo ahí, en el espacio ritual del foro.

Considero que en ese espacio ritual de la escena representamos el mito, o los mitos que perviven dormidos bajo la piel de los tiempos. Siempre o casi siempre escenificamos un mito, reconocido o no, subterráneo o a flor de piel. El mito visto como la historia simbólica de la humanidad se encuentra en cada pequeño acontecer de la escena. Todo está dicho ya, es la forma en que decimos lo ya dicho lo que cambia. Cada creador lo hace de manera diferente. Sin embargo, las relaciones entre los hombres, de éstos con su entorno, y su relación con lo sagrado sea esto lo que fuere, están presentes en nuestro ADN como parte de nuestra historia ancestral, otorgándonos una identidad colectiva. Carl G. Jung, médico suizo creador de la psicología analítica, nos dice en sus textos que los mitos pueden ser concebidos como proyecciones psíquicas de sus creadores en diferentes épocas y culturas y que representan manifestaciones simbólicas del inconsciente colectivo. A través del inconsciente colectivo convocamos arquetipos que nos representan no en la forma sino en el fondo.

Considero que aquellas obras que de manera consciente o no llevan a escena situaciones arquetípicas y éstas están bien coreografiadas, producidas y bailadas llevan en sí una fuerza imbatible que se transforma en energía creativa que tarde o temprano llega al espectador de manera poderosa. También el intérprete lo siente a la hora de bailar. Esta transmutación o cambio que sufre el bailarín cuando baila, me parece no sólo esencial sino fundamental en el hecho escénico. Lo reconozco porque cuando fui bailarina, así lo sentía, aunque no sabía el porqué. El tiempo, la reflexión, el estudio cotidiano y el                   trabajo diario e intenso con bailarines me han enseñado que así es, por supuesto siempre desde mi óptica parcial del fenómeno escénico. Es como si buscando la identidad     perdida a través del movimiento y la interpretación poética encontráramos la identidad colectiva en los arquetipos dormidos del inconsciente colectivo.

La experiencia poética como la religiosa, es un salto mortal: un cambiar de naturaleza que es también un regresar a nuestra naturaleza original

Encubierto por la vida profana y prosaica, nuestro ser de pronto recuerda su perdida identidad; y entonces aparece, emerge, ese “otro” que somos. (Paz, 1967)

Hay algo de purificador y divino en la escena, ahí donde baila el danzante sea la plaza o el atrio de la iglesia o donde baila el bailador, la pista de baile o la sala de una casa. El danzante, el bailador y el bailarín comparten una semilla que germina en la danza ritual, étnica, urbana o teatral. El primero danza a los dioses, su público es la divinidad, no hay más testigo que el universo por ello se entrena devoto a su danza sin mayor pretensión que hacer de ella una ofrenda. Los bailadores de salón y danza urbana bailan los ritmos populares por el gozo mismo del movimiento y de la música, los buenos bailadores y aún los no tan buenos, hacen uso de una técnica precisa y en algunos casos perfecta para trascenderla al estado de gozo, también ahí hay una combinación perfecta. En ambos casos el danzante o el bailador entran en un contacto interno con ellos mismos. El primero por devoción que lo lleva a un estado de gracia, dicho en lenguaje coloquial libre de culpa; el segundo, por gozo que, en el fondo, creo yo, también los lleva a un estado de gracia.

El artista escénico, para mí, es la suma de ambos. El gozo y la devoción habitan el sustrato profundo de su estar en el foro. El misterio lo impulsa, la fuerza desconocida lo anima a estar ahí confrontando el aquí y el ahora, revelándose frente a sí mismo y frente a los demás, descubriendo su perdida identidad como dice Paz, para recuperarla a través de la acción poética en la escena.

“El poeta revela al hombre creándolo” (Paz, 1967). Por lo tanto, el artista escénico es un creador en tanto es capaz de revelarse a sí mismo y partir de ahí para crear mundos que podrá compartir en el ritual de la escena con el testigo de un acto íntimo que es el público.

Recuerdo de pequeña decirle a mi mamá que cuando yo fuera grande quería ser monja y rumbera, mi madre y todos reían ante la ocurrencia, sin embargo, creo que de alguna manera lo logré. No fui monja ni rumbera propiamente dicho, pero fui bailarina y ahí se juntan para mí las dos vocaciones de mi niñez.

Crecí en una familia devota, rodeada de pensamientos bien intencionados. Desde pequeña sentí gran vocación por lo sagrado. Recuerdo jugar a ser santa y a hablar con Dios, también recuerdo jugar a fumar con un lápiz de madera y bailar emulando a las bailarinas de las películas de rumberas que pasaban en el cine Terrazas, aquél que no tenía techo y al que mi abuela Anita nos llevaba a mis hermanas y primas cuando éramos pequeñas, y que marcaron sin lugar a dudas la iconografía inconsciente de mi vida preparándome para lo puro e impuro, lo sagrado y lo profano, que más tarde profesaría como intérprete creadora y como coreógrafa.

Sin temor por uno o por lo otro, todo entra en la vida como parte de ella. Para el creador no hay límites, todo se mezcla, no hay bueno ni malo a nivel moral, hay coherencia, verdad, autenticidad. Entiendo que en escena habrá lo bien hecho y lo no tan bien hecho a nivel de ejecución y de creación coreográfica, sin embargo, a nivel temático todo lo   que le sucede al hombre es la sustancia de la escena y por lo tanto de la creación artística. Sea real o fantasía. Me refiero a que los mundos que vive el ser humano parten de una realidad y en escena se trasmutan a través de la creatividad, imaginación y fantasía.

Cecilia Lugo. Foto Victor Lara

Sí, la escena es sagrada porque habla del ser humano y de sus íntimos anhelos por borrar   la división en la que generalmente vivimos e ir al encuentro de uno con uno mismo. Por ello cuando hago danza como intérprete o como coreógrafa me dispongo a cruzar el Umbral de lo Sagrado. A veces lo logro, otras, no. Entrar en un ámbito sagrado implica el diálogo poético con la propia autenticidad. Ese es el reto de lo artístico, no sólo la conquista de la parte técnica de la danza, sino el arribo al espacio creador donde se revela el misterio de nosotros mismos.

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