Palabras de la actriz Marina de Tavira en la presentación de la versión revisada y aumentada del libro El espectáculo invisible, de Luis de Tavira, el 30 de julio en El Milagro

Hace 25 años manejaba en la carretera México/Toluca desde el Centro de Formación Teatral San Cayetano, en donde vivíamos concentrados en un apasionante proyecto pedagógico. Me dirigía, junto con Luis y Steff, a nuestra querida Casa del Teatro en Coyoacán para la presentación de la primera edición de este libro. Ya desde entonces, las provocaciones en él expuestas me acompañaban como una fascinante obsesión que era aún una promesa. La promesa de un camino que dotaría mi vida de sentido.
Con toda convicción puedo decir hoy que esa promesa se ha cumplido cabalmente, y que las dialécticas que entrañan los 365 aforismos que conforman este libro —sí, uno por cada día del año— han sido el fundamento de cada aventura teatral en la que me he embarcado. Ha sido para mí eso que decimos comúnmente cuando decimos mi libro de cabecera. Siempre nuevo, siempre distinto y siempre el mismo. Moviéndose junto conmigo en el apasionante viaje de convertirme en persona de teatro. Ahí, en la antesala del encuentro con mis personajes. Ahí, en el salón de clases, frente al desafío de descifrar, junto con mis alumnas y alumnos, el qué, el cómo y el para qué de la Poética de Aristóteles, que se encuentra singularmente tramada en este libro. Ahí, en los primeros encuentros de los distintos grupos con los que me he propuesto abordar una ficción. Ahí, en los pensamientos que asaltan en el instante previo a la entrada a escena. Ahí, siempre ahí, ahí, ahí. En este diálogo constante, puedo decir que ante la soledad de la actriz en el momento de la seducción, en esa oscura atracción frente al personaje, el libro me susurra al oído y me dice: Sé astuta, tú tienes orejas pequeñas, tienes mis orejas. Yo soy tu laberinto.
Pienso que es un libro que se empezó a escribir mucho antes de aterrizar en el papel, y que nace de la pasión por desentrañar el misterio de qué es eso, indecible, que hacen los actores y las actrices, que hace del teatro, teatro. Una pasión que han sido años y años de observar y enseñar a aprehender ese fenómeno casi sobrenatural, para quizá llegar a la conclusión de que es solo comprensible en la paradoja. Como ya lo había intuido Diderot. De ahí, la amorosa dedicatoria a las actrices, actores y estudiantes de actuación, de quienes afirma el autor han escrito el libro, para quienes ha sido escrito.
Sin duda, es un libro apasionante para aquellas personas que quieran acceder a la dimensión de la actuación, pero yo diría que es más: es un libro sobre el enigma de la existencia, no solo porque el teatro es ese mirador donde nos hacemos la pregunta sobre el misterio de la vida, sino porque en el arte de la actuación, y en esa relación entre el ser y no ser el personaje, yace oculta, siempre indecible, la respuesta.
Un libro, como dice Luis Mario Moncada en su prólogo, capaz de encender el pensamiento, capaz de dibujar los contornos invisibles de un arte que parece esconderse de sí mismo. Provocaciones para acceder a la necesaria dimensión reflexiva de nuestro quehacer, que resultará siempre nueva e inagotable. Por eso, este libro no tiene tiempo, ni caducidad. No pretende la mirada histórica, sino la de la radical actualidad del teatro. Y este pensar, como lo afirma el libro, es ya un hacer. Un pensar que invita al extravío, que solo se verifica en la escena, que se traduce únicamente en el encuentro íntimo con el personaje y en la mirada de quien lo atestigua. Inevitablemente, estos aforismos me remiten a mis años de formación, cuando la vida en la ficción era aún un sueño, un proyecto, el abismo de la pregunta de si la vida soñada podía llegar a ser el teatro, de si sería capaz de inventar el mundo, pero también a mi más reciente entrada a escena, y seguirán ahí cuando toque a la puerta de los personajes por venir. Si me pregunto qué ha cambiado para nosotras, actrices y actores, desde ese fin de milenio en que salía a la luz por primera vez este libro, tendría que responderme —no sin temor, no sin anonadamiento, no sin rabia, incluso— que los medios de producción cada vez más nos empujan a convertirnos en un espectáculo de nosotros mismos, antes de poder acceder a las posibilidades laborales de nuestro arte.
Si pensamos, como propone el libro, que actuar es precisamente dar el salto hacia lo otro, olvidarse de sí para acceder a lo otro, absolutamente otro, para solo así conquistar ese sí mismo, entonces me resulta un libro aún más necesario, más urgente. Una invitación a encontrarnos en el silencio que precede a la palabra, a la quietud que precede al gesto, al vaciamiento del yo que precede al personaje. A ser silencio para que de ahí se escape, siempre inevitable, la palabra. Un remanso, como lo es el teatro, que se toma su tiempo, en estos momentos de aterradora inmediatez. Porque estoy convencida de que es en esa antigua novedad del teatro donde podremos seguir encontrándonos en tanto personas, mirándonos a los ojos para hacerle frente al aislamiento al que nos arroja, en estos días, la pequeña cajita desde la que contemplamos el mundo.
Ante la verborrea de esta realidad, el libro nos invita a habitar la oscuridad de la pregunta. Por ejemplo, esa que nos lanzó el mensaje del Día Mundial del Teatro este año: ¿Le preocupa al teatro la manera en que la condición humana está siendo moldeada y manipulada en el siglo XXI por intereses políticos y económicos, los grandes medios informativos y las compañías que configuran la opinión general? ¿Se preocupa por el papel asumido por las redes sociales, que facilitan la manipulación y se convierten en obstáculo, casi insalvable, para la comunicación con el ‘Otro’?
Para que sea entonces el mismo teatro el que arroje la luz anticipatoria que nos devuelva la esperanza, la alegría del colectivo. La alegría de vivir peligrosamente frente a la realidad avasallante de la inmediatez. Sí, habría que abrazarse al teatro, quizá hoy con más fuerza que nunca. Llenarse de ilusión para expresar el desconsuelo. Un desconsuelo que resurja en teatro como defensa de la vida, la vida como cambio. He ahí la invitación de El espectáculo invisible. Y por eso, como sugiere el último aforismo: pensar en el actor de nuestros días será siempre pensar en el renacimiento del teatro.



