Se presenta los fines de semana hasta el 6 de diciembre, en el Teatro Rafael Solana, viernes, sábados y domingos

Parece que el realismo «se ha puesto de moda» en los escenarios de la Ciudad de México. Hace un par de años Diego del Río estrenó dos montajes célebres de la tradición realista norteamericana: Todos eran mis hijos y Un tranvía llamado Deseo; y aquel verano también Antonio Castro dirigió Panorama desde el puente. Hoy, dos tragedias realistas dirigidas por Christian Magaloni vuelven a ocupar las marquesinas teatrales: La gaviota y La muerte de un viajante. ¿Acaso en los tiempos de la Inteligencia Artificial, donde constantemente nos preguntamos si algo es falso o verdadero, necesitamos volver sobre el material realista?
La muerte de un viajante es una de las obras más reconocidas del dramaturgo estadounidense Arthur Miller. Esta obra se estrenó en el lejano año de 1949 en Broadway y fue tal el éxito que se llevó el Premio Tony a la Mejor Obra de aquel año y le granjeó al dramaturgo el único Premio Pulitzer de su carrera.
La obra nos cuenta la historia de Willy Loman, un vendedor vetusto que lidia con la frustración de sus sueños incumplidos, el fracaso profesional y un profundo hastío que penetra por el aire todos los rincones de su hogar. La pieza tiene una estructura zigzagueante entre el presente y el pasado; entre el otoño decadente del patriarca de los Loman y los momentos pretéritos donde el sendero comenzó a desviarse. Aunque la obra ha sido leída muchas veces como una crítica al fracaso de la felicidad prometida por el anglo-protestantismo capitalista, también es un ejemplo destacado de eso que algunos teóricos han denominado la tragedia moderna: obras que están emparentadas con la tradición trágica inaugurada por Esquilo, pero ajustadas a la modernidad secularizada del siglo XX.
La puesta en escena de Magaloni es tan temeraria como conservadora. Magaloni ha demostrado en sus últimas puestas en escena una profunda torería por las obras de gran formato, por dramaturgias exigentes y de gran compromiso y, en la mayoría de los casos, sus trabajos han resultado muy afortunados. Con La muerte de un viajante hay un evidente respeto por la dramaturgia original de Arthur Miller, pero también existe una audacia por interpretar el texto a la luz del presente y del contexto mexicano.
El escenario y los elementos escenográficos convergen sobre los mismos propósitos actorales de contar «la tragedia del hombre común». Los espectadores son recibidos en la ficción por un destello enceguecedor: las luces del auto de Willy Loman que regresa al hogar. Se mira al hombre al volante; parece obnubilado o perturbado por algún espectro. Después, la escenografía se transforma en la casa de los Loman: un hogar ordinario, con estética norteamericana en tiempos de la posguerra. Es en ese momento cuando el tufillo realista inunda todo el teatro. Se observan todos los detalles de la vivienda: la mesita con mantel, los electrodomésticos de estética vintage, el fregadero con sus limpiones colgando a ambos lados, etc. Pero el realismo no solo es estética, también es poética. El tono es adoptado por los actores, quienes fluyen por la prosa de Miller como si fuera su propia vida.
El crítico de cine Alejandro G. Calvo distingue a los directores del tiempo y del espacio. Entre los primeros incluye al cowboy John Ford, a Orson Welles e Ingmar Bergman. A Christian Magaloni (desde el teatro, obviamente) le gusta abrevar en esa misma línea, y aquí Arthur Miller no se lo pone sencillo. La dramaturgia exige un vaivén entre el presente y el pasado. No se trata de flashbacks o recuerdos, sino de episodios revividos en tiempo real sobre la carne de Willy Loman. En el cine existen muchos trucos para dejarle en claro al espectador que la línea del tiempo se está alterando, pero en el teatro este toreo temporal exige ser transitado con precisión y ligereza. En este montaje así ocurre: por ningún momento te pierdes ni te confundes entre el presente y el pretérito, y eso es un signo de la notable madurez de Magaloni.
Willy Loman no es un personaje de museo que represente y distinga únicamente al hombre que persigue «el sueño americano» durante la posguerra. Loman retumba con bastante fuerza hoy en día, cuando las promesas de la democracia, de la globalización y del liberalismo se desmoronan a diario. Loman es un hombre (aunque no ha de olvidarse que ante todo es un personaje) que ha construido un mito de sí mismo, el cual, al momento de iniciar la obra, le colapsa los hombros. El mito de Loman está hecho también de materia mitológica: del mito de Rockefeller, Carnegie y Vanderbilt, pero también de referencias más domésticas y familiares como su hermano Ben, el acaudalado explorador de África; el viejo Loman, constructor de flautas; y aquel célebre vendedor David Singleman, que tuvo un funeral repleto de clientes y camaradas que veneraban su recuerdo.

Esta obra de Miller tiene dos grandes rimas cinematográficas con un par de cintas de Ismael Rodríguez: La oveja negra y Ánimas Trujano. La primera se estrenó al mismo tiempo que el montaje de Broadway y, en ambas historias, el arquetipo del patriarca fuerte y machista es derrumbado por la desobediencia del hijo. Silvano Treviño (el personaje de Pedro Infante) también confronta a su padre frente a la realidad del espejo de la misma manera que Biff Loman. Por su parte, Ánimas Trujano (en la piel de Toshiro Mifune) está construido de la misma materia aspiracional y supersticiosa que Willy Loman; son hombres a los que les duele la vulgaridad y están dispuestos a ir en contra de su «destino común» convirtiéndose en héroes, en pequeños trágicos domésticos.
El elenco de esta producción está conformado por Juan Manuel Bernal, Emma Dib, Gonzalo Esesarte, Miguel Tercero, Gilberto Dávalos, Emilio Schoning, Alfonso Holguín, Nastassia, Miguel René, Giovanna Duffour y Antonia Suillerot. La maestra Dib está perfectamente entonada y su gran carácter es capaz de conmover hasta las últimas filas. Desconocía el trabajo de Esesarte y me sorprendió bastante: a pesar de su juventud, penetra en la complejidad de Biff Loman con gran intensidad. En cambio, el trabajo de Juan Manuel Bernal se instala en la superficie del doliente vendedor y pareciera sufrir en cada uno de sus parlamentos, incluso los más ordinarios.
La muerte de un viajante se presenta los fines de semana (hasta el 6 de diciembre) en el Teatro Rafael Solana, ubicado en el interior del Centro Cultural y Social Veracruzano. Funciones: viernes a las 20:30, sábados a las 17:00 y 20:30, y domingos a las 17:00 h. La obra se recomienda para un público de adolescentes y adultos. Tiene una duración aproximada de 2 horas con 30 minutos. Las entradas van desde los $800 hasta los $1200 en zona VIP. Se pueden adquirir los accesos a través de Ticketmaster, Cartelera de Teatro y en las taquillas del recinto.



