En temporada hasta el 20 de abril, todos los lunes en el Foro La Gruta, del Centro Cultural Helénico

Mientras conversaba con mi mejor amiga sobre el modus vivendi de las madres de clausura, observaba su horror ante la idea de que una chica en plena juventud escogiera recluirse en un convento para no volver al exterior jamás.
—¿Qué sentido tiene esa vida? —Me comentó ella.
Y yo pretendí responderle algo mucho más místico, pero únicamente atiné a decirle
—Un sentido que ni tú ni yo comprendemos. Lo mismo han de pensar otros sobre nuestro trabajo, donde perdemos mucho más de lo que ganamos.
Existen particularidades que solamente podemos comprender los que hemos escogido un camino de fe. En ese sentido los monjes y los teatristas somos muy afines.
La obra Lo común (La compañiasauria) dialoga precisamente con esta adversidad que soportan (soportamos) día con día quienes han escogido el sendero del teatro. Cuatro amigos, que además son colegas teatristas, han comenzado a vivir juntos mientras persiguen el ideal de hacer teatro. Norma y Ulises rondan los cuarenta años, y, a pesar de su madurez, han decidió compartir sus vidas con dos veinteañeros, Aleks y Piña, que por varios momentos parecen sus hijos.
Los cuatro personajes son penetrados por el desempleo y el fracaso de la felicidad prometida en el mundo capitalista, que es absolutamente insoluble en la realidad. Los cuatro beatles del teatro luchan continuamente por no pactar con el hastío ni la desesperanza aunque la miseria los persiga como el fantasma chocarrero de Hamlet.
Esta obra es el resultado de un proceso de escritura colectiva, donde todos los actores ha compartido su experiencia particular y sus conocimientos empíricos de la escena en México. De hecho los personajes (Si es que existen) llevan los nombres reales de quienes les interpretan, confundiendo así los límites entre representatividad y exposición.
José Emlio Hernández (Premio Gerardo Mancebo del Castillo Trejo por Las visiones en 2021) es el dramaturgo responsable que brindó estructura a las voces de sus compañeros actores. Su pluma consigue fijar una dramaturgia singular que combina ficción y autorreferencia, salta entre los tonos del melodrama y la comedia con gran fluidez y dispone también los espacios para la libertad franca y espontánea con el público que les sorprende cada noche.
La obra comienza con un escenario casi vacío. Al fondo izquierda hay una ventana por la que perturbadoramente un fantasma observa la entrada de los espectadores. Posteriormente el escenario es penetrado por una escenografía ordinaria que recuerda el sazón costumbrista de Magaña o Carballido: mesas y sillas de metal con marca de cervecería, un mantelito de plástico con estética de fonda, un barreño, una banca superviviente de mil batallas, etc. El poscostumbrismo estético enmarca y soporta los diálogos enunciados con un acento chilango que parece extraído del cine de Valentín Trujillo.
La dirección de este montaje tiene la rúbrica de Simón Franco, quien prioriza la intimidad con el espectador. La cuarta pared brilla por su ausencia, pues los actores continuamente dialogan con su público e incluso nos comparten alimentos y bebidas. La dirección escénica es temeraria, pero define correctamente la atención sobre los detalles necesarios de la historia para que las convenciones sean claras y permitan al espectador sumarse al convivio propuesto.
Es una obra conmovedora por su alto nivel de franqueza. No es necesario que seas teatrero para empatizar con el dolor de estos personajes, su soledad, su miseria, su sexualidad suspendida y su esperanza perpetua. Los personajes parecen extraídos de una pieza melancólica de Chéjov, donde el futuro de los personajes pareciera robado y la esperanza sostenida con alfileres. Por eso es honesta y potente esta obra, por la verdad emocional con que nos habla.
Advierto que la obra puede tener cierto exceso de interactividad. Si usted, querido lector, comparte conmigo su necesidad de permanecer en el anonimato de la oscuridad teatral puede llegar a sentirse ligeramente incómodo. ¿Pero a qué viene uno sino es también a removerse un poco? La participación del público es voluntaria, y el espectador puede subir al escenario o permanecer en su asiento, como me mantuve yo.
El elenco está integrado por Aleks León, Janeth Piña, Norma Suárez y Ulises Martínez. Los cuatro actores están perfectamente entonados en el universo la melancolía poscostumbrista. Sus personajes, o alteridades, son entrañables y reconocibles. Los diseñadores también realizan un trabajo encomiable que reviste esta fantasmagoría: Mano Noriega (iluminación), Gabriela Cabrolier (vestuario) y Erick Guerrero (diseño sonoro).
Lo común se encuentra en temporada hasta el 20 de abril, todos los lunes a las 20:00 h en el Foro La Gruta, del Centro Cultural Helénico (Revolución 1500). La obra tiene una duración de 110 minutos y es recomendada para adolescentes y adultos. La entrada general tiene un costo de $214, aunque los estudiantes, maestros y personas con INAPAM cuentan con un 30% al presentar en taquilla su credencial vigente. Las entradas están a la venta en el sitio web teatrohelenico.comprarboletos.com y en las taquillas del lugar.



