Vino a romper con todos los estándares y paradigmas de lo que hasta ese entonces conocíamos como Teatro

San Diego, CA. Dic 10, 2023.- Óscar Liera fue un hombre de teatro por donde se lo viera: actor, director, dramaturgo, productor, difusor y muchas otras cosas más; un revolucionario de su tiempo, que vendría a cambiar la historia del teatro mexicano, no solo por su exquisita y polémica dramaturgia y sus vanguardistas puestas en escena durante la segunda mitad del siglo XX, sino además, por haberlo descentralizado y por haber puesto al teatro de provincia y sobre todo, el del noroeste de México, en el plano nacional e internacional. Antes de Liera, casi todo sucedía en el centro del país. Eran contadas las compañías teatrales de provincia. Quizá la más conocida, era la Compañía de la Universidad Veracruzana que además contaba con una escuela de teatro. Aquel niño, travieso y juguetón, que se perdía entre payasos, magos y trapecistas de los circos que seguido se plantaban frente a su casa a un lado de la estación del ferrocarril, permanecería vivo en él hasta el día de su muerte. Siempre jugando y soñando con esos personajes que encontraron asilo permanente en su cabeza y en su corazón; siempre viajando a otros mundos con la imaginación, en ese tren que todos los días veía pasar frente a sus ojos. Un niño con una extraordinaria sensibilidad, criado en el seno de una familia religiosa. A pesar de haber sufrido, desde temprana edad, la intolerancia de un padre machista y represor, tuvo la suerte de ser cobijado por las mujeres de su familia, aún cuando estas, en un principio, no hubieran visto con buenos ojos su decisión de aventurarse a la Ciudad de México a estudiar teatro.
Junto a sus hermanas Carmen María y Adelina descubriría el mundo fantástico de los títeres que lo marcaría para siempre, sobre todo, después de aquella función que, en complicidad con la pequeña Adelina, llevarían a cabo para ahuyentar a la muerte del lecho de Carmen María, sin ningún éxito. Más tarde muchas de estas mujeres serían representadas en algunas de sus obras, casi siempre con diferentes nombres, por obvias razones. Este sería, en esencia, el universo mágico en donde transcurrió la infancia del Óscar niño. Como diría Alejandro Dolina, escritor y presentador argentino, Liera viajó el mundo para encontrarse más tarde en el patio de su casa. Después de haber estudiado en la Ciudad de México y Europa, decidió volver a Culiacán para trabajar con lo que le era familiar, logrando hacer de su contexto local, algo universal. Óscar encontraría la materia prima y la poética de sus obras en su terruño, rodeado de su gente y de todos esos personajes de la provincia mexicana, que más tarde jugarían un papel protagónico en su dramaturgia.

Óscar Liera vino a romper con todos los estándares y paradigmas de lo que hasta ese entonces conocíamos como Teatro; ese teatro formal de grandes vestuarios y escenografías realistas. Llegó con una nueva propuesta de un teatro más austero, donde la caja negra, los espacios alternativos y una agria crítica hacia la iglesia y el estado, se volverían elementos recurrentes de sus puestas. Aquí podríamos citar algunos ejemplos como: Salmodia para un día de cansancio, espectáculo poético con textos de Ernesto Cardenal en el interior de la escuela de Filosofía y Letras, con el que se fraguaron los cimientos de lo que, más tarde, sería el Taller de Teatro de la Universidad de Sinaloa (TATUAS); El Jinete de la Divina Providencia con el escenario cubierto totalmente con piedra de río; La Verdad Sospechosa de Juan Ruíz de Alarcón en el patio de la Casa de la Cultura de la Universidad Autónoma de Sinaloa, con escaleras que se convertían en cualquier cosa, El Oro de la Revolución Mexicana (Premio nacional otorgado por Bellas Artes a la mejor obra de teatro histórico) en un callejón del Centro Histórico de Culiacán a la sombra de un huanacaxtle; La Guerra, un espectáculo poético de Miguel Hernández dentro de una piscina sin agua y con los actores en el fondo y el público viendo desde afuera; La prisión de la fantasía con textos de Sor Juana, en la cocina de una casona colonial donde estaba la Escuela de Artes de la Universidad; Las Fábulas Perversas con plataformas y paneles móviles que lo mismo se convertían en el trono del rey, que en un salón de tribunales; y Cúcara y Mácara, quizá su obra más polémica, escenificada en uno de los pasillos de la Casa de la Cultura, entre otras. Pero no todo esto fue simple casualidad. Oscar había sufrido la persecución del gobernador del estado, Toledo Corro, por las constantes denuncias en sus obras en contra de las tantas injusticias cometidas durante su gobierno, llegando incluso a encarcelarlo. El gobernador decidió quitarle los teatros por lo que se vio en la necesidad de llevar a cabo sus puestas donde se pudiera. Fue así como empezó algo que él llamaría la conquista de espacios, aunque primero había que sacralizarlos, decía. Darle a esos espacios la categoría de sagrado para que estuvieran en disposición de celebrar en ellos la misa en escena. Liera ganó el premio nacional Juan Ruiz de Alarcón a la mejor obra de teatro en tres ocasiones con Las Juramentaciones, Las Dulces Compañías y con la que sería su obra cumbre, El camino rojo a Sabaiba, considerada por muchos como la mejor obra de teatro de la segunda mitad del siglo XX. Óscar Liera fue un hombre de una sola pieza; respetado y admirado en su gremio. Amiguero por naturaleza y de una lealtad inquebrantable, pero no por eso falto de enemigos, que no eran pocos. La luz que de él emanaba, era tan fuerte que encandilaba a más de alguno que buscaba ganar notoriedad a sus costillas; criticándolo, casi siempre, con falsa información o de dudosa fuente. Pero Óscar era muy astuto para evadir esos ataques. En una ocasión, estando él en una exhibición de pintura de un artista local en la casa de la cultura de la universidad, rodeado, como siempre, de gente que quería conocerlo o escuchar lo que decía, o simplemente para hacerle alguna pregunta. En ese grupo se había infiltrado uno de sus tantos detractores. En lo más ameno de la plática, el tipo, levantando la mano para llamar su atención, preguntó: Óscar, ¿y que hay de cierto de que te gustan los hombres? La atmósfera se hizo pesada. Él lo miró, y después de pensarlo un par de segundos que para el grupo parecieron horas, contestó; ¿Por qué? ¿Quieres proponerme algo? Todo el mundo se carcajeó y el tipo hizo mutis con la cola entre las patas. A pesar de ser un hombre que había roto con tantos tabúes en su vida, la opinión de su familia siempre pesó sobre él. Por esa razón, aún cuando jamás negó su homosexualidad, tampoco lo dijo nunca abiertamente. Seguramente, eran otras sus prioridades en aquel Culiacán violento, donde era más importante denunciar las injusticias del gobierno y las atrocidades del crimen organizado, que en tiempos del gobernador Toledo Corro, los ajustes de cuentas entre narco pistoleros que se paseaban por todo la ciudad como Pedro por su casa, estaban a la orden del día. Óscar fue un artista comprometido con su entorno, rebelde y provocador, que permanece en el imaginario colectivo del teatro nacional como una leyenda que se ha engrandecido con el tiempo. David Salmón, un excelente director francés, radicado en México, decía precisamente eso, que cuando él escuchó por primera vez acerca de Óscar Liera, le pareció que hablaban de una leyenda o mito por las maravillas que de sus obras se contaban, y por las tantas anécdotas de su vida personal como luchador social, como hombre íntegro y valiente que había hecho frente a los cánones establecidos de su época, abogando siempre por las causas que él consideraba justas. Un tarde que fui a visitarlo para comentarle sobre mi decisión de irme a la Ciudad de México a estudiar la carrera de teatro, me dijo entre otras cosas, algo que se me quedaría tatuado en los huesos para siempre; “Puedes equivocarte, pero lo que no debes hacer nunca, es traicionar tu trabajo, qué es lo mismo que traicionarse a sí mismo”. Por esa razón, imagino a Óscar como un fantasma que se ha quedado deambulando entre nosotros para jalarnos las orejas cuando no hacemos lo correcto, más aún, entre todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerlo y trabajar con él. Óscar Liera murió en Culiacán, Sinaloa, el 5 de Enero de 1990. En su tumba, como epitafio, está grabada una frase suya que reza: “La única manera de morir y seguir viviendo, si no es despertar de un sueño, es morir y dejar algo imperecedero”. Y eso fue lo que hizo el gran Oscar Liera, un artista integral cuya obra permanece y cuya opinión jamás pudo ser obviada. La Última Función (Para Óscar Liera, que bien sabía que detrás del telón siempre habrá una sorpresa esperando.) La lucha se ha tornado desigual; sus personajes se vuelven contra él y aprovechando su delirio, planean la rebelión. Le urge un descanso que lo despabile. Trepado sobre la galera del circo atiborrada de niños inquietos y felices y padres con cara de resignación y enfado, lo vemos como una estrella solitaria luchando por no extinguirse. Ha perdido mucho peso, pero sus ojos aún mantienen el brillo sabio y penetrante de sus años de bonanza. Observa cada detalle del payaso sobre la gran pista. No se le escapa nada: el traje de colores semejando el envoltorio de un dulce atado por los extremos, los enormes zapatos de color blanco y negro que lo hacen tropezar de vez en cuando; el maquillaje desparpajado y la voz aguda y estridente con que se dirige al público. Le molesta todo lo que no sea estético, pero hay en él una fascinación ancestral por estos personajes tragicómicos que lo hace olvidar sus obsesiones. En un flashback inconsciente se ve de niño escapando de la mirada represora de su padre y corriendo al circo frente a su casa, en busca de esos personajes que ya desde ese entonces pululaban en su cabeza. Las estruendosas carcajadas de la audiencia lo traen de vuelta a su asiento y sonríe triste ante esas pequeñas jugarretas a que lo tiene acostumbrado el inconsciente. Engulle un puñado de palomitas de maíz para pasar ese bocado existencial y lo empuja sorbiendo un gran trago de su Coca-Cola de dieta. —¡Tac tac! ¡Tac tac tac! ¡Tac tac! Mientras teclea en su máquina de escribir, las lágrimas no paran de correr por su rostro, ahora demacrado por la angustia que le provocó saber el resultado de sus análisis de sangre. Quizá sea esa la razón por la que se resiste a matar a ese personaje que lo ha enamorado. Explora mil caminos para salvarlo, a sabiendas de que no hay escapatoria. El tío Mateo debe morir porque ha faltado a uno de los principales dogmas de la guerra; ha cometido traición y, en ese contexto, solo se reivindica con la muerte. Estalla en su cabeza la ópera Madame Butterfly con el dueto de amor Quest’ obi pomposa, precedida por dos ráfagas de fuego que escapan dolorosas de la pistola de Heraclio, su sobrino y líder guerrillero. El tío Mateo se lleva las manos al pecho y lentamente van bajando al mismo tiempo que las suyas se arrastran sobre el teclado de su máquina Olivetti hasta que caen chicoteando a sus costados. Entierra la quijada entre sus prominentes costillas y se queda ahí, congelado en su silla de madera luego de ese duelo anticipado con su propia muerte.
LA ÚLTIMA FUNCIÓN
(Para Óscar Liera, que bien sabía que detrás del telón siempre habrá una sorpresa esperando)

La lucha se ha tornado desigual; sus personajes se vuelven contra él y aprovechando su delirio, planean la rebelión. Le urge un descanso que lo despabile. Trepado sobre la galera del circo atiborrada de niños inquietos y felices y padres con cara de resignación y enfado, lo vemos como una estrella solitaria luchando por no extinguirse. Ha perdido mucho peso, pero sus ojos aún mantienen el brillo sabio y penetrante de sus años de bonanza. Observa cada detalle del payaso sobre la gran pista. No se le escapa nada: el traje de colores semejando el envoltorio de un dulce atado por los extremos, los enormes zapatos de color blanco y negro que lo hacen tropezar de vez en cuando; el maquillaje desparpajado y la voz aguda y estridente con que se dirige al público. Le molesta todo lo que no sea estético, pero hay en él una fascinación ancestral por estos personajes tragicómicos que lo hace olvidar sus obsesiones. En un flashback inconsciente se ve de niño escapando de la mirada represora de su padre y corriendo al circo frente a su casa, en busca de esos personajes que ya desde ese entonces pululaban en su cabeza. Las estruendosas carcajadas de la audiencia lo traen de vuelta a su asiento y sonríe triste ante esas pequeñas jugarretas a que lo tiene acostumbrado el inconsciente. Engulle un puñado de palomitas de maíz para pasar ese bocado existencial y lo empuja sorbiendo un gran trago de su Coca-Cola de dieta. —¡Tac tac! ¡Tac tac tac! ¡Tac tac! Mientras teclea en su máquina de escribir, las lágrimas no paran de correr por su rostro, ahora demacrado por la angustia que le provocó saber el resultado de sus análisis de sangre. Quizá sea esa la razón por la que se resiste a matar a ese personaje que lo ha enamorado. Explora mil caminos para salvarlo, a sabiendas de que no hay escapatoria. El tío Mateo debe morir porque ha faltado a uno de los principales dogmas de la guerra; ha cometido traición y, en ese contexto, solo se reivindica con la muerte. Estalla en su cabeza la ópera Madame Butterfly con el dueto de amor Quest’ obi pomposa, precedida por dos ráfagas de fuego que escapan dolorosas de la pistola de Heraclio, su sobrino y líder guerrillero. El tío Mateo se lleva las manos al pecho y lentamente van bajando al mismo tiempo que las suyas se arrastran sobre el teclado de su máquina Olivetti hasta que caen chicoteando a sus costados. Entierra la quijada entre sus prominentes costillas y se queda ahí, congelado en su silla de madera luego de ese duelo anticipado con su propia muerte.



