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Las emociones en una buena trama

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Tanque olímpico, de Fernando Zabala. Foto de Luis Eduardo Enríquez.

Las emociones en una obra teatral siempre son importantes porque hacen crecer la trama, modificando así definitivamente el estado de ánimo de los personajes.

Lo primero que tenemos que hacer para expresar las emociones en los momentos medulares de nuestra obra es identificar dónde empiezan a tocar fondo los personajes. Tenemos que ser capaces de reconocer en qué momento llegan a una situación límite.

Cuando el personaje entra en crisis, su estado de ánimo no va a ser el mismo y se puede abrir imprevisiblemente a situaciones insospechadas.

Para trasladar las emociones a los personajes, hay que considerar qué factores permiten deducir la presencia de una emoción determinada; por ejemplo, qué gestos provoca, qué expresiones, físicas o verbales, produce y, en fin, a qué decisiones conducen ciertas emociones.

Hay dos niveles en los que tenemos que diferenciar las emociones que se expresan: el interno y el externo.

En el externo es donde podemos darnos cuenta de las emociones del personaje a través de señales físicas: todo lo que indique una acción con el cuerpo y gestos del personaje determinará la emoción por la que transita; de modo que mientras más intensa sea su emotividad, más señales físicas aparecerán en su cuerpo. Las pequeñas conductas son inconscientes y, por lo tanto, muy difíciles de disimular cuando un personaje está enojado, nervioso o angustiado.

Mientras que, internamente, las emociones producen pensamientos y reflexiones que siguen patrones lógicos y racionales. Lo más frecuente es que estos pensamientos conduzcan de un nivel a otro, y de una forma secuencial. Estos pensamientos se expresarán cuando el personaje llega a su punto máximo de quiebre y podemos ver lo que le ocurre internamente.

Aquí es importante tener en cuenta que si no hay una rotura que indique el cambio en sus actitudes, se corre el riesgo de presentar personajes lineales y previsibles. Los estados de ánimo que cambian y crecen en su dramaticidad dan como resultado un buen giro en la trama porque generan expectativas en el espectador y, sobre todo, una tensión dramática en la obra.

Hay que entender que la experiencia del personaje no es otra que la experiencia del espectador. Las emociones se pueden describir, analizar, organizar, pero nada de ello contiene el estado de ánimo de un personaje; por lo tanto, si se pretende que el personaje se encuentre verdaderamente angustiado, tiene que saberse expresar en los dos niveles descritos en los párrafos anteriores.

También es fundamental estar atento a los diversos estímulos que recibe el personaje para transformarse y cambiar de un estado de ánimo a otro. Como en la vida real, si alguien nos ataca, reaccionamos con rapidez. Los estímulos generan pequeñas explosiones y hacen que el personaje salga de la primera capa que traía y que su condición se vuelva mucho más humana e impredecible.

Por otro lado, es importante comprender que el texto no lo es todo en una obra teatral. Los personajes no se expresan únicamente con palabras. Tenemos que pensar a los personajes como sujetos con un lenguaje corporal y una respiración propios que trascienden las palabras y hasta la misma estructura. El lenguaje corporal es visible no sólo en el comportamiento del personaje, sino también en sus acciones y en las decisiones que va tomando a medida que avanza la trama.

El último paso para producir una emoción genuina en un personaje será poner atención en las diversas maneras de transmitirla. Una de ellas puede ser, precisamente, comunicar esa emoción, es decir, cuando el personaje narra un hecho en particular que lo vuelve frágil y vulnerable en todo su ser. Ésta sería la manera más concreta para expresar una emoción determinada.

Pero el autor también puede recurrir a expresar las emociones a través, como dije antes, del comportamiento del personaje. Esta opción no supone una comunicación directa dirigida al espectador, ya que nadie dice clara y explícitamente lo que siente, sino que lo expresamos de distintas maneras. Éste es el método más eficaz, pues permite que el espectador conecte de manera profunda con las emociones sin tener que caer en grandes monólogos. Por lo tanto, el relato estará intervenido por el cuerpo, y éste, a su vez, estará intervenido por el relato.

Por último, tenemos que recordar que, como sucede en la vida real, las emociones se comunican de una forma indirecta. Por ende, es muy importante estar atentos a las distintas señales que el personaje puede mostrar para determinar no sólo el sentido de sus palabras, sino de sus actos.


Fernando Zabala. Docente y dramaturgo.

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