
En la mayoría de las obras, los personajes cambian según las necesidades, los obstáculos o las emociones que van experimentando, cambio que puede suscitarse por situaciones generadas por ellos mismos o por terceros.
Ahora bien, la evolución de los personajes es un reflejo de la vida misma. Por ejemplo, uno no se comporta igual con las personas cercanas a lo largo del tiempo; así, es normal y esperable que los individuos dentro de una historia cambien de manera imprevista, como hacemos nosotros en la vida cotidiana.
Al igual que las personas, también los personajes se ven atravesados por situaciones que los hacen reflexionar y tomar nuevas decisiones, lo cual afecta su personalidad, su forma de pensar, de actuar, y hace que, inevitablemente, crezcan.
Las personas maduran y los personajes también, como resultado de los conflictos y desafíos que enfrentan, van cambiando de estrategias y de alguna manera eso los moviliza emocionalmente. De ahí que el público confíe en que los protagonistas se transformarán en función de los acontecimientos de la historia en la que se encuentran.
Como nosotros, los personajes se ven involucrados en situaciones de vida que alteran su carácter y personalidad; de modo que evidenciar la transformación de quienes figuran en una obra crea personajes más orgánicos, con los que es más fácil identificarse o rechazarlos.
Claro está que puede haber personajes que no presenten cambios significativos y que —pareciera— en cada acto u escena mantienen su personalidad intacta; pero éstos representan la minoría, y al público le fascina ver cómo su personaje preferido ha crecido y se ha enfrentado a cuantos se interpusieron en su camino.
También puede ocurrir que un personaje no sufra alteraciones importantes durante buena parte de la obra porque aún no ha llegado su momento, o aguarda la situación indicada para hacer el clic necesario y encontrar un nuevo horizonte.
Los horizontes de un personaje a veces no se vislumbran a primera vista, pero muchas veces se encuentran a medida que el autor avanza en la trama. Si hay personajes con horizontes variados, podríamos tener una diversidad de comportamientos dislocados y una sucesión de capas que vayan mixturando la historia.
¿Pero qué es el horizonte del personaje? Imaginemos en que tenemos nuestra historia delineada y los protagonistas mantienen un solo conflicto y dos líneas de acción posible. Rápidamente nos daremos cuenta de que sufrirán alguna modificación como resultado, pero que, si el conflicto es el mismo todo el tiempo, los personajes no tendrán grandes transformaciones a nivel emocional.
Lo que siempre pido a mis alumnos de dramaturgia es que observen ese primer horizonte del personaje y traten de divisar si no hay un segundo o tercer horizonte que los haga fugar hacia lugares nuevos que impliquen una transformación compleja en sus actitudes.
Las preguntas que debemos hacernos como dramaturgos son: ¿qué no está diciendo el personaje?, ¿qué oculta en su primer comportamiento?, ¿dónde está ese segundo o tercer horizonte que en el panorama actual no está a la vista? Debemos hacernos estas preguntas para entender que, si no tenemos un cambio importante en la personalidad del protagonista, difícilmente podremos encontrar un crecimiento en la historia y un final que permita una revelación impensada, para sí mismo y para el público.
No es necesario saber exactamente cómo va a terminar la obra ni tener todo definido antes de empezar a escribirla. No obstante, sí es fundamental tener claro de qué forma van a reencarnarse los individuos en mi obra. Si no encontramos el segundo o tercer horizonte donde nuestros personajes ya no hagan pie con tanta facilidad, difícilmente descubriremos su esencia.
La esencia del personaje es un conjunto de elementos que lo hacen más complejo. Más allá de su forma de ser y actuar, detrás de sus acciones y el trasfondo de su vida se pueden observar las motivaciones. Ambos aspectos conjugados nos pueden dar indicios de que, inevitablemente, el personaje tendrá un crecimiento en algún momento de la historia —siempre y cuando, claro está, se revele de un modo u otro aquello que el personaje oculta y aún no ha mostrado.
Por lo tanto, el carácter del personaje debe mutar cuantas veces sea necesario, al igual que sus objetivos y propósitos. Para ello es importante explorar los posibles horizontes que ante sí tiene nuestro personaje y en qué momentos de la obra se irán revelando.
A medida que avanza la historia, al personaje se le presentarán momentos en que debe decidir qué camino seguir. Posiblemente, en alguno de esos senderos el personaje vaya desnudando alguno de esos horizontes. Sea cual fuere su elección, lo importante a destacar no es la decisión en sí, sino el hecho de que el individuo ha pasado por una transición y ya no será el mismo al término de la obra.
Lo fundamental a tener en cuenta es que el autor debe ser capaz de crear un sujeto de ficción con la misma complejidad que tiene un ser humano de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, habilidades y debilidades; que posea cosas en común con el resto de las personas, pero que a su vez sea único e irrepetible.
En resumen, hacer inolvidables a nuestros personajes dependerá de los horizontes que planteemos en la historia.
Fernando Zabala. Docente y dramaturgo.


