Elogio proviene de eulogia, la antigua parienta griega de Eulogio, que en su acepción clásica significa “el que habla bien” o “el que es buen orador” y que, en los tiempos actuales, podría considerarse un vocablo sospechoso o una fake news. En cualquier caso, semejante término resulta disfuncional y exiguo para describir al protagonista de este escrito. Por tal motivo, solo es…

Escrito por: Roberto Viña
A punto de arribar a la “adolescencia” de su prometedora carrera docente, cabría preguntarse si realizar un elogio o reconocimiento a la impronta de Eberto B. García Abreu como jefe de departamento del claustro de Teatrología y Dramaturgia de la Facultad de Arte Teatral de la Universidad de las Artes por más de tres décadas sería oportuno. Cabría preguntarse si en lo que él considera la “bisoñez” de un quehacer constante y laborioso en pos de la docencia; no sin tropiezos ni rabietas como podría esperarse de cualquier mancebo o mozalbete, pero sí exento de espinillas y granos poco favorables a la vista, sería meritorio hacer destaque de un desempeño que, en resumidas cuentas, habla de una vocación indudable por la enseñanza. Semejante salvedad en la etapa primigenia y lozana de su madurez profesional, podría ser contraproducente. Podría zaherir cualquier expectativa futura que se tenga con el aludido. Más o menos, podría ser éste el prurito que tienen los maestros cuando al alabar a cierto discípulo, impera en su conciencia la enconada inquietud de no estar malogrando su futuro. En lo personal, no quisiera malograr el futuro promisorio de Eberto. Tanto así lo estimo, y por ello, me disculpan de antemano los que aprecien en estas palabras un sentido contradictorio de lo que un tributo significa o de lo que se espera en un homenaje.
Si se pretende pensar que esta alabanza pública es un rosario laudatorio de virtudes y méritos del homenajeado, sepa de antemano que no soy la persona indicada para ello; por ende, este quizás no sea el texto adecuado. Si se espera que estas palabras estén recubiertas de sirope u otro edulcorante saturado, sepa desde ya, que no practico en los amigos (y mentores) la diabetes asistida. Tranquilo, Eberto, intentaré no ponerme “fresita” en este panegírico, te lo prometo. Si por alguna casualidad se pretende que este breve exordio sirva para recitar el prontuario biográfico y profesional de García Abreu, sépase desde ya, que en la actualidad no habría tiempo ni papel suficiente para ello. Eso sí, como botón de muestra para tal propósito recomiendo la revisión y lectura de las Estaciones teatrales del susodicho que la editorial Tablas Alarcos recoge en un volumen de casi quinientas páginas y que fuera publicado en 2016. Dicho esto, aclaro también que no es que Eberto García no merezca ese tributo, ese tipo de pleitesía. Pero en mi caso, siendo invitado a realizar esta honrosa tarea, tengo por criterio habitual desconfiar de los elogios. Creo que tras un elogio siempre se esconde de modo artero y escurridizo un simulacro, una doblez, una falsa reverencia. Quizás por lo mismo, les rehúyo de manera continua y tiendo a no tomarlos en serio. Igual sucede cuando los expreso, ya que al hacerlo y si bien son legítimos, persiste luego una desagradable sensación de pleonasmo que me lleva a arrepentirme de haberlos formulado. En tal sentido, los elogios prefiero reservarlos para la intimidad de las despedidas, para los velatorios y entierros donde las lisonjas resultan un elemento de cortesía tan necesario como las plañideras antiguamente. Lejos entonces de ser esto una despedida y menos, un funeral, permítanme la excepción de tal cometido, y hagamos del panegírico una parodia. En mi opinión, un elogio no hará más o menos en el legado de nadie, no servirá para ponderar la verdadera huella que deja el maestro en uno, y que, por lo mismo, está destinado a permanecer de modo ineludible.
Sin vanagloria de ningún tipo porque es sabido que la gloria vana solo engendra ínfulas de narcisismo y, por lo tanto, en la mayoría de los casos suele ser precoz y efímera; creo que García Abreu es un maestro, pero no solo por los varios reconocimientos y diplomas que así lo testimonian. Un doctorado entre ellos. No solo es maestro por los innumerables discípulos que de manera continua y desde predios globales tan equidistantes persisten una y otra vez en denominarlo (y de paso, agasajarlo) con el término, ya bien de modo lisonjero como de manera acertada. Tampoco por las más de cuatro décadas que ha destinado a la enseñanza y a la academia (aunque algunos colegas cercanos advierten que son en verdad “doscientos” años de labor) y dentro de las cuales se aprecia una variada praxis que incluye la de haber liderado el departamento de Teatrología – Dramaturgia por un tiempo más que considerable y con un resultado más que meritorio. Parachoques o cortafuegos que a destiempo algunos consideramos como una bendición ebertiana. Asimismo, deben sumarse aquellas laborales y colaboraciones que, realizadas con empeño y destreza a la sombra, le han sido escamoteadas, negadas, y no reconocidas de manera oficial. Amén de estas cuestiones, considero que es un maestro porque si bien asume tal vocación con orgullo definitivo, soy del criterio que no puede despojarse de tal condición, ni siquiera ejerciendo otros desempeños con los que compagina la docencia. Ya sea en la crítica como en la creación, en el trabajo de gestión y promoción artística, bien en la asesoría como en la organización y curaduría de los “Traspasos Escénicos” (taller y laboratorio de creación internacional que ha liderado por más de diez años), en los cuales persiste casi estoico, el núcleo vital de la experticia de García Abreu orbita alrededor de la enseñanza. En ese acto de entrega y complicidad de conocimientos que en ocasiones no precisa siquiera de un aula, la veta profesoral de Eberto se explaya hasta el paroxismo. Lo he comprobado tanto en un ómnibus mientras viajamos a provincia como en la mesa desprolija de una cafetería. A la salida del teatro lo mismo que en la cocina de mi casa mientras compartimos algún alimento. Pero donde más lo percibo son en nuestras discusiones.
A los maestros como a los padres se les coge tirria, se les tiene roña, se les salda cuentas. Es una condición indisimulada que entre los buenos maestros y los aprendices (excepcionales o no) empieza a manifestarse una tirantez que muchas veces llegará al disenso, arribará con determinación al enojo, puede que incluso, provoque ira; pero luego, el brote iracundo se apacigua con la certeza de que tal discrepancia no cambia absolutamente nada en la alianza y la admiración que ambos profesan. A los maestros como a los padres se les venera y odia por igual, se les admira y envida con la misma intensidad. Pareciera que es una competición, una partida deportiva de egos, un trueque constante de estímulos y aprendizajes. Pareciera que tal debate enardece y desilusiona en varias escalas. No es una relación perversa, pero tampoco es un idílico intercambio de saberes. Hay disparidad, pero no escarnio; hay disenso, pero no al punto de convertirse en decepción. A los maestros, como a los padres se les termina echando en falta cuando no están y se les profesa una enconada apatía cuando están demasiado presentes, demasiado cautelosos y vigilantes. Esa suerte de tensión que no se explicita salvo en el cariño y que no debe degenerarse a la traición, es un saludable acicate para cualquier vínculo interpersonal y creativo que pueda tenerse más allá de las desavenencias. A los maestros, incluso aquellos que no tienen formación pedagógica, que no ofician conscientes el sacerdocio de la enseñanza o no atesoran un diploma que los denomina como tal, incluso a esos maestros que la vida va goteando aquí y allá, cercanos a nuestra educación vitalicia, como a los padres; se les demuestra gratitud demasiado tarde. A veces tan tarde que los hechos no alcanzan para tributar semejante adeudo y los elogios terminan escritos en una página discreta y anexa. Por lo mismo, empeñar la palabra en lisonjas vanas o loas superfluas tampoco es una manera certera de recompensarlos. Y quizás sea ésta la verdadera cuestión: para los maestros y los padres no existe recompensa adecuada porque sencillamente no la esperan, no la ansían, no la añoran; y cualquier reconocimiento que se les otorgue resulta un obsequio innecesario. Al arribo de la adolescencia de tu prometedora carrera docente, estimado Eberto García Abreu, sin derrochar bendiciones que te sobran a destajo, mi palabra y deseo de ventura en esta nueva etapa que comienza, es todo lo que quiero brindarte. Deberá ser más que suficiente si nos atenemos al hecho de que hay palabras certeras que no reciben aplausos y hay vocablos insensatos que son constantemente aplaudidos. Hay anhelos que se marchitan en la espera perpetua (la misma que por Godot), y otros, que por indeseables están prontos a concretarse una vez que son dichos. En estos tiempos de tanta pleitesía temerosa y adulación vomitiva, prefiero la elocuencia del silencio que los vítores exaltados. A los maestros, como a los padres, debería otorgárseles en privado y en público, los honores y las palabras merecidas. Porque hay palabras que estimulan desde la vacuidad y otras que enervan desde la razón. Éstas últimas las prefiero. Tienen en su condición funesta, en su presagio, una urgencia inevitable. Aunque con destino incierto, en esa nave de tu elección en la que embarcas, espero que la travesía (dígase también el viaje, itinerario, rumbo, la ruta…) sea ancha y venturosa, espero que la dicha no te sea esquiva y con buen viento, podamos en otros escenarios más propicios seguir haciendo del teatro una fiesta de encuentros y confronta



