Cultura UNAM, a través de la Dirección de Teatro, la Dirección de Literatura y Fomento a la
Lectura, a través de la Revista Punto de Partida; Comunidad Cultura UNAM y la Revista
Paso de Gato anuncian los textos ganadores del
XXII Concurso de Crítica Teatral
Criticón
Categoría A | Fanáticos del teatro
César Villanueva Esquivel
quien critica al montaje “Algodón de azúcar”
“Por estar en consonancia con las bases de la definición de crítica teatral que están
expresadas en la convocatoria, además de que hace una revisión pertinente y compleja de
la puesta en escena, ya que percibe el entramado del drama en sus símbolos y efectos
escénicos; aunado a ello, este análisis deriva en una reflexión personal que transita entre lo íntimo y lo social como parte fundamental del teatro”.

No es fácil adentrarse en la bruma de los recuerdos. En las sensaciones de la confusión. En las capas de la negación. El silencio preserva los abusos depositados en la memoria, ocultando la confianza que tiene la voz interior para imprimir palabras a las situaciones traumáticas sufridas.
Vislumbrar este proceso es el objetivo de Algodón de Azúcar, obra escrita y dirigida por Gabriela Ochoa que tuvo una exitosa temporada dentro del Foro Sor Juana Inés de la Cruz. La dramaturgia se construye a partir de una serie de juegos tétricos cuya solución recae únicamente en Magenta, su protagonista.
Desde que ingresas al Foro, la imaginación de Félix Arroyo en la escenografía y Ángel Ancona en la iluminación, adentran al público en un ambiente destellante y seductor, pero a la vez extraño e intimidante, de lo que parecieran los restos de una feria abandonada bajo los descuidos del olvido y la oxidación; como si el huracán de la indiferencia hubiera arrasado con su alegría y diversión.
Alejandro Morales interpreta de manera notable, sensible y responsable a Magenta quien, al empezar la función, luce con un semblante agobiado en búsqueda de la casa de sus padres, encontrando en su camino a tres extraños y terroríficos payasos, escenificados de forma macabra e impecable por Romina Coccio, Carolina Garibay y Miguel Romero.
Esos seres le ofrecen a Magenta un reto irreprochable: si quiere descubrir la salida debe aceptar todos los deseos que le puedan imponer. Una vez que acepta, inicia un viaje onírico que transcurre por las etapas más profundas y dolorosas de su memoria para descifrar un misterio materializado en un ente gris y volátil que se escurre libremente por el escenario.
Así, el montaje centra su objeto a partir de su propio nombre: un algodón de azúcar rosa y apetitoso que esa nube misteriosa roba a Magenta, privándolo de la oportunidad de disfrutarlo como el niño que alguna vez fue, para convertirlo en un objeto oscuro, sucio y desechable.
En ese camino, la obra consigue una conexión lúgubre con la audiencia a partir de los atinados diseños sonoros que hacen condesar vívidamente las emociones de Magenta que, como un adulto abrumado, se obliga a enfrentar los traumas arraigados y normalizados de su niñez en una montaña rusa vertiginosa, repleta de altibajos y de emociones vívidas que se mezclan en un alud de frustración, coraje y desesperación.
Como niño violentado, asumo la angustia de Magenta en resolver los juegos sombríos que mis miedos me han trazado pero que, a su vez, han definido mi ser. Aceptar que fui víctima del deseo de ese otro que me sometió a su poder; que no fui cómplice del abuso al haber caído en una trampa que ni siquiera podía llegar a comprender; que no merezco avergonzarme por lo que se me quitó pues no sabía lo que era decir que no.
Al desentrañar la verdad de lo ocurrido, Magenta encuentra el camino para comunicarse con sus padres y poderles contar lo sucedido, rompiendo el silencio que consigue traer luz al ser etéreo que lo constriñó en la oscuridad, apropiándose de los eventos de violencia que marcaron su pasado para reconocerse como la persona que esencialmente es.
La obra no pretende responder qué sigue para curar las heridas del pasado. Su finalidad radica en abrir las preguntas que acompañen al espectador en la travesía de confrontar a su niño interior y así lograr su reconciliación para disfrutar del algodón de azúcar que se le arrebató.

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