Se presenta los fines de semana en la sala CCB Nancy Cárdenas. Jueves y viernes a las 20:00 horas, sábados a las 19:00 h y domingos 18:00 horas

La religiosidad católica conversa de pronto con las formas de la teatralidad mexicana. Principalmente este fenómeno ocurre en dos momentos importantes del año: la Navidad y la Pascua. La primera de estas conmemoraciones encuentra su mejor expresión en el género de las pastorelas, la segunda con la representación callejera de los últimos días de Jesucristo, conocido popularmente como “viacrucis viviente”. Nuestra tradición pastoril se remonta hasta los años del virreinato español, y a lo largo de la historia ha encontrado libertades dramáticas. Ahora es común ver pastorelas clásicas, pero también variaciones de la misma historia en tono clown, cabaret o farsa política. La representación del viacrucis, por el contrario, ha mutado con menos libertades, la mayoría de las representaciones están custodiadas por cofradías religiosas que velan por el respeto a los acontecimientos evangélicos.
El viernes me pasé por la obra Romano, unipersonal escrito y dirigido por Diego Montero, que justamente se emplaza en la representación teatral de la pasión de Cristo. Gregorio «Goyo» Calzada, un carnicero de barrio, acaba brutalmente golpeado por una turba de lugareños tras encarnar a uno de los soldados del séquito romano que escoltan y martirizan a Jesús en la representación anual del viacrucis.
La obra está inspirada en el relato Santo es el señor de Pterocles Arenarius, de donde Diego Montero toma el detonador esencial para su dramaturgia. La historia se regodea en el paisajismo costumbrista. Con detalle se delinean los tipos humanos del barrio, las inercias morales, los vicios y la sociabilidad de los pobladores, todo entonado bajo un «cantadito» de dicción popular que evoca inmediatamente al cine costumbrista de Valentín Trujillo. Sin embargo, no estamos ante una estampa tradicional. La pieza funciona más bien como un ejercicio de lo que el investigador y crítico Armando Partida conceptualizaba como «postcostumbrismo»: una hibridación donde las estructuras e interpelaciones del posdrama y la narraturgia se ensamblan con los tipos, modismos y vicios característicos de la literatura costumbrista mexicana.
La historia se cuenta desde la habitación de un hospital, espacio recurrente para Goyo, un hombre cuya existencia colinda de forma habitual con la desgracia. En ese territorio aséptico, la escenografía resulta armónica y francamente suficiente: apenas un banquito giratorio de aluminio y un par de mamparas delimitan la ficción. No obstante, la narración siembra extrañezas en sus condicionantes históricas y doctrinales; dentro de su universo, los desfiles del ejército mexicano ocurren el 15 de septiembre —y no el 16—, mientras que Saulo de Tarso (San Pablo) figura como uno más entre los personajes secundarios del viacrucis. ¿Licencias poéticas, anacronismos deliberados o simples lapsus de la dramaturgia? El espectador queda con la interrogante de si se trata de un sesgo en la memoria del propio personaje o de una imprecisión del texto.
Encuentro una rima cinematográfica evidente con la cinta El elegido (Servando González, 1977) que también pone como protagonista a un intérprete de la pasión de Cristo. Esta película cuenta la historia del taxista Andrés (Manuel Ojeda), quien es elegido por la mayordomía de Iztapalapa para representar a Cristo en el tradicional viacrucis de Semana Santa. Aunque de principio la película se aleja de la mística religiosa y parece ser un drama de costumbres, como tantos de los años 70, poco a poco la línea dramática de Andrés Martínez se acerca a los episodios crísticos con gran resonancia teológica.
La obra Romano persigue también esos paralelismos místicos. La dirección de Diego Montero prioriza el trabajo físico y vocal del intérprete. No obstante, se percibe una constante ansiedad por «dinamizar» la escena a toda costa, revelando cierto recelo a mantener al actor en quietud o en estados de contención. La premisa clásica de que «menos es más» cede ante una sobre exigencia de desplazamientos e interacciones con la escenografía. Este derroche de movimientos estériles le resta potencia al trazo e impone un desgaste físico innecesario que deja al intérprete jadeando en diversos pasajes del montaje.
El trabajo de Juan Carlos Sáenz destaca de manera sobresaliente. Sáenz se entrega con nobleza y rigor al reto que demanda la narraturgia, instalándose con precisión en el tono exigido por la obra. Desde ese territorio actoral encuentra matices, texturas y variaciones orgánicas para dar vida a la variopinta galería de personajes que cruzan por el relato de Goyo. Es una grata sorpresa constatar la solvencia de Sáenz, cuya entrega e intensidad interpretativa no decaen un solo instante a lo largo de los 70 minutos de función.
En suma, Romano es un ejercicio escénico estimulante que indaga en el choque entre el mito religioso y la violencia del barrio mexicano. Aunque la dirección peca de una hiperactividad física que atosiga el ritmo, la contundente actuación de Juan Carlos Sáenz y el entramado postcostumbrista de su texto logran sostener con firmeza este unipersonal sobre las heridas —físicas y febriles— de nuestra devoción popular.
Romano se presenta los fines de semana en la sala CCB Nancy Cárdenas. Jueves y viernes a las 20:00 h, sábados a las 19:00 h y domingos 18:00 h. La temporada culmina el próximo 27 de septiembre. La entrada general tiene un precio de $80. Los boletos están a la venta en teatroinbal.sistemadeboletos.com



