Se presenta hasta el 3 de mayo, de jueves a domingo a las 19 horas, en el Teatro Julio Castillo, del Centro Cultural del Bosque.

El director de escena, dramaturgo y actor Héctor Mendoza, considerado un pilar del quehacer teatral contemporáneo, partió de El Misántropo de Moliére para escribir Misantropías, obra en la que introduce al público en el proceso creativo y personal de Juan, el alter ego del dramaturgo francés, al momento de escribir El enfermo imaginario.
Llevada a escena por la Compañía Nacional de Teatro como un homenaje al maestro Mendoza (1932-2010), es dirigida por el recientemente homenajeado hombre de teatro Luis de Tavira. Y tuvo su estreno el pasado 5 de marzo. La protagonizan: Luis Rábago, Arturo Beristain, Octavia Popesku, Roldán Ramírez, Marissa Saavedra, Georgina Arriola Martínez y Estefanía Norato. Tendrá funciones hasta el 3 de mayo, de jueves a domingo a las 19 horas, en el Teatro Julio Castillo, del Centro Cultural del Bosque.
pasodegato.com se suma al homenaje que la Compañía Nacional de Teatro rinde a través de la puesta de Misantropías, al maestro Héctor Mendoza, a quien a recordamos con este texto de la querida Alegría Martínez, crítica de teatro y maestra, publicado originalmente en la Revista Paso de Gato, Año 9 Número 45, abril, mayo, junio 2011
La distante cercanía

La existencia de Héctor Mendoza me fue revelada a través de su puesta en escena de Bolero en 1980, sobre el pequeño escenario del teatro Arcos Caracol que mantuvo la UNAM en Avenida Chapultepec. El impacto de voces, imágenes y pulsaciones de esos jóvenes personajes sobre el escenario, se quedó en mí desde entonces.
En esa época apenas pude pensar que había un director, un generador de esa experiencia y en cuál era su nombre. Me quedó claro que alguien debió haber sido el artífice del milagro que creí irrepetible. Un año después, supe que ese director, Héctor Mendoza, era también el maestro de actuación del tercer semestre en la carrera de teatro y que en dos años más, me llegaría el turno de ser su alumna.
Los rumores sobre su exigencia flotaban como niebla densa a la entrada de lo que llamábamos el Teatro Nuevo, donde el maestro Mendoza impartía su clase. El miedo de ser expulsados por un error mínimo o un retardo, obligaba al grupo a estar dentro del teatro-aula media hora antes con la ropa de trabajo puesta.
Los aullidos de colegas que por 10 segundos de retraso no podían entrar a la clase, inundaban durante horas los pasillos de la facultad; equivalían al monstruo sonoro de una tragedia cotidiana. No había una segunda oportunidad.
La puerta se cerraba con la mano de Héctor Mendoza sobre el picaporte, cuando la manecilla larga del reloj se detenía a la mitad del número 12 y la aguja corta señalaba las tres de la tarde. Quien se quedaba fuera, perdía el semestre.
Adentro, la clase iniciaba con órdenes de calentamiento físico, generalmente debíamos caminar para después correr en círculo en una dirección y luego en otra. Los pasos se escuchaban en bloque, a un tiempo.
Después, a ejercitar brazos, muñecas, piernas, pies, tronco, cabeza, hasta que alguien equivocaba la dirección del movimiento y se oía inmensa la voz del maestro: “¿Estás loca? ¿No entendiste? Dedícate a otra cosa. Toma tus cosas y salte”.
Un tímido reclamo en llanto. El rostro joven desvencijado. El brazo extendido del maestro con el dedo índice hacia la puerta. Silencio. Nadie se movía. La joven recogía sus cosas hundida en la derrota. Pasos arrastrados. Portazo.
Seguía la clase.
“De dos en dos, pónganse uno frente a otro”, ordenó el maestro. “Demuéstrense todo el amor que se tienen”, fue la segunda instrucción. Antes de entender cómo poder hacerlo, se arrojó sobre mí un colega hasta tirarme al piso. Su boca abierta sobre mi cara, sus manos encima con un bufido falso y aterrador me paralizaron por completo.
“¡Corte!”, dijo Mendoza, por fortuna a los pocos minutos. Lo que siguió, fue borrado por mi memoria.
La próxima clase fue similar al principio, pero al final de un ejercicio que nos mantenía acostados en el piso, pidió que al sonido de una palmada, todos estuviéramos de pie tras dar una marometa. Mis compañeros lo hicieron, pero mi ortopedista me lo había prohibido desde muy niña. Escuché el sonido del movimiento en conjunto, a un tiempo. Quedé horizontal, inmóvil. “¿Qué estás esperando?”, preguntó el maestro, de pie con el coro de miradas atrás de la suya. Hice el intento. Resultó un movimiento torpe que no cumplió el objetivo. Se hizo un lago de silencio. Me puse en pie y continuó la clase.
Más tarde Mendoza anunciaba que se iba a dirigir la telenovela Toda una vida, con Ofelia Medina. Quedamos huérfanos en manos de otro maestro. Nunca le pregunté por qué no me echó de su clase. Presenciar su montaje de Noches islámicas en 1982, con El Lobo en el papel de odalisca,contribuyó a crearme la adicción a las obras del maestro.
Me le acerqué una tarde que miraba el atardecer sentado en una banca, de espaldas a lo que llamábamos el jardín de los cerezos. No sé de dónde saqué la osadía. Ya merezco tener su teléfono, maestro, le dije. Y empezó una larga entrevista para un libro que se iba a completar con una segunda parte que su muerte dejó pendiente.
A lo largo de los años, la relación con Héctor Mendoza fue de distante cercanía. Contestaba todas las llamadas y cumplía con las citas para entrevistas de diario, revista o encuesta, y especialmente para las que se incluirían en un libro que nos reunió muchas mañanas en el salón de la planta baja de su casa, donde ensayaba e impartía clases a sus alumnos.
En ese espacio dividido en dos, donde había un lado vacío y otro con mesa y sillas, me habló años más tarde de lo que para él significó grabar Toda una vida. Me dijo que en realidad más que televisión lo que hizo entonces fue cine a pesar de haber usado videotape, porque, entre otras cosas, Alex Phillips junior, que era el iluminador, se tardaba lo que quería poniendo las luces.
La forma que encontró como director para ahorrar tiempo, fue ensayar con los actores, que además tenían oportunidad de maquillarse y vestirse mientras quedaba lista la iluminación del set, pero aún así, se invirtió un año de trabajo para lograr 20 capítulos.
Siguió siendo estricto con el tiempo, la puntualidad siempre fue clave para llegar a él y su actitud fluctuaba entre la frialdad inicial y la carcajada, cuando la plática nos conducía hacia temas que no quería abordar y que en ocasiones lo hacía al calor de los recuerdos, hasta que se autodescubría en falta por no haber callado.
Su honestidad era como un cuchillo al criticar, descalificar o sencillamente afirmar que el tema no le interesaba. Me dijo que le tenía sin cuidado lo que se escribiera sobre su teatro, que no lo leía, pero algo sabía cuando se hacía referencia a una crítica determinada.
Siguió siendo mi maestro a partir de esas conversaciones entre pregunta y respuesta, gracias a su autorización para presenciar algunos de sus ensayos, a su permiso para publicar que era terriblemente misógino, como Strindberg, y al mismo tiempo darme un hermoso abrazo y regañarme por la cantidad de “babosadas” que escribí en algún artículo, mientras correspondía sonriente a una cariñosa frase con un: “Yo también te quiero mucho”.



