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Según cuenta la historia

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In memoriam (21 de marzo 1925 – 2 de julio 2022)

Peter Brook. Foto:Sitio oficial de P. Brook.
Explorador de nuevas formas del lenguaje, figura ineludible del teatro moderno en todo el mundo, Peter Brook, autor de El espacio vacío, murió a los 97 años de edad el 2 de julio de 2022. Defensor de la importancia de la imaginación, el cuerpo y la atmósfera para trascender el lenguaje verbal, el director de teatro, cine y ópera de origen londinense, presentó en México su mítica obra The Battelfield, producción basada en El Mahabharata, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en 2017, adaptada por Marie-Hélène Estienne y llevada a escena por la compañía francesa Théâtre des Bouffes du Nord. Hoy en pasodegato.com lo recordamos con este texto, originalmente publicado en en “Abreboca”, Paso de Gato, núm. 0, noviembre de 2001, traducción de Lorena Maza con la colaboración de Ana Terán. 

Dios, viendo cuán terriblemente aburridas estaban todas las criaturas al séptimo día de la creación, hurgó en lo más profundo de su ya de por sí desmesurada imaginación buscando alguna obra misión para la plenitud que acababa de concebir. De pronto, su inspiración sobrepasó sus propios límites infinitos y percibió otro aspecto de la realidad: la posibilidad de imitarse a uno mismo. Y fue así como inventó el teatro.

Convocó a los ángeles y les anunció su hallazgo en los mismos términos que aún perduran en un antiguo documento sánscrito: “El teatro será el campo a través del cual las personas alcancen a comprender los misterios sagrados del universo y, al mismo tiempo —añadió con engañoso desenfado—, servirá de consuelo a los bebedores y a los solitarios”.

Los ángeles se emocionaron tanto que apenas si podían contener las ganas de que la tierra se poblara lo suficiente para poner el proyecto en práctica. Llegado el momento, la gente respondió con igual entusiasmo y rápidamente empezaron a proliferar los grupos que trataban de imitar la realidad de distintas maneras. Sin embargo, los resultados fueron desalentadores. Lo que había surgido como una posibilidad extraordinaria, tan generosa e incluyente, parecía escapárseles de las manos. En particular, los actores, escritores, directores, pintores y músicos no lograban ponerse de acuerdo ni siquiera en asuntos tan triviales como determinar quién de ellos era el más importante, y se pasaban buena parte del tiempo riñendo y, por ende, descuidando su trabajo, que cada vez los satisfacía menos.

Finalmente, un día, al darse cuenta de que por ese camino no conseguirían nada, decidieron comisionar a un ángel para que regresara con Dios a pedir su ayuda. Dios deliberó largo tiempo… Luego, con parsimonia, tomó un pedazo de papel, anotó algo en él, lo puso dentro de una caja y se lo dio al ángel diciendo: “Todo está aquí. Esta es mi primera y última palabra”.

El regreso del ángel a los círculos teatrales constituyó un acontecimiento colosal y los profesionales se reunieron en derredor suyo para abrir la caja. El ángel sacó el papel y lo desdobló. Contenía una única palabra. Algunos la miraban por encima de su hombro mientras él la leía a los demás:

—Interés, esa es su palabra.

—¿Interés?

—Sí.

—¿Es todo?

—¡Sí, eso es todo!

Por toda la sala estallaron exclamaciones de desilusión.

—Pero ¿por quién nos ha tomado?

—Ni que fuéramos niños…

—Como si no supiéramos nada…

En medio de ese ambiente de enojo, la reunión se dispersó y el ángel se alejó bajo una nube; la palabra, aun cuando nadie volvió a hablar de ella, se convirtió en una de las múltiples razones por las que Dios perdió prestigio ante los ojos de sus criaturas.

No obstante, miles de años después un estudiante de sánscrito, muy joven, encontró una alusión a aquel penoso incidente en un antiguo texto. Como el muchacho trabajaba medio tiempo limpiando un teatro, se le ocurrió contarle a la compañía su descubrimiento. En esta ocasión no hubo risas, ni gestos de desdén. Reinó un silencio largo, respetuoso.

Después alguien habló:

—Interés. Interesar. Debo interesar. Debo interesar a otra persona. No puedo interesar a otra persona a menos que yo mismo esté interesado. Lo que necesitamos es un interés común.

Luego otra voz dijo:

—Para compartir un interés común debemos intercambiar elementos de interés, de tal manera que resulte interesante…

—Para los dos.

—Para todos…

—Y el ritmo adecuado.

—¿Ritmo?

—Sí, ritmo, como al hacer el amor: si uno va demasiado rápido y el otro demasiado lento, el interés se pierde.

Entonces comenzaron a argumentar con seriedad y respecto sobre aquel asunto.

¿Qué es interesante?, se preguntaban, o como alguno de ellos dijo: “¿En qué reside lo verdaderamente interesante?”. Y fue entonces cuando apareció la discordia. Para algunos el mensaje divino era claro: “interés” aludía solo a aquellos aspectos de la vida relacionados directamente con las cuestiones esenciales del ser y de llegar a ser, de Dios y las leyes divinas. Para otros “interés” se refería al interés común de todos los hombres por entender con mayor claridad qué cosa era justa e injusta para la humanidad. Para algunos más, el carácter ordinario de la palabra “interés” era una clara señal de la divinidad: no debían perder un solo minuto reflexionando sobre la profundidad y la solemnidad y, en cambio, debía seguir adelante y entretener a la gente.

Fue en este momento cuando el estudiante de sánscrito citó el texto completo, incluidas las razones por las cuales Dios había creado el teatro: “Tiene que ser todas esas cosas al mismo tiempo”, sentenció.

—Y de un modo interesante —añadió alguien más.

Acto seguido, el silencio se hizo profundo.

Al cabo de un rato, pasaron a debatir la cara opuesta de la moneda: la atracción que despierta lo “no interesante” y las extrañas motivaciones, sociales y psicológicas, que impulsan al público en el teatro a aplaudir con vigor cuando en realidad no tienen el menor interés en lo que están viendo.

—Si tan solo pudiéramos comprender verdaderamente esta palabra… —dijo uno.

Si la comprendiéramos mejor —agregó otro en tono sosegado—, podríamos llegar muy lejos.

Marie-Hélène Estienne y Peter Brook. Foto: Pascal Victor.

«No creo en el colonialismo cultural. Como sociedad blanca no tenemos un arte o un teatro superior al de estos lugares, simplemente nuestro discurso es un fragmento de ese arte. En Japón y en África se expresan de otra forma, con una gran claridad y libertad. Incluso podría decir que allí hay actores superiores a los ingleses o franceses. Lo importante es compartir». Peter Brook. 

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