Comparten el impulso de visibilizar la relación entre poder y abuso, entre desigualdad, resistencia y la necesidad de justicia

En Ciudad Juárez, las pastorelas no solo cumplen con el rito decembrino: son un ejercicio de tradición y de comunidad, un asomo al presente y al territorio, una ventana formativa para jóvenes elencos. En el ocaso del año pasado, las compañías con mayor trayectoria en la frontera —1939 Teatro Norte y Telón de Arena— ofrecieron montajes amateurs que dialogaron con el culto católico, la estética popular y las urgencias éticas que cruzan la vida juarense.[1]
Desde hace dos años y medio, en el Centro Cívico S-Mart, un nutrido grupo de jóvenes asiste puntual al llamado de Edeberto Pilo Galindo, dramaturgo miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2023-2025). Como taller, Enmienda 38 Teatro —filial de la compañía 1939 Teatro Norte— se reúne tres veces por semana con el cometido de estrenar un montaje el primer lunes de cada mes. Aunque el ritmo me parece desmesurado, las más de treinta producciones delatan a las actrices y actores cuando pisan el escenario. Seguros de sí, unidos palmo a palmo como agrupación y con una potente proyección vocal, 17 jóvenes hicieron una lectura dramatizada, bajo la dirección de Laura Galindo, de Diablo a la diabla, texto con el que Pilo ganó el certamen nacional de pastorela UANL hace 20 años, en 2006.
La puesta en escena, ocurrida el 16 de diciembre en el foro de la Biblioteca Pública del Parque Central, trasladó a los típicos pastores hacia el trajín minero en el septentrión nacional, subrayando el trasfondo doloroso que dejó la tragedia de Pasta de Conchos, en Coahuila. “Qué ironía, ¿no?”, se pregunta uno de los sobrevivientes. “Estarle sacando a la mina sus metales para terminar quedándonos dentro, ¡sepultados!” El mismo minero ya se había lamentado por exprimir la tierra sin darle algo a cambio: “Cada vez un trozo de nosotros se va quedando allá abajo. ¡Como si nos fuéramos volviendo una piedra también! Un trozo de metal, un reflejo opaco de lo que fuimos…”. La buena nueva se anuncia a los que salieron con vida de la explosión; la carrera hacia el Salvador se convierte aquí en la lucha por que se cumplan las ofertas. “El patrón prometió que mandaría ayuda para rescatar los cuerpos que quedaron atrapados en la mina”. Lucifer bien sabe que el diablo habita en la apatía, por lo que los manda de regreso a sus casas: “Y ahí… en esa tarea cotidiana, de algún modo… nos iremos encontrando”. La lectura dramática a cargo de 1939 Teatro Norte enfatizó el conflicto teológico de un texto que mezcla humor, crítica social y una imaginería celeste‑subterránea en torno a ángeles y demonios que se disputan el alma y la dignidad de los obreros de la tierra.
En el lado oriente del mismo Parque Central, la ciudad goza –desde su inauguración en abril de 2022– de la programación ofrecida por el Centro Cultural Telón de Arena, un amplio galpón administrado en comodato con el Gobierno del Estado. Bajo la dirección de César Cabrera, la compañía presentó una breve temporada, del 14 al 21 de diciembre, de su Pastorela mexicana, una versión poco retocada de la obra de Willebaldo López: ¡Císcalo, císcalo, diablo panzón!, texto ganador del Primer Festival de Pastorelas organizado por el ya extinto Departamento del D.F. en 1968.
La dramaturgia del autor michoacano –irreverente, musical, llena de juegos de palabras y crítica socio‑política– recupera la picardía y el caos festivo que caracterizó a las pastorelas urbanas de mediados del siglo pasado. Piénsese, por ejemplo, en Pastores de la ciudad (1958), de Emilio Carballido y Luisa Josefina Hernández. El montaje de Telón de Arena se sostiene sobre un ritmo semilento, en contrapunto con una comedia física ejecutada por los bandos opuestos: un Satán burgués, Jodías Jodidero (profeta del nuevo testamento) y sus respectivos refuerzos. Las tres parejas de pastores, oscilantes entre la explotación y la rebeldía, se debaten entre la luminiscencia y la oscuridad. La puesta en escena tarda en conectar con el público, primero, por la lejanía de las referencias culturales y, después, por la exigencia del verso en voz y cuerpo de quienes siguen formándose sobre las tablas. Además, el énfasis didáctico de la resolución final invita al escrutinio, a la cavilación –a dudar de leyes, gobiernos, reyes y “viejas instituciones”– dando poco margen a la acción cabal.
Celebro que la experiencia y trayectoria de 1939 Teatro Norte y Telón de Arena sirva de semillero para nuevos talentos. Ambas pastorelas, desde sus diferencias, comparten el impulso de visibilizar la relación entre poder y abuso, entre desigualdad y resistencia, entre la necesidad de justicia y la posibilidad –aunque sea titilante– de una luz.
Epílogo inevitable
El teatro religioso nunca ocurre en el vacío. El clima político rumbo al 2027 se tensa ante acusaciones, cambios de partido, alternancias, alianzas y desbandadas. En ese contexto, las pastorelas juarenses adquieren otra capa de lectura. Ángeles titubeantes, diablos soberbios y pastores atravesados por la ambición o la esperanza parecen hablar no sólo del Belén simbólico, sino de un Chihuahua que exige claridad, justicia y proyectos creíbles.

[1] Ambas compañías han aportado talentos al elenco estable de la Compañía Nacional de Teatro; a inicios de 2023 se incorporaron Estefanía Estrada, actriz de 1939 Teatro Norte, y Mario Vera, de Telón de Arena.




