El teatro, hoy, debería recuperar su papel social, político, reivindicativo, y abandonar la diversión meramente vacua

El dramaturgo francés Armand Gatti dejó escrito que la palabra es el arma de los pobres y la única forma de cambiar el mundo. Me permito recordar sus ideas ante esta sociedad del espectáculo en la que vivimos, donde la ciudadanía ha quedado reducida al papel de figurantes silentes de la gran representación de los horrores de las guerras, la disminución de las libertades y el avance del fanatismo. Es necesario armarnos de palabras, que es tanto como decir de teatro, y ponerlo al servicio de la denuncia de la violencia, de las injusticias, de la opresión y de la desinformación, con la ilusión de colaborar al nacimiento de un mundo nuevo de paz, justicia, libertad y verdad en el que seguimos creyendo. Y ello, no sólo con el teatro documento, dramas o tragedias como mi Bagdad, ciudad del miedo, a cuya lectura dramatizada asistí en Úbeda el pasado día 20, sino también con la comedia, pues ya dejó sentenciado Aristófanes que la comedia también conoce la justicia. Fue por eso que en el año 411 a.C., cuando Atenas perdía la guerra y sufría una verdadera guerra civil, representa su obra Lisístrata, la que disuelve los ejércitos, en la que las mujeres, hartas de muerte y destrucción, sin voz ni voto en los asuntos de la polis, pero víctimas del ardor guerrero de los hombres, deciden tomar la acrópolis y declararse en huelga de cipote. No volverán a practicar sexo hasta que cese la guerra. Al final, triunfará su pacifismo y volverá el placer.
El teatro, hoy, debería recuperar su papel social, político, reivindicativo, y abandonar la diversión meramente vacua. A los enemigos de la libertad, de la justicia y de la razón les molesta hasta la risa crítica. Por eso, se empeñan en que seamos políticamente correctos y en cancelar todo lo pretendidamente molesto. La comedia, el teatro, también conoce la justicia, y los dramaturgos y las dramaturgas tenemos la obligación de disparar nuestra palabra, tanto dentro de los teatros, como fuera: en los colegios e institutos, en las asociaciones de vecinos, en las fábricas, en los muelles, en los centros autogestionados, en las cárceles, en las calles, en los autobuses, en los trenes, en las protestas ciudadanas… Se trata, como intentara el Director de El Público, de Federico García Lorca, de abrir túneles bajo la arena sin que lo note la gente de la ciudad, con la ayuda de muchos obreros y estudiantes. ¡No a las injusticias! ¡No a las guerras! ¡Paz, justicia y libertad para todos los pueblos! ¡Salud y teatro!
*César López Llera es dramaturgo. Premios Lope de Vega y Tirso de Molina, entre otros.



