Se presenta en El Círculo Teatral del hasta el 20 de abril de 2026

Es verdad que nos encontramos en un momento de especial sensibilidad animal. Por lo menos en los ambientes urbanos existe una sobrevaloración de las mascotas de compañía, a tal grado que los perros y gatos son parte esencial de un hogar e incluso se les considera parte de la familia, con seguro médico incluido. En la generación milenarista es evidente que se tiene una relación de adoración animal que muchas veces traspasa las fronteras del humanismo, o que traslada los valores y virtudes humanas hacia «mishis» y «lomitos».
Pero como siempre, el pasado nos recuerda que no hay nada nuevo bajo la luz del sol. El dramaturgo más grande que ha tenido Estados Unidos, Eugene O’Neill, escribió tras la muerte de su dálmata un testamento donde la voz de su mascota se dirigía hacia el dolor de su dueño. Mientras Tennessee Williams reciclaba nuevamente a su dama alcohólica, O’Neill escribió un texto único en su tipo y una rareza en el corpus literario del heredero de Strindberg en Norteamérica.
En esa genealogía de perros parlantes (que quizá inicia con Cervantes y su Coloquio de los perros en 1613) se inserta la nueva obra de Alan Blasco, Los perros que salvaron mi vida; un monólogo canino que atraviesa temas como el abandono, el duelo y la salud.
Rufo es el protagonista de esta historia, un perro mestizo que es adoptado por Aarón, un actor solitario que naufraga constantemente entre las vicisitudes del teatro independiente y las promesas efímeras del cine y los medios audiovisuales. Rufo es quien cuenta la historia en primera persona (o en primer perro) de sus andanzas y también, a través de su mirada, se conoce el alma de los otros personajes que le atraviesan.
La obra se cuenta como una fábula de largo aliento donde todo el universo, antropocéntrico por definición, es tamizado por la mirada de un perro que busca explicarse la realdad que lo devora. A la depresión de su amo, Rufo la llama ingenuamente «el demonio sombra» y hace de un estadio anímico un personaje silente, luciferino y alegórico. ¿Existe un dios de los perros? Bueno, pues Rufo en ciertos momentos también experimenta esa sensación de gratitud con un ser omnipotente a quien reconoce con cierta humildad y temor.
El corpus dramatúrgico de Alan Blasco atraviesa con recurrencia tópicos como la adversidad teatral, el fracaso amoroso, la sexualidad incómoda y la muerte. Estos temas son parte de una poética que cada vez consolida más el universo del dramaturgo veracruzano. Las obsesiones forjan una misma historia que se cuenta en diversas piezas y a través de distintos géneros. El humor negro y su manía macabra son también aderezos constantes en la dramaturgia de Blasco, quizá porque en Veracruz crecemos con la tragedia entre melodías de jarana y harpa.
La dirección de este monólogo canino lleva la firma de Estefanía Norato (también veracruzana) y Abigail Pulido. Ambas directoras sostienen la obra en un tono de balada nostálgica con destellos de humor ácido y crítico. La puesta en escena es minimalista, esencial y suficiente. Si bien la obra inicia con un ritmo ágil y una progresión dinámica, el último tercio tiende hacia la reiteración de recursos emotivos. Se ha priorizado el
impacto emocional en el espectador, sobre la síntesis narrativa y el discurso puntual.
Como actor, Alan Blasco es versátil y temerario. Sostiene por espacio de 90 minutos una corporalidad de base canina que de pronto alterna con gracilidad entre los personajes humanos. Durante la primera parte de la obra, los caracteres humanos son presentados únicamente con voz, para después integrar de a poco, formas corporales que
construyen paulatinamente a la humanidad de los personajes. Estrictamente esta obra no es un unipersonal, pues también cuenta con la participación musical de Ana Tiaré, quien armoniza la historia del entrañable Rufo, interactuando por momentos dentro de la ficción.
AB producciones lleva esta obra de la mano de la fundación El amor de Atenas, un espacio de vinculación para donación, visibilidad y rescate de perros y gatos. Esta joven fundación ya ha hecho posible que más de una veintena de perritos hayan salido de las inclemencias de la calle. Cada función de esta obra es una posibilidad real de ayuda para cambiar destinos. Se invita a seguir las redes de esta fundación
@elamordeatenas01061992 para compartir y apoyar el trabajo que realizan.
Los perros que salvaron mi vida se encuentra en temporada en el Círculo Teatral (Veracruz 107, Condesa, CDMX) todos los lunes a las 20:30 h hasta el 20 de abril. La obra es apta para adolescentes, adultos y perros. De hecho se invita a que el público asista en compañía de sus lomitos. La entrada general tiene un costo de $500 y los boletos están a la venta en Cartelera de teatro, boletópolis o en las taquillas del teatro.



