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«De mis razones para espaciar mis idas al teatro: revelaciones y desencantos»

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Foto/ Alberto Tovalín-INBA.
Carlos Monsiváis. In memoriam. El pasado 19 de junio se cumplieron 15 años del fallecimiento de Carlos Monsiváis, considerado el mayor exponente de la crónica en México, o incluso “el padre de la crónica moderna” en nuestro país. Jaime Chabaud, director de Paso de Gato, tuvo a bien pedirle un texto al autor de Amor perdido, Días de guardar, Escenas de pudor y liviandad y Apocalipstick, entre otros 70 títulos. El artículo que ahora compartimos, originalmente se publicó en  “Dossier: Públicos, ¿a quién le toca llenar la sala?”, Paso de Gato, núm. 5, noviembre-diciembre de 2002, hoy lo recuperamos en pasodegato.com.

Las confesiones desgarradas no suelen interesarle ni a los policías que distraídamente las escuchan en las sesiones de tortura. Invitado por Jaime Chabaud (toda invitación es en el fondo un acto de tortura), confieso por qué me intranquiliza la idea de ir al teatro, no obstante mi interés por el género. Fui teatrófilo y tandófilo y desde hace algunos años me abstengo lo que puedo de esa doble militancia. En el caso del teatro frívolo, las explicaciones sobran. La televisión y sus productos lo liquidaron. En el caso del teatro a secas, se multiplican las razones para asistir y no asistir. Las enumero caóticamente desde mi historia de espectador.

1. Mi debut como inquilino de una butaca coincidió con un momento interesantísimo del teatro mexicano, algo similar a la “Época de Oro”. Se creía en la actuación (María Tereza Montoya, Alfredo Gómez de la Vega, María Douglas y Amparo Villegas como La Celestina, eran nombres que suscitaban escalofríos de dicha); se creía en los dramaturgos (Sergio Magaña y Emilio Carballido eran el relevo profetizado de Rodolfo Usigli); se creía (no demasiado) en los escenógrafos; se creía en el teatro internacional (no solo los clásicos griegos, Shakespeare, Chéjov, O’Neill y Cocteau, sino Arthur Miller, Tennessee Williams, Sartre y Beckett entre muchos otros). No me tocó ver a María Douglas (Blanche Dubois) y Wolf Ruvinskins (Stanley Kowalski) en Un tranvía llamado deseo, pero a cambio vi en La Capilla el estreno de Esperando a Godot y en el Teatro del Caracol (creo) el estreno de A puerta cerrada. Bien a bien no supe qué contemplaba, pero sí que me sentí parte de lo inefable, de la modernización teatral. También atestiguo la ansiedad de los fieles de la Montoya en el minuto previo a uno de sus arrebatos en los que casi literalmente devoraba la escena. Y evoco la reposición de El gesticulador, con Gómez de la Vega en el papel de César Rubio, que le daba sentido épico a la simulación.

Ignoro qué tanto hay de manía adolescente en mis recuerdos y qué tanto de las ganas de creer de la comunidad de teatrófilos. Pero sé que el entusiasmo era real y que, por ejemplo, Los signos del zodíaco le concedía a la vecindad común y corriente las dimensiones que la hacían entrañable y entendible de manera distinta. Y ver a Raúl Dantés o a Ignacio López Tarso en Moctezuma II era una experiencia formidable, Prometeo en Tenochtitlan.

2. Entre los dones de Ciudad Universitaria, destaco con nitidez a Poesía en Voz Alta, el experimento magnífico donde intervienen directores, actores, escritores, pintores y músicos de primer orden. Allí coincidieron Héctor Mendoza, Octavio Paz, Juan José Arreola, José Luis Ibáñez, Juan José Gurrola, Antonio Alatorre, Juan Soriano, Nancy Cárdenas. El intento, o la profecía literaria, se proponía poner el sonido teatral al servicio de obras que, además exigían lirismo visual. Gracias a Poesía en Voz Alta experimenté mi segunda conmoción mitológica.

3. En la memoria se me confunde la emergencia de los directores surgidos de Poesía en Voz Alta, las temporadas de teatro clásico del Seguro Social y la irrupción de Alejandro Jodorowsky. Entonces un espectador disfrutaba de las tres garantías: a) lo que veía le iba a interesar y muy posiblemente a deslumbrar; b) la experimentación no le aburría y la recreación de los clásicos no le narcotizaba, y c) a la salida se podía ir a cenar tranquilamente, situación a fin de cuentas teatral. Recuerdo agradecidísimo algunas puestas en escena de Héctor Mendoza, de José Luis Ibáñez (Las criadas y Los diálogos del amor y un viejo), de Juan Ibáñez (Divinas palabras), y las sesiones en el pequeño foro de la Casa del Lago de La cantante calva, dirigida por Gurrola en adelante.

Jodorowsky y Gurrola son, quizás en esta etapa, las cumbres del teatro como espectáculo. Las sillas, La sonata de los espectros, la muy efímera Ópera del orden y los happenings de Jodorowsky se complementaban armoniosamente con Los demonios y Under the Milk Wood de Gurrola. Hasta donde puedo precisar, los espectadores nos sentíamos afirmados en la modernidad desprendida del género más antiguo. Y eso nos incorporaba a la sensación generalizada: un país se pone al día parcialmente, y actualizar las sensaciones teatrales era un recurso alivianador, si se me permite una expresión tan antigua.

4. El impulso en lo básico venía de las atmósferas de Ciudad Universitaria. Luego del 68 mucho de lo obtenido se diluyó, en especial la mística que le atribuía poderes extraordinarios a la cultura. Aunque ya no tan afanosamente, persistí en mi vocación teatrófila, que en los viajes entreveraba con la admiración por Broadway y el Old Vic (nombres obviamente simbólicos). Luego, el culto por el director como semidiós (o dios) de la escena relegó en demasía la actuación. La capacidad de los intérpretes seguía allí, renovada por nuevas técnicas, pero los reflectores (por así decirlo) los seguían a intervalos y por poco tiempo. Para un admirador de actores y actrices, como es mi caso, el viraje resultó inconvincente. La religión de los directores, como tal, duró muy poco pero me inició en la desconfianza.

La moda de autores, técnicas y tendencias me desconcertó pero me fue muy útil. Las teorías y las obras de Brecht, las teorías didácticas de Augusto Boal, el teatro de la crueldad de Artaud, la mística de Grotowski, me enfrentaron a maravillas y a catedrales del tedio, pero el resultado no fue decepcionante. En mi caso, el inconveniente mayor fue la rendición ante el teatro comercial norteamericano, que dañó el proceso formativo del teatro mexicano. Si My Fair Lady, en la versión de Mano Fábregas, fue la iniciación formidable en el musical, lo que siguió, con puestas en escena muy decorosas y la participación inevitable de Manolo y Silvia Pinal, arrinconó a un teatro solo ocasionalmente capaz de puestas muy costosas (por lo común a cargo del mismo director) de lo no comercial. La clonación de Broadway generó un público a medio camino entre el teatrófilo y el espectador-de-televisión-fuera-de-casa. ¡Ah, ecos de Hello Dolly, Violinista en el tejado, El diluvio que viene, Mame y No, no Nanette, hasta llegar a La Cage aux Folles, El fantasma de la ópera, Full Monty, La bella y la bestia y Chicago! La emoción de ir al teatro se diluye y se pospone y se vuelve casi estrictamente una obligación social. Todavía me estremezco visualizando a Libertad Lamarque en Hello Dolly… Hello Liber, cantaban.

5. Julio Castillo es una gran revelación. De Cementerio de automóviles a Así que pasen cinco años y Los insectos a Los asesinos ciegos, El mundo que soñabas (no estoy seguro del título, es una pastorela de Sergio Magaña), De película y De la calle, las puestas en escena de Castillo fueron memorables, y eso incluye sus homenajes a Lara y José Alfredo en el Teatro Blanquita. Castillo lo tenía todo: imaginación, humor, sentido popular, sentido poético. Y su continuidad lógica, más politizada, más ambiciosa culturalmente, es Jesusa Rodríguez, formadora de un estilo de teatro político, reiterativo pero eficaz.

6. Hay dramaturgos de éxito sostenido (Sabina Berman, Víctor Hugo Rascón Banda, Hugo Hiriart, entre otros), y hay actrices y actores muy capaces (selecciono unos cuantos: Ana Ofelia Murguía, Claudio Obregón, Patricia Reyes Spíndola, los Bichir), que se salvan de la piedra de los sacrificios de las telenovelas. Lo que me cuesta trabajo seguir es la trayectoria de los nuevos directores. he visto y con agrado, puestas de Mauricio Jiménez, Mauricio García Lozano, Claudio Valdés Kuri, Francisco Franco, Martín Acosta y Boris Schoemann entre otros, pero ya no los rodea la atención partidista de otras épocas. En la Ciudad de México la multiplicidad de opciones impide o dificulta enormemente seguir los acontecimientos escénicos y ahora, como en la década de 1960, para acudir a un teatro se depende en gran medida del rumor, del cúmulo de recomendaciones que se convierte en exigencia. A eso le añado la inseguridad (salir del teatro o buscar taxi es una experiencia escénica evitable), las distancias, el tráfico y la pérdida evidente del espíritu de aventura que caracteriza a los menores de 30 años de edad. Con todo, lo que más me inhibe es la posibilidad de salir de mi casa y precipitarme en las fauces del teatro comercial.

Carlos Monsiváis. Escritor, articulista, sus textos se publican en los principales periódicos del país. Autor de Escenas de pudor y liviandad y Nuevo catecismo para indios.

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