Durante la 45 Muestra Nacional de Teatro, en Cancún, Quintana Roo

Texto leído en la clausura de la FeLiT, en la mesa: La escena como territorio: Voces de tres dramaturgas indígenas, moderada por Verónica Maldonado y Ariadna Medina. En ella, participaron: Socorro Loeza, Esmeralda Aragón y Petrona de la Cruz.
Fue escrito como texto introductorio para la revista Tramoya, en el marco del Año de la Mujer Indígena, donde se publicaran los textos de dramaturgas indígenas mexicanas.

Aquí estamos nosotras, las de piel morena y junto a nosotras, nuestros fantasmas.
Aquí estamos las que alguna vez dejamos los quehaceres de la casa para escribir, escribir lo que fuera, como si escribiendo pudiéramos huir de lo que somos, de dónde venimos y cómo nos sostenemos todos los días, escribimos sin pretensiones, sin imaginar nuestros textos en una revista o en un libro de teatro.
Porque dedicarse a escribir es un privilegio: lleva mucho tiempo y no te da de comer.
Estamos aquí, las nombradas “mujeres indígenas”. Las que, desde sus rincones, bordan, escriben, cocinan, dirigen, limpian, actúan, van al mercado, reciben llamadas en una caseta telefónica, las que llenan de barro sus manos, las que siembran la tierra con palabras llenas de vida, de cotidianidad.
Las obras que escribimos están bordadas con naturaleza: tierra, agua, aire y fuego. Algunas páginas huelen a tierra mojada y a café con pan; otras, a tortilla de mano, de maíz nuevo. También están las páginas llenas de vacíos, de ausencias, marcadas por la discriminación y las violencias sistémicas.
Nosotras, no somos mujeres indígenas, solo este año. Lo somos desde antes, desde siempre. Desde que buscaron la forma de nombrarnos porque les parecemos ajenas, desde la que la jerarquización entre humanos buscó el privilegio de unos cuantos. Hasta abajo nos han puesto a nosotras: las prietas, las chaparras, las de cabellos negros y largos, las nacidas en los pueblos, las que mastican el español, porque se niegan a morderse la lengua.
Aquí estamos, llegamos a donde pocas pueden llegar, con una mano sostenemos nuestra dignidad y con la otra tocamos las puertas, a veces se abren, muchas veces no. Socorro, Petrona y yo somos contadoras de historias, de esas que crecen a nuestro alrededor, como la maleza, que brotan de las gritas del cemento.
Nosotras hablamos el mismo lenguaje, el del teatro. Llevamos nuestros sentipensares a las hojas vacías y ahí las depositamos, con fe, para que en algún momento la vida las alcance.
Escribimos como arar la tierra, con mucho sentido común, con academia y sin ella, lo hacemos por necesidad, para que los quehaceres del día no terminen por asfixiarnos. Escribimos por las que no están y no deben borrarse de la historia, escribimos por las que no saben leer las estrellas ni abrazar los árboles, por las
que no conocen los cantos de los pájaros y el cacaraquear de las gallinas, escribimos para dejar nuestros dolores, nuestros sueños y para encontrar la justicia. Escribimos para validar nuestros saberes. Escribimos porque es nuestro derecho y nuestra responsabilidad escribir para los nuestros, para que nadie venga a escribir por nosotras, con mucha teoría y poca práctica.
Nos prohibieron escribir detrás de las puertas de los baños, en la paleta de una butaca, en la banca de una iglesia o del parque, nos dijeron que si algo debíamos aprender a escribir era cartas de amor, del más pinche romántico. Ahora descubro en la escritura de las otras, que queremos escribir de lo que nos es urgente, con rabia y con risas. Aquí están las historias más cercanas a nosotras, a nuestras madres y abuelas. A ellas que no fueron a la escuela, no porque no quisieran, porque les fue negado, porque cuando tocaron la puerta les abrieron; pero, fue tan solo para darles a sostener la vergüenza en la mano que tocaba la puerta. La vergüenza ante la dignidad siempre busca la manera de exiliarte. A ellas le tocó cargar con la vergüenza de ser quienes eran: hablar su lengua a escondidas, reprochar su territorio-cuerpo. A nosotras nos toca florecer entre la mierda, porque estamos aprendiendo a soportar los olores para gritar nuestras luchas. Hay que revisar entre los escombros que deja el temblor, quizás encontremos el huipil que hemos negado para vestirlo con dignidad y orgullo.
Aquí estamos las mujeres fuego, no podemos estar quietas. Aquí estamos las mujeres agua, seguiremos fluyendo. Aquí y allá estamos las mujeres aire. Aquí estamos las mujeres tierra, con nuestras raíces fuertes. Aquí estamos, exigiendo el espacio que nos corresponde para volar con libertad nuestros papalotes, para pedir a nuestras muertas que descansen en paz.



