Columna mensual de Fernando Canek
“…Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya.”
Eugène Ionesco
Platicando con un muy querido amigo, a principios de este año, le externé una inquietud que me atosigaba y que venía arrastrando desde 2023 (la cuál, confieso, me sigue atosigando hasta el día de hoy): llevo casi dos décadas pululando por nuestro tianguis teatral*, trabajando en todas las disciplinas habidas y por haber, todos los “sectores” del gremio y conociendo personas de múltiples ámbitos, ideologías e inclinaciones escénicas. Pero siento que no he construido nada realmente.
Ni siquiera logro que toda esa experiencia se tome en cuenta cuando inicio un nuevo proyecto porque ‘o no nos conocemos unos a otros’ o ‘solo hemos escuchado hablar unos de otros’, pero en contadas ocasiones hemos visto trabajos mutuos. (Ya sea por desdén, sectarismo, desinterés o falta de tiempo al priorizar los proyectos personales.)
Eso te pasa por andar de nómada del teatro, me reviró este amigo.
Pero, no nada más es cosa tuya… yo estoy igual. Todo ahorita es cuestión de a que tribu perteneces. Te falta encontrar tu tribu… o crearla para que sientas que perteneces.

A partir de dicha conversación, he seguido pensando mucho en la crisis de nuestra “industria” (englóbese en ello teatro, cine, televisión, de toda índole y hasta redes sociales) y lo quise analizar desde un punto de vista endémico y gregario. Mi estribillo es que las generaciones de histriones y creadores que nos antecedieron estaban unidas; y si bien esta generalidad resuena como algo contrastantemente real comparado a nuestro tiempo, hay algunas excepciones como la crisis cinematográfica tras la cual fenece la “época del cine de oro”, o la escisión de actores disidentes que formaron el SAI distanciándose de la ANDA, entre varias otras. Pero había una unificación consistente a lo macro. Y el público respondía a ella.
El teatro, el cine, y la televisión habían construido “sinergia”*, donde sus exponentes buscaban resaltar en toda incursión y generar un público ávido y que derivara una identidad colectiva de ello. El teatro nutría de histriones probados a las otras artes, y en consecuencia, estas le daban difusión a esos exponentes destacados (incursionaran en teatro institucional o privado, desde lo más banal hasta lo más culto).
Al final del siglo pasado, por ahí de los años 60 – 70 comenzaron a magnificarse las divisiones, los elitismos/los sectarismos, las nomenclaturas y otras pedanterías de distingos cuasi-nobiliarios. Los medios escindieron esa sinergia; la televisión dijo “yo creo a las estrellas del momento, aunque no tengan méritos más que la estética” y el teatro desdeñó a la televisión como “la caja idiota que no merece consideración alguna”. El cine, enfrentó su propio problema entre la crisis de distribución y los mafiosos (literalmente) que a punta de pistola tomaban las salas y decidían la cartelera; y décadas más tarde, la crisis de contenidos donde solo algunos filmes muy aguerridos lograban posicionarse (y esos mantuvieron por un rato nuestra identidad y la relevancia de nuestro arte que había sido cimentada antes del declive). El teatro, por su parte, dejó de atender las necesidades del público para dar prioridad a la necesidades de sus creativos (en el mundo “institucional”) y las económicas de los productores (en el mundo “comercial”).
De esa decadencia, hasta el año 2000, la brecha siguió magnificándose irremediablemente (aumenten a ello las narrativas y divisiones “socio-políticas”) y el gran público perdió un sentido de pertenencia e identidad. Nos quedamos solo con los religiosamente asiduos de cada arte. (En un irónico paralelismo a la religión institucionalizada que tanto se desdeña en nuestro gremio, el declive de nuestro medio y la asistencia a los recintos sagrados fue decayendo a la par.) Ahora, las nuevas generaciones de exponentes están desconectadas de esa posibilidad (o necesidad) de “sinergia”. Parece un romanticismo, un anhelo guajiro de una época que “ya fue”, pero porque no entendemos cómo se constituyó ese sistema funcional que nos antecediera.
En primera instancia, la prioridad antes era el público, porque los mecanismos de financiamiento gubernamental eran muy limitados y exclusivos. Todos los exponentes debían saber fondearse y por ello se necesitaban unos a otros. Los histriones y creativos que despuntaban financiaban otros medios: algunos producían teatro si su éxito era en los medios audiovisuales, porque sabían que debían cultivar un público dispuesto a pagar una entrada (y los costos no eran privativos). Por otro lado, quienes despuntaban con mucho éxito en temporadas teatrales prolongadas se volvían co-inversionistas/co-productores de sus propios proyectos audiovisuales en búsqueda de posicionamiento y mayor exposición. El manido término de “primer actor” o “primera actriz” no era un término barato de persistencia en esta carrera, era una distinción para quien podía liderar un elenco, llenar una sala (de teatro o cine), y que además abogaba por el gremio a nivel sindical y laboral.
El teatro institucional, por su parte, tenía como manda diseminar las artes, hacerlas gregarias y llevar al público de la mano en poéticas (búsquedas y exploraciones), instrucción de cultura universal (por eso eran tan importantes las puestas de piezas clásicas de manera ortodoxa), y siempre generando un sentido de familiaridad con sus exponentes. Era hermoso constatar eso en el lobby del Helénico viendo a Pepe Gálvez, Pedro Armendáriz Sr., Ofelia Guilmain o Ignacio López Tarso en sus vestuarios de teatro griego y ver en las placas de esas puestas actores y creativos de tutti-frutti. Y ahí el punto más importante: había una visión compartida de estándares de calidad y excelencia (de aquellos tiempos, sí, pero había) que satisfacía las necesidades y las inquietudes del público. (Como siempre, existían excepciones en quienes no cumplía los estándares, pero esos no figuraban en el ámbito profesional; se aceptaba que había amateurs y semiprofesionales; no era necesaria esta absurda hiper-democratización donde todos los procesos son iguales, pero algunos más iguales que otros, parafraseando a Orwell). Parte de nuestra crisis de contenidos ahora es que no compartimos estándares ni objetivos, y cada quien trabaja desde su propia isla/trinchera para satisfacer su ego. Somos profesionales del onanismo, con algunos voyeristas asiduos. O como bien dice Claudia Romero*, cada quien pone su puesto en este mercadito.



