
Hacer teatro es, en su esencia, un acto filosófico. Al subir al escenario, no solo se representa una historia, sino que se interroga el mundo, se problematiza la existencia, se confronta al ser humano consigo mismo. Y en un contexto como el de Estados Unidos, donde apenas el 4% del teatro incluye voces latinas, la pregunta que surge es: ¿por qué insistimos? ¿Por qué seguimos haciendo teatro cuando las probabilidades están en nuestra contra? La respuesta, paradójica, está en la misma naturaleza del teatro: porque es necesario.
En mi experiencia produciendo Death Has Butterfly Wings, una obra sobre el Día de Muertos que explora la relación mexicana con la muerte, he podido observar cómo el teatro no solo refleja la vida, sino que la transgrede. Esta obra, que se estrenó hace tres años en The Old Globe Theater, The Front Arte y Cultura, y otros espacios en San Diego, vuelve a presentarse este año, reafirmando su relevancia en cada función y ahora abriendo paso en Texas. Aquí la muerte no es el final, sino un puente; no es el vacío, sino una presencia constante, como en nuestro México, como en USA, como en todas partes. El teatro, al igual que la filosofía, es una invitación a pensar lo impensable, a habitar lo inefable. Es esa tensión entre lo visible y lo invisible lo que lo hace tan esencial, pues parafraseando: la muerte pone en cuestión nuestra libertad y la de los demás, porque es el límite último que revela lo que somos. El teatro nos permite confrontar esta paradoja de forma colectiva, como seres en constante transformación.
El teatro, como la filosofía, no ofrece respuestas claras. De hecho, se podría argumentar que lo que hace es lo contrario: abre más preguntas. Al representar Death Has Butterfly Wings, no estoy solo montando una obra sobre una tradición mexicana; estoy poniendo en escena una visión del mundo donde la muerte no es un tabú, sino una celebración. ¿Qué significa eso para una sociedad como la estadounidense, donde la muerte es algo que se teme y se esconde? Al final, el teatro revela las inconsistencias del pensamiento, pone en crisis nuestras certezas. Y es en esa crisis donde ocurre la verdadera transformación.
La filósofa francesa Luce Irigaray, propone que el lenguaje tiene el poder de construir mundos y,el teatro lo materializa y, nos recuerda, desde esa perspectiva, que es una herramienta para transgredir esas imposiciones del lenguaje. En cada función, el público se enfrenta a su propia mortalidad, no desde el miedo, sino desde la celebración. El teatro nos devuelve a lo más humano: nuestra fragilidad, nuestra temporalidad, nuestra capacidad de inventar mundos para tratar de hacer sentido del nuestro.
El filósofo argentino Darío Sztajnszrajber siempre ha insistido en que la filosofía no es un ejercicio teórico, sino una práctica de vida. Y el teatro, desde esa perspectiva, es la manifestación perfecta de esa idea. Hacer teatro, entonces, no es solo una cuestión artística; es un acto filosófico-político. Es afirmar que, en un mundo donde las voces latinas son sistemáticamente silenciadas, seguimos hablando. Es, como en Death Has Butterfly Wings, recordar que la muerte no es un fin, sino un retorno, una transformación. En ese sentido, el teatro es esencial porque nos permite vivir otras vidas, pensar otros mundos y, sobre todo, cuestionar las lógicas del poder y del ser.



