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Aquí urge el teatro: una conversación con Luis de Tavira

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Luis de Tavira (1948) es uno de los grandes maestros del teatro mexicano y del mundo. Teórico, dramaturgo, actor, director, pedagogo, gestor, impulsor de mil proyectos, y ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2006. Recientemente fue galardonado con el Premio a Mejor Actor 2024 por la página de espectáculos Cartelera de Teatro por su interpretación en El Padre del dramaturgo francés Florian Zeller y el martes 14 de mayo recibió la Medalla José Vasconcelos 2024 que otorga el Seminario de Cultura Mexicana.

En semanas recientes realicé esta entrevista para el programa radiofónico Tercera Llamada que Mulato Teatro coproduce con Universal Sónica del Estado de Morelos. Aquí transcribimos lo esencial.

Jaime Chabaud: Tavira, bienvenido. A boca de jarro… ¿Cuántos montajes tienes?

Luis de Tavira: Uy… Yo empecé a dirigir en 1972. Perdí la cuenta cuando pasé los 120 montajes. Deben de ser entre 130 o 140. Yo he pasado mi vida gozando el privilegio de ser el primer espectador de los intentos de creación de las actrices y los actores. Por lo tanto, yo no me considero (no es falsa modestia), actor. Me considero, ante todo, director de escena, director de actores, cómplice del trabajo actoral, en ocasiones, incluso dramaturgo. A su vez, el ejercicio de la pedagogía ha sido fundamental para mí.

Jaime Chabaud: Es que han pasado por tus aulas, no cientos, miles de estudiantes que se han formado como actores, primordialmente, pero también como directores.

Luis de Tavira: Así es, ese ha sido un trabajo enormemente basto y agradecible Es un regalo que me ha proporcionado la condición de pedagogo teatral, tanto en el campo concreto de la actuación, como en el de la teatrología, de la teorización y de la reflexión sobre el teatro, el arte y la cultura en general. De igual forma, la gestión como confabulación para crear instancias teatrales ha sido muy importante en mi vida.

Jaime Chabaud: Fuiste director del Centro Universitario de Teatro (CUT); luego fundaste el Centro de Experimentación Teatral (CET) en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura; después, con Julio Castillo, el maestro Mendoza, José Caballero, Raúl Quintanilla y Blanca Peña fundaron el Núcleo de Estudios Teatrales (NET); posteriormente, la Casa del Teatro; seguida por la Casa del Teatro San Cayetano; más tarde el Centro Dramático de Michoacán (CEDRAM); y finalmente, re fundaste la Compañía Nacional de Teatro, ni más, ni menos. La vida te ha llevado por la gestión e incluso a ser funcionario público; lo cual, a veces, implica no pocos dolores de cabeza: burocracia, presupuestos, etc.

Luis de Tavira: Bueno, en eso último he intentado dar una batalla que nos es común a todos: que el teatro sea entre nosotros, entregarse incansablemente a la causa del teatro con entusiasmo, gratitud, vocación de servicio, pero además con el disfrute inmenso de la creación colectiva que es la ocasión del teatro.

Jaime Chabaud: Nos sorprendió y cimbró tu regreso a las tablas. ¿En qué momento te volvió a picar el gusanito de subirte a la escena?

Luis de Tavira: Porque me invitan. No es que yo me haya propuesto a hacer el personaje de Freud en ese importantísimo montaje de José Caballero. Se le ocurrió a él y yo me atreví a decir que sí y ha sido una aventura maravillosa.

Jaime Chabaud: Luego te incitó Sandra Félix para hacer un Becket, La última cinta de Krapp; luego el montaje de la obra La Fundamentalista de Juha Jokela, dirigida por Aurora Cano. Ya van varios personajes que encarnas. Y ahora El Padre con la que te ganas Premio a Mejor Actor…

Luis de Tavira: Sí, pero aunque yo no me he sostenido en el ejercicio actoral, eso no quiere decir que haya dejado de actuar durante mucho tiempo. He tenido el privilegio de actuar con colegas muy importantes; empezando porque mi formación en el teatro comenzó desde la actuación con Héctor Mendoza. Fue con él con quien hice el discernimiento de seguir como actor o aventurarme a la dirección de escena. Luego, mi gran amigo, colega entrañable, Julio Castillo me invitó a una locura que era El Príncipe de Hamburgo, donde también me atreví a actuar, fue una aventura muy interesante; después con Ludwik Margules en el montaje de La vida de las marionetas. Entonces ahí han estado esos momentos de actuación que me parecen importantísimos, sobre todo para quien se dedica a tratar de dilucidar el enigma del quehacer de las actrices y los actores, en tanto arte.

Jaime Chabaud: ¿De qué manera te confrontó, tu regreso a las tablas, respecto a tu conocimiento sobre el actor?

Luis de Tavira: Estoy convencido de que es importantísimo que todo director de actores y que todo pedagogo de la actuación debe pasar por la experiencia de ponerse en ese lado y ver las cosas desde la perspectiva de la actriz, del actor, porque es muy distinta. Yo diría que radicalmente distinta a la del director o del escenógrafo o del dramaturgo. No es fácil hacerlo, pero sí me ha ayudado muchísimo porque he comprendido cosas que en la intuición no se entienden si no estás ahí. Ahora entiendo otras perspectivas importantísimas de los grandes pedagogos de la actuación, empezando por Stanislavski quien fue ante todo un actor que no estaba contento con lo que estaban haciendo los actores de su época y que se deslumbró, de pronto, con lo que hacía una insólita actriz, Eleonora Duse. Por ello se atrevió a preguntarse: “¿Qué hace esta actriz? ¿Qué hace que no hacen los demás?” Y al intentar discernirlo, crea un sistema que sigue siendo luminoso para todos. Entre ellos para Lee Strasberg, quien crea una metodología importante desde su ejercicio actoral.

Jaime Chabaud: ¿Cómo llegaste al teatro que, si no recuerdo mal fue a la Facultad de Filosofía y Letras?

Luis de Tavira: Yo llegué a la UNAM enviado por mis maestros jesuitas, pero no tenía la intención en ser gente de teatro. Yo no pensaba dedicarme al teatro, para nada. Fue estudiando en la Compañía de Jesús, en la etapa de las letras clásicas, que me encontré con un prodigioso maestro de griego que nos lo enseñaba a partir del disfrute de escuchar, de leer y sobre todo de entender el griego original de Sófocles. Ahí fue donde yo, como diría Antonin Artaud, me contaminé de esta enfermedad que es el entusiasmo teatral. Entonces me mandaron a estudiar a la Universidad Nacional Autónoma de México. Eran tiempos de cambio en el mundo, esa década prodigiosa de los 60, de manera que fue todo un bautismo de realidad. Ahí conocí a Héctor Mendoza y yo recuerdo que me disculpaba con él y le decía: “Bueno, es que yo no voy a ser actor. Es que me mandaron como estudiante, pero yo no me voy a dedicar a esto”. Y Mendoza, muy claro, me dijo: “Pues si no te aventuras en el ejercicio de la actuación, no vas a entender absolutamente nada de lo que es el teatro”.

Jaime Chabaud: Además Mendoza fue uno de los innovadores del teatro mexicano de la década de los 60. ¿Cómo fue esa revolución? ¿En qué momento te decantas por la dirección y la pedagogía?

Luis de Tavira: Tengo ahora una convicción que probablemente no tenía en mis inicios, pero después de tantos años de testimoniar y presenciar tantas trayectorias, me queda el convencimiento de que uno no elige el teatro, uno cree que lo hace, pero no es así. En realidad, el teatro te elige a ti. Ese veneno de pronto prende porque hay, desde mi manera de formularlo, un algo, un llamado que te invita; lo que los pedagogos llaman: vocación. El teatro te llama. Ahora, ¿qué es el teatro? Es un universo inmenso y complejo de posibilidades. Entonces no solamente te llama el teatro, sino que te coloca en tu lugar porque hay muchas posibilidades. Uno no es director porque no pueda ser actor, o no es dramaturgo porque no pueda ser director. El teatro te coloca en tu lugar y es importante que uno reconozca cuál es, porque ahí es donde puedes encontrar esa quimera (que no por indefinible deje de ser más contundente), que llamamos la felicidad, la cual es con los demás, no hay felicidad solitaria. De igual forma, el teatro es un gran privilegio porque es un arte comunitario, una confabulación donde intervienen los talentos, esfuerzos, visiones de otros. Yo empecé como Jesuita que llegaba con una cierta resistencia a actuar, pero finalmente gracias al reto, descubrí eso que sucede cuando te pones ahí, en esa dimensión, esa patria, esa tierra prometida que llamamos ficción. Ahí empecé a entender la razón de por qué el teatro es imprescindible para la humanidad. Llego al teatro en esos años en los cuales se decía que el teatro iba a desaparecer por la irrupción del cine, la radio, la televisión, fenómenos de comunicación y de espectáculo que  lo fueron desplazando del lugar central que tenía en la sociedad. Por eso se pensaba que era un arte primitivo llamado a desaparecer. Sin embargo, no hay que olvidar que para entender al teatro, siempre hay que plantearlo en su relación con la sociedad. El mundo, la sociedad cambió vertiginosamente en el siglo XX por la eclosión de los proyectos de la modernidad que han llegado hasta este momento en el que tú y yo estamos ahora platicando, invitando a reflexionar de esas cosas. Estamos viviendo una crisis civilizatoria que está planteándonos un cambio de época, un cambio de mentalidad donde lo que está en cuestión es la supervivencia de lo humano. En aquel entonces se discutía la supervivencia del teatro. Ahora es el momento en el que va a cambiar para siempre la relación, de modo irreversible, entre teatro y sociedad. Esto nos lleva a al cuestionamiento de hoy: ¿cuál es el lugar del teatro en la sociedad? Esos momentos de cuestionamiento y de desahucio son los que dan lugar a la eclosión de los grandes experimentos que transforman al teatro para siempre.

Jaime Chabaud: Ese primer cambio que te tocó es también el momento en el cual el dominio del textocentrismo se desplaza hacia el escenocentrismo.

Luis de Tavira: El teatro se concebía, teatrológicamente hablando, y no porque no lo sea, como un género literario: el dramático. Épico, lírico y dramático, por lo tanto el teatro es literatura, con lo cual viene la prevalencia del texto sobre lo demás, que crea un ejercicio escénico que es ilustrador del prodigioso texto. También veníamos de esa crisis que supuso el agnosticismo post Kantiano y la recuperación del Absoluto que plantea Hegel con la idea de la historia como el nuevo absoluto; y el teatro no tiene historia, no es historiografiable. El teatro está en el cuerpo, es efímero, es como la vida. En cambio, lo histórico es lo que queda plasmado en un documento, lo que sobrevive a la vida de los creadores. Por lo tanto la historia se escribe con los documentos, con los fósiles, con los restos o con las tradiciones. En el teatro nunca sabremos cómo fue el ejercicio en el esplendor de Epidauro o cómo se actuó Edipo o Antígona. Por lo cual ahí hay una ausencia de la posibilidad de historiografíar el teatro como lo entendemos hoy. Lo que queda historiografiable es la dramaturgia literaria. Entonces, si tú tomas, todavía hoy, cualquier historia del teatro, en realidad no es una historia del teatro, es una historia de la dramaturgia escrita a partir de los textos que quedan y esta era la visión en ese momento en que comencé a estudiar y la ruptura que vino con nuestros maestros y mi generación. Entonces la vida espectacular y de la articulación de la reunión social empezó a ser urupada, de alguna manera, por el cine que sigue siendo un hijo, digo yo, bastardo del teatro, que todavía aspira a ser un arte dramático y lo seguirá siendo mientras proponga la dimensión ficticia y requiera de dramaturgos-guionistas y de actores y personificadores. Ya no digamos la televisión. Estas dos cosas que menciono obedecen al modo de producción industrial. El cine es una industria, la televisión es una industria pavorosa. Todo eso pertenece a la era de la superproducción industrial, fundamentalmente, de basura, de desechos. La sociedad se convierte en consumidora de este mercado de desechos. En cambio, el teatro no puede obedecer al modo de producción industrial, el teatro es arte, el teatro es artesanal.

Jaime Chabaud: Es tejido a mano.

Luis de Tavira: Es irrepetible y deja una huella profundísima, más profunda que cualquier otra forma de participación.

Jaime Chabaud: Había una polémica en redes sociales sobre si el teatro realmente cambia el mundo. Yo digo que si es teatro, por supuesto. 

Luis de Tavira: Es una discusión ociosa, cómo se plantea uno si el teatro cambia al mundo si ya sabemos que lo cambió. Eso está demostrado históricamente. La democracia es una idea que surge en Esquilo, él propone la democracia frente al ciclo del tártaro, frente al ciclo de la venganza. Es en La Orestiada donde el poeta trágico formula la posibilidad del consenso y de la democracia. La democracia es un fruto del teatro. ¿Cómo venir ahora a discutir si el mundo en el que vivimos es un fruto de la experiencia del teatro? ¿Si el teatro cambia o no la realidad? Es una pregunta necia, verdaderamente. En este mundo de guerras que estamos viviendo, rehén del crimen organizado, la amenaza de desaparición de la persona, el abandono de la formación de los niños y jóvenes, la catástrofe climática; por todo ello, ahí, urge el teatro. El teatro es el arte que nos reúne en el aquí y ahora de la presencia, nos convierte en integrantes de una reunión para descubrir lo que tenemos en común, nos convierte en espectadores de lo que nos pasa. Es el arte que detona y construye la conciencia de solidaridad. Algunos sabemos de esta necesidad urgente que tiene el mundo de teatro. Pero no todos la tienen, ni siquiera todos los que nos dedicamos a él.  No por eso deja de ser una necesidad urgente y decisiva.

Fotografía: Cortesía Producción “El Padre”

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