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Los cinco puntos de Otro Rollo, o Sobre cómo aprendimos a amar en los 90s

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Mi corazón es una blanda furia es un monólogo teatral-televisivo extraño. Foto: Laura Margarita.

La televisión, por encima de todo, trata sobre el deseo, escribió David Foster Wallace. Aunque Wallace nació en 1962 -dato que lo convierte por denominación de origen en un boomer-, su evaluación nos resuena a todos los nacidos antes del nuevo milenio: aquellos que encontramos en la televisión la fuente primaria de nuestra educación sentimental. Es decir, a quienes la televisión nos enseñó a comer, a reír, a ser inteligentes, a cortarnos el pelo, a lavarnos los dientes, y quizás por encima de todas las cosas, a amar o algo parecido. 

Mi corazón es una blanda furia -escrita por José Emilio Hernández, dirigida por Laura Margarita, iluminada por Fernanda García y protagonizada por Héctor Sandoval- es una obra que echa una nueva mirada, hilarante y a la vez siniestra, al fenómeno del amor obsesivo en el universo de la cultura de masas. La trama es sencilla y provocadora: un hombre -oficinista explotado, posible escritor, psicótico funcional, fumador adicto y pambolero de los noventas- siente un amor enfermo por otro hombre, Adalberto Javier Ramones, mejor conocido como Adal Ramones, el famoso conductor de aquel divertidísimo excremento cultural conocido como Otro Rollo

Con este punto de partida -improbable, aunque no inverosímil-, el montaje nos conduce a través de los desencuentros del amante. Aventura absurda y decadente que funge, al mismo tiempo, como parábola social y sátira política, y en la que el amor (o la obsesión) construye un verdadero viaje del héroe: incursiones ilegales a la casa de Adal Ramones, abusos y grotescos desencuentros con un jefe abusivo, infiernos hilarantes de la oficina, enfrentamientos con una patrona clasista, canciones de Álex Lora y el robo de identidad de una empleada doméstica. El resultado es un monólogo teatral-televisivo extrañísimo, único en su contexto, cómico e inquietante, que muestra el perfil más grotesco de nuestro pasado televisivo, y el más decadente de nuestro presente afectivo. 

La dirección de Laura Margarita -muy pulcra, contundente a fuerza de sobriedad, y sobre todo orgánica y consistente en un tono que supone enormes complejidades- transita este universo de farsa y feísmo pop de la mano de una extraordinaria interpretación de Héctor Sandoval, cuya altísima energía es templada con mucha técnica y un timing cómico puntual y medido; no sólo trabaja para lograr los ánimos esperpénticos e hilarantes de la comedia física, sino también hacia momentos de singular delicadeza, las manifestaciones sutiles de amor imposible, las represiones avergonzadas, las sonrisas agrietadas para surcar los abusos y las derrotas. 

Este binomio entre dirección y actuación -sumado a la perfecta iluminación de Fernanda García, cuyos tonos helados y hostiles nos conducen lo mismo a la tele que a la cárcel- logra un equilibrio tremendamente difícil: mantener una comedia a nivel de piso sin caer en la mera vulgaridad; extraer del feísmo los afectos más directos; hacer trabajar el lugar común para contar una historia concreta, la de un personaje grotesco e inmoral que, a din de cuentas, resulta entrañable. Todo esto templado con un humor que salta entre la ironía, el esperpento, la incorrección política y el absurdo; un humor cuyo objetivo fundamental -con algunas excepciones- no es el mero escándalo, sino lo que ese mismo escándalo supone: la puesta en extremo de nuestras convenciones, límites y deseos para mostrar lo que hay en ellos de ridículo, patético o violento.

Delirio interior o pesadilla social, Mi corazón es una blanda furia es atractiva por inclasificable. Pues además de una parodia sobre la cultura televisiva, además de una farsa dramática sobre el amor, y de una investigación poética sobre el lenguaje, es también una oda fúnebre sobre aquello que fuimos como generación: los echados a perder, los hijos de los boomers que reímos y lloramos con Televisa, que transitamos la Guerra contra el Narco al ritmo de Sabadazo y la Copa América, y que fuimos a parar al infierno de las oficinas, de los jefes abusivos y la precariedad laboral. Aquellos que pasamos nuestros mejores años en la soledad atroz de los domingos iluminados por la luz blanca de la tele eternamente encendida, al son de las risas enlatadas, con los Adal Ramones que alguna vez significaron la vanguardia de un neoliberalismo chispeante, y que ahora son monumentos a la decadencia. 

La televisión, por encima de todo, trata sobre el deseo, escribió David Foster Wallace. También sobre los deseos imposibles. También sobre los perdidos. 

Mi corazón es una blanda furia

del 2 de septiembre al 7 de octubre de 2024

Lunes, 8:00 PM

Tetaro La Capilla, Madrid 13, Del Carmen, Coyoacán.

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