
Conocí a Martín Goicoechea, en el año 2018, siendo ambos jurados de un Festival Regional de Teatro, en la Provincia de Buenos Aires. Argentina. Su espíritu creativo, propositivo, hiperactivo y crítico hizo que nos lleváramos muy bien, quizás, por ese fenómeno de hacer comunidad con aquellos con quienes nos sentimos en una misma frecuencia. Nos quedan pendientes muchos proyectos, pero por el momento iniciamos con esta conversación sobre su trabajo y su pensamiento.
¿Cuál es tu ámbito de desempeño profesional en artes escénicas?
No lo sé.
Solo tengo en claro la pulsión desenfrenada por no quedarme quieto.
Como si nada alcanzara.
Por eso, con los años, el ámbito se ha ido expandiendo. Probablemente porque la edad acompaña. U obliga.
Al comienzo, la dirección y la dramaturgia. El espacio de ensayo era mi lugar. Una voluntad de búsqueda estética. De definición personal. Entender cuáles eran los propios fantasmas con los que habría de trabajar. De qué hablo cuando hablo yo. Y cómo. Me importa mucho el cómo.
Con el tiempo, aparece la necesidad de construir espacios para que la búsqueda encuentre territorios. De intercambio, de visibilización. Primero para mí, luego para otros.
Tal como después de la actuación apareció la dirección, la gestión nace de esa necesidad de no quedarme en un solo rol.
Ser insoportable.
Ahora podría decir que soy gestor, director y dramaturgo. La actuación mira desde lejos y se sabe abandonada.
Tengo varias actividades en el cotidiano. Un acercamiento a lo Girondo y sus cocktails.
Me obligo a tener una mirada amplia sobre la gestión. Pelearme con el medio artístico porque entiendo ciertos espacios como negocios que permiten la continuidad financiera de los proyectos y pelearme con el negocio por su abordaje tradicional y poco creativo.
Ser insoportable.
Quizás era más fácil responder dramaturgo, director y gestor.
Lo siento.
¿Cómo y cuándo iniciaste a trabajar con otros países, y haciendo qué?
En un auto estacionado hay dos personas sentadas. El conductor revolea una empanada en la mano. Lo angustia la pobreza. “Tres empanadas”, dice. Pero se la come. Sin contradicción.
La noche anterior a mi encuentro con quien después sería mi amigo y mentor, volví a ver Esperando la carroza, la película en la que ocurre esa escena.
Ese encuentro se dio en una clase que yo daba en una universidad privada que estaba más preocupada por quedarse con los derechos de lo que los docentes generábamos que por cualquier otra cosa. No tenían la contradicción de la que hablaba párrafos antes…
Fernando había sido enviado por la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica en una avanzada en busca de un “maestro argentino”.
Difícil tarea. Ya que en estas tierras parece haber muchos.
Más allá de lo que ellos digan, yo sé que no lo soy.
Fernando se acerca a mi clase. Almorzamos empanadas.
Y estoy convencido de que mi saber nada tuvo que ver.
Como en una película argentina, y aun sin auto, entre bocado y soplada de empanada, me invita a dar el primer taller sobre Dramaturgia Escénica en el marco de “Encuentros con Maestros Argentinos”.
Sigo convencido de que los participantes aún esperan a ese maestro. Pero la amorosidad tica me atrapó y me abrió el camino. Y así vinieron cientos de proyectos, amistades y sociedades que aún se mantienen.
Nuestra mirada sobre la dramaturgia escénica era una novedad hace quince años. Ahora solo vivimos de esos ahorros.
Luego vinieron Guatemala, España, Brasil, México.
Y talleres, montajes, residencias, gestión.
¿En este momento cuál es tu vínculo con Costa Rica y qué proyectos estas llevando adelante?
En línea con la lógica antes planteada, el tiempo me permitió insertarme de alguna manera en el medio cultural tico. En un principio como docente, luego como director y ahora, todo eso se ha hecho un arroz con mango, como dirían allá.
Todo está mezclado.
Junto a Jose Luis Solis Herrera, hemos construido el Consorcio Embrujarte.
Esto nace de una necesidad bastante sencilla. O quizás no tanto. La de generar espacios para que los proyectos artísticos puedan existir, encontrarse con otros y continuar su camino. Los ticos, los argenticos y los otros.
Con los años fuimos construyendo distintas plataformas. Cada una responde a una necesidad diferente. Aunque todas parten de una misma convicción: la creación no termina en el estreno. A veces, ni siquiera empieza ahí.
El Festival Internacional Embrujarte, en Escazú, Costa Rica, lleva catorce ediciones. Es nuestro espacio de encuentro con la comunidad. Durante varios días, las artes escénicas ocupan teatros, escuelas, espacios públicos. Conviven propuestas comunitarias, independientes e internacionales. Hay funciones, talleres, conversaciones y artistas que llegan desde distintos países para compartir algo más que una obra. Nos interesa lo que sucede entre las funciones.
A veces, incluso más que las funciones…
El Congreso de Actores y Gestores Culturales nace de otra preocupación. La circulación. Cómo hacer para que las obras no terminen su vida en el lugar donde fueron creadas. Cómo construir vínculos entre artistas, productores, programadores y gestores. Pensar la creación también desde su sostenibilidad. Es un espacio de intercambio, formación, reflexión y generación de proyectos. Intentamos que los encuentros no terminen con el intercambio de tarjetas. Que algo suceda después.
Como la vida es una, el mar y la montaña nos miran y nos invitan.
La residencia de Puriscal, nuestra casita en la montañade Costa Rica, es una de nuestras nuevas apuestas. Un espacio de investigación y creación que parte de una idea: el procedimiento antes que el tema. Durante cinco días, artistas de distintas procedencias comparten procesos de búsqueda sin la obligación de llegar a una obra terminada. Recuperar el ensayo como territorio de incertidumbre. Un lugar donde todavía no sabemos qué estamos haciendo. Y eso está bien.
Finalmente, la producción propia. Porque también necesitamos volver a ese lugar donde comenzó todo. El ensayo. La dramaturgia. La dirección. Producimos espectáculos originales, muchas veces a partir del encuentro entre artistas argentinos y costarricenses. Obras que nacen del intercambio de procedimientos, miradas y maneras de entender la escena. Y que después intentamos hacer circular por otros territorios.
Quizás las cuatro plataformas sean distintas maneras de hacernos las mismas preguntas. Cómo crear. Con quiénes. Para quiénes. Y qué hacer después.
Porque estrenar una obra es bastante difícil.
Lograr que siga viva, todavía más.
¿En CABA, qué proyectos y actividades estas desarrollando?
CABA es devastadora.
Es insaciable.
Probablemente, más insoportable que yo.
Y no es poco.
Entre avión y avión, que no son pocos en el año, me acurruco y pienso en voz baja para que ella no me escuche.
Abandoné la pulsión idiota de producir por producir.
No hago temporadas.
Ahora estoy encerrado junto a mi esposa, ensayando un monólogo escrito por ambos, que yo dirijo y ella despliega brillantemente en escena.
Hacemos funciones cuando queremos. Y cuando podemos.
La gente, cuando termina, aplaude y la abraza. Algunos moquean.
A mí no me abrazan.
Todo esto a contrapelo de la lógica de mercado que, en otros espacios, me empeño en defender.
¿Y qué?
Yo también tengo mis contradicciones.
Habito espacios de gestión. Me presento como programador de nuestro festival. Como gestor.
Siempre cóctel.
¿Cómo ves al teatro argentino?¿Qué análisis podrías hacer comparado al teatro que ves en otros países?
CABA no es Argentina.
De Argentina solo sé lo que CABA me muestra. Triste verdad.
Salgo poco. Especialmente porque me cuesta salir del lugar donde quedé acurrucado. Cuando lo logro, me he encontrado con cosas preciosas.
Pero estoy preocupado por el abandono de la palabra. En relación con su capacidad poética. Triste por la voluntad desopilante de abrazar verdades absolutas. De construir un sentido único y moral.
¿Tan convencidos estamos de algo?
Hay obras que parecen tener razón. Me pregunto sobre qué.
Quieren que yo esté de acuerdo con ellas.
En un festival me pidieron que me acostara en el suelo, sobre unos almohadones. Y que la “pasara bien”.
No la quiero pasar bien.
En general. Y en el teatro, en particular.
Por favor, no me digan cómo tengo que estar. Ustedes hagan y yo veré.
Y no me abracen al final.
¿Qué es lo que más te interesa en teatro?¿Tus búsquedas y obsesiones?
El encuentro fortuito de una imagen.
La búsqueda fuera del contexto. Fuera del tiempo. Una obra que no parece estar conviviendo bien con su espacio contemporáneo.
Cuando siento que, en un ensayo, debería preguntarme “¿Estás seguro de dejar eso…?” me lanzo desenfrenado.
Me obsesiona la actuación. La forma de la actuación. La textualidad. La capacidad asociativa de esa fórmula. La corporalidad de la palabra.
Quiero que pasen muchas cosas a la vez. En la actuación primero y en la imagen, después.
En relación con la producción escénica latinoamericana, ¿Qué encontras de común y qué de distinto?
Apoyo oficial.
APOYO OFICIAL.
En todos lados.
Pienso en tres áreas.
Formación, gestión y creación.
Es verdad que cada vez menos, pero aún hay países que tienen contextos de producción desde los cuales puede pensarse un intercambio. Una internacionalización. No veo que sea el caso argentino.
La formación en CABA es maravillosamente caótica. En otros espacios, en otros países, encuentro una mirada coherente con una única búsqueda. Hablo de instituciones, que son con las que he logrado vincularme. Sus universidades “funcionan”. Sus docentes parecen hablar entre ellos y ponerse “de acuerdo”.
No es lo que pasa en los lugares que yo atravieso. Todo lo contrario. Y ese “quilombo” hace interesantes a quienes salen de ahí. A lo largo de su formación han recibido devoluciones encontradas, incoherentes entre sí. Violentas entre sí. Han tenido que pelear con la institución para todo. Habitar esos lugares es un acto poético de voluntad. Son espacios que ponen la habilidad académica por delante de cualquier otra búsqueda.
Esa dinámica y el empoderamiento de quienes transitan esos espacios generan la abultada teatralidad porteña.
También porque, en muchos casos, la formación no es formal.
Por suerte.
No creo animarme a hablar de una teatralidad latinoamericana. No creo poder verter una opinión, pues dejaría mucho por fuera.
Pero encuentro coherencia en mi miedo. En mi tristeza.
Soy internacional en eso.



