El dolor pareciera haberse convertido en uno de los principales lenguajes de legitimidad dentro del campo teatral contemporáneo

Hace poco hablaba con un amigo ajeno al medio teatral que, no es ni director, dramaturgo ni actor, sino que, simplemente es alguien que asiste ocasionalmente al teatro y observa desde afuera. Estábamos hablando de teatro musical y el por qué le encanta el teatro musical, y yo le preguntaba si se ha acercado últimamente a ver otro tipo de ejercicios teatrales que no se dirigieran tanto hacia “lo musical”, autoría mexicana, contemporáneos, etc. En medio de la conversación y de sus respuestas me hizo una pregunta que, mientras más la pienso, más incómoda me resulta, me preguntó: “¿por qué la gente sufre tanto en el teatro? Sí, ósea: ¿por qué el teatro en México es puro sufrimiento?”. Me quedé en silencio, en ese momento no supe qué contestarle. No lo preguntaba desde el desprecio, sino desde una curiosidad que parecía totalmente genuina. Se refería a la enorme presencia de bio dramas, testimonios escénicos, teatro documental, piezas autobiográficas y procesos de investigación que colocan el dolor en el centro de la experiencia escénica. Obras sobre desapariciones, violencia de género, duelo, enfermedad, precariedad, abuso, trauma o memoria colectiva.
Fue una muy buena pregunta.
Quizá porque México mismo se ha convertido en un territorio atravesado por el dolor, y se ha vuelto un país donde las madres buscadoras recorren desiertos buscando huesos, mientras el resto aprende lentamente a normalizar la tragedia. O se ha vuelto un país donde las desapariciones ya no son novedad, y son parte de la cotidianidad. Un país donde la violencia aparece con tanta frecuencia que incluso el lenguaje comienza a desgastarse. Frente a eso, el teatro ha reaccionado intentando acompañar, denunciar, documentar o volver visible aquello que muchas veces las instituciones no logran nombrar. El escenario se ha convertido en archivo emocional. El bio drama, el teatro documental y las piezas autobiográficas han abierto posibilidades importantes para devolver humanidad a aquello que las cifras despersonalizan e impedir que ciertas violencias se diluyan en la estadística o en la indiferencia pública.
Sin embargo, reconocer ese valor no elimina que, poco a poco, el dolor también pareciera haberse convertido en uno de los principales lenguajes de legitimidad dentro del campo teatral contemporáneo como si el sufrimiento garantizara profundidad, o como si la herida otorgara relevancia, o como si la tragedia volviera automáticamente importante a una obra. Ahí el teatro entra en una zona conflictiva que personalmente me ha puesto en jaque: el riesgo de estetizar el dolor y de volver el dolor de “otrxs” un espectáculo. Resuenan entonces las preguntas de Susan Sontag sobre la representación del sufrimiento. En Regarding the Pain of Others, Sontag se pregunta qué implica observar el dolor ajeno y advierte que la exposición constante a imágenes de violencia no necesariamente produce conciencia ni movilización ética. A veces ocurre lo contrario. Mirar repetidamente el sufrimiento puede volverlo paisaje. Puede producir habituación, distancia emocional o incluso una forma de consumo moral donde el espectador confirma su sensibilidad contemplando la tragedia sin que eso modifique realmente su relación con el mundo. Algo similar puede ocurrir en el teatro, no porque estas obras carezcan de honestidad o necesidad, ya que, muchas nacen de procesos profundamente urgentes, sino porque el propio ecosistema cultural comienza a premiar, circular y legitimar ciertas narrativas del sufrimiento por encima de otras posibilidades de representación. El problema no es el biodrama, ni el teatro documental, ni la autobiografía en sí mismos. El problema aparece cuando ciertas economías culturales convierten el dolor en un recurso casi obligatorio de legitimación simbólica.
Entonces el resultado se vuelve inquietante: La alegría empieza a parecer superficial. La imaginación, evasiva. La fantasía, ingenua… y el humor, se transforma como algo insuficiente.
Me cuestiono constantemente aquellos discursos artísticos que buscan habitar dolores que en realidad los mismos artistas o creadores no atraviesan. Es decir: tomar violencias, heridas o tragedias ajenas para convertirlas en propuesta estética. No porque el arte deba limitarse únicamente a lo autobiográfico porque, sería absurdo exigir que sólo podamos representar aquello que vivimos directamente, sino porque algunas representaciones parecen construirse más desde la necesidad de legitimidad, ganar becas, impacto o relevancia cultural que desde una verdadera implicación ética con aquello que representan. Entonces me pregunto: ¿en qué momento una obra deja de acompañar el dolor y comienza a utilizarlo? Porque me resulta problemático cuando el sufrimiento se convierte en vía rápida hacia la profundidad simbólica, o cuando ciertas tragedias parecen otorgar automáticamente densidad intelectual, sensibilidad política o prestigio artístico. A veces incluso percibo una forma de hipocresía en ello, porque mientras algunas personas viven el horror como experiencia irreversible de su día a día, otras lo transformamos en lenguaje, imagen, escena o capital cultural. Y aunque el arte puede visibilizar aquello que el gobierno intenta ocultar, también deberíamos preguntarnos constantemente desde dónde hablamos, para quién hablamos y qué obtenemos al hablar del dolor ajeno. Sontag insiste además en algo fundamental: mirar el sufrimiento no equivale a comprenderlo.
Existe una distancia irreductible entre quien observa y quien vive el horror. Quizá por eso hay algo inevitablemente insuficiente en cualquier intento de representación directa del dolor extremo, no porque no deba intentarse, sino porque hay experiencias que resisten su traducción estética completa, y tal vez esa insuficiencia explique por qué muchos artistas comienzan a desplazarse hacia otros lenguajes. No porque desconozcan la violencia del país, al contrario, muchas veces ocurre porque son demasiado conscientes de ella, porque vivir en México implica convivir diariamente con un exceso de realidad. Después de cierto punto, mirar constantemente el horror también desgasta la sensibilidad de quien intenta representarlo, y tal vez, el problema no sea únicamente cómo hablar del dolor, sino cómo evitar que el dolor termine devorando también la imaginación.
Hay algo profundamente agotador en sentir que el arte debe permanecer mirando la herida para seguir siendo considerado relevante, inteligente o políticamente válido. Quizá ahí nace el cansancio de muchos creadores contemporáneos de no saber cómo mirar el horror sin que el horror termine consumiendo también al arte. Pareciera que hemos aprendido a relacionar profundidad con sufrimiento. Entonces el arte termina habitando permanentemente el colapso. Y con el tiempo eso produce algo devastador: la imposibilidad de imaginar otros mundos posibles. Tal vez uno de los síntomas más profundos de un país roto no sea únicamente su violencia, sino la dificultad de sus artistas para imaginar felicidad sin sentir culpa. Mientras más insoportable se vuelve la realidad, más pareciera exigirse que el arte permanezca mirándola directamente. Como si apartar la mirada hacia la imaginación, la poesía o el artificio implicara automáticamente frivolidad o desconexión política. Entonces algunos artistas comienzan a desplazarse hacia la alegoría, la fantasía, la ciencia ficción, no necesariamente para escapar de la realidad, sino porque la realidad directa empieza a volverse emocionalmente inhabitable, porque hay dolores que el realismo ya no consigue contener. Porque a veces un bosque que habla puede decir más sobre el despojo que una reproducción literal de la violencia, y quizá imaginar otros mundos no sea una forma de abandonar el país, sino la única manera de seguir respirando dentro de él. Y tal vez ahí la ficción deja de ser evasión para convertirse en resistencia, no como negación del horror, sino como un intento desesperado por proteger algo humano frente a una realidad que amenaza constantemente con destruir incluso nuestra capacidad de imaginar.



