Hola, ¿cómo están? Les quiero enseñar esta fotografía, esta soy yo haciendo teatro, acá me observo arriba de otro actor en posición de arrancarle los ojos con las manos, una escena al estilo teatro de la crueldad que sintetiza la fuerza de la vida y la muerte, la luz roja lo cubre todo.

Escrito por: Josefina Pelegrina
Un buen amigo me preguntó si el teatro me encontró o yo encontré al teatro.
Cuando tenía 5 años, en el Jardín Los Manzanos, en Neuquén capital, Patagonia Argentina, lo que acá sería el kínder, me encantaba jugar en un teatrino con un par de títeres: Caperucita y el Lobo. Ya para cuando asistía a la primaria en la “Escuela 103”, en los departamentos de la Paimún 880 en el Barrio Confluencia, aunque los vecinos de abajo se quejaban del golpeteo de los pies, me disfrazaba de diablito y mientras mi mamá planchaba interpretaba sucesos dramáticos que ocurrían en las montañas. Aunque en algún punto quise tomar clases de títeres y no se pudo porque quedaba demasiado lejos, aquellos fueron los primeros indicios de que el teatro y yo tendríamos una relación larga.
Años después, cuando iba al séptimo grado del “Colegio Santa Teresa de Jesús”, gracias al Centro de Estudiantes, donde mi hermano que asistía al segundo año de la secundaria era vicepresidente, se consiguieron tres cosas en su momento importantes: uniforme optativo, infusión caliente y pan para todos y, clases de teatro los días sábados. “Verba Volant” se llamó el grupo que formamos, “las palabras que se llevó el viento”, era más bien teatro del cuerpo, una cosa performática, no hablábamos, recorrimos muchas escuelas de la ciudad actuando. Desde ahí el escenario me empezaba a gustar.
Yo era más bien una joven introvertida, fanática de la escuela, solitaria, deportista, comprometida de lunes a domingo con el club, el “CEF Nº 1”, y la selección neuquina de Handball. Para esa época, me perdía los cumpleaños de quince porque al otro día había que entrenar, y yo quería jugar de titular, así que no faltaba nunca. Fiel a mi estilo, obsesiva, perfeccionista, en esos días en que prefería decirles a mis compañeros que yo sola hacía el trabajo práctico, porque sabía que así aseguraba sacar el 10, mis padres me llevaban a la psicóloga que, mientras me enseñaba a tejer flores al crochet, trataba de explicarme que la perfección no existe.
Mi familia es de gente trabajadora, sencilla, descendientes de migrantes, de campo, de clase media, sin grandes lujos, pero con ciertas comodidades que se fueron conquistando con estudio y mucha dignidad.
La adolescencia fue una temporada difícil, en casa las cosas se pusieron de cabeza. La niña perfeccionista, rebelde, contestataria, “la justiciera” como me dicen ahora mis amigos, tenía sobre sí el estigma de la locura. Y esta frase, para mí imborrable, le dije a mi mamá “Si me querés, dejame irme” y, como mi mamá me quería y mucho, me dejó irme.
A los 15 años dejé mi país, la bandera argentina que ese año me tocaría en la escuela, la selección de Handball, mis pocas amigas, pero muy buenas, un hogar, un barrio y una familia que, a pesar de todo, siempre me amó. Buscando darle sentido a mi vida, porque sabía que era mucho más que lo que el prejuicio decía, en ocasiones por desconocimiento, porque nadie nace sabiendo ser padre o madre, sabiendo ser familia.
Llegué a México, un país desconocido para mí, sin nada, más que los principios que mi madre y mi padre y, el Handball, como otro gran mentor, supieron enseñarme, el valor del esfuerzo, el compromiso, la entrega, la constancia y la disciplina, el entrenamiento y práctica continua, el volver a intentarlo cuantas veces sea necesario, el compañerismo y el juego en equipo y, siempre, la intención de hacer el bien.
Me encontré en una casa prácticamente sola, mi papá, que había llegado dos años antes que yo, viajaba mucho por su trabajo y de las cuatro semanas del mes lo veía sólo una. Ahora limpiaba, cocinaba, lavaba mi ropa, ya no había “mamá taxi” como ella solía decir cuando nos repartía por todos lados dela ciudad a mi hermano y a mí, ya no había quién verificara si iba a la escuela o no, si hacía las tareas y, aunque la primera materia que reprobé en mi vida fue en Campeche, cerré la preparatoria con un promedio excelente.
Pero pasó algo esencial, determinante, lo que cambiaría mi vida para siempre. Fui invitada a suplir a una actriz en una obra de teatro, así fue como hice “Novia de trapo”, dirigida por el cubano Juan Arce, con el que formé parte del Grupo de Teatro de la Secretaría de Cultura durante más de diez años, en los cuales viajamos para llevar teatro a los municipios del estado, otros estados de la República como Tabasco, Chiapas, Hidalgo y, hacia el final, fuimos de gira a Guatemala. Se convirtió para mí en un lugar de encuentro, de contención, de diálogo y escucha, un espacio de recreación donde ser raro era lo común. Decía yo “mis tardes se llaman teatro”. Hoy a mis treinta y dos años digo “mis tardes, mis mañanas, mis fines de semana y vacaciones se llaman teatro”. Entonces, ¿yo encontré al teatro o el teatro me encontró a mí? Estaba a punto de averiguarlo.
Antes tuvieron que pasar muchas cosas en el transcurso de varios años, los llamados hitos. Sucesos que construyen la narración de la propia historia. La vida contada en hitos. Y allí mismo aparecen lo que en teatro le decimos “peripecias”, aquellos giros de 360º que nos cambian y comenzamos a ser otros y otras.
Terminando la preparatoria entré a estudiar en la Facultad de Psicología, allí leí a las fuentes primarias, los filósofos griegos, a los humanistas, conocí a Nietzsche, Lacan, Foucault, Freud, supe que todos, en mayor o menor medida, somos neuróticos. A los 18 años, con promedio 9.7, dejé la carrera porque quedé embarazada. Ahí, aprendí el oficio de la cocina, mi papá me enseñó a hacer empanadas argentinas, alfajores, lasañas, canelones, espagueti a la boloñesa o con salsa bechamel, tuve la oportunidad de mantenerme cerca del teatro interpretando todos los días un papel, el de la mejor vendedora, sí, primero ambulante y con el tiempo fui armando la cartera de clientes, gente con la que siempre voy a estar agradecida.
Quiero remontar en el recuerdo de esa adolescente neuquina en el Colegio Santa Teresa de Jesús que, en una feria sobre diversidad sexual, matrimonio igualitario, aborto, violencia de género, a los 15 años, decía que quería tener hijos pero después de los 30, que no sabía si casarme por la iglesia pero sí por lo civil, de esto no hice ni una ni otra, y que nunca permitiría que me pongan una mano encima, bueno esto sí me pasó, durante 7 años.
Muchas veces volvía a ese momento en que le dije a mi mamá que me dejara irme, y deseaba que me hubiera dicho que “no”. Porque tal vez hubiese seguido un camino mucho más convencional sin tantos tropiezos. Pero las madres son sabias e intuitivas, y aunque no saben del todo lo que va a venir, se arriesgan y nos dejan echarnos a volar. Dejamos de responsabilizar a los demás y nos damos cuenta que los golpes de la vida a todos nos pasan y forjan nuestra identidad. Hoy le agradezco a mi madre, por su incondicional apoyo, por ser el mejor ejemplo de una mujer fuerte.
Tuve un amigo muy talentoso, guitarrista y cantante que me escribió en la foto del Facebook que les mostré al inicio ¿se acuerdan?… Me puso: “Que hermosa Jo, qué lástima que la ciudad Neuquina no supo contemplar tu bella energía”, y yo le respondí: “Gracias, tal vez sólo era yo que no había descubierto el misterio y la belleza que habitan la locura”. Meses después estábamos reunidos en Argentina y recuerdo que me dijo “Estás bien curtida Jo”, entendí que era un sinónimo de madura, consciente, reflexiva, también me contó que tomaba seis pastillas diarias. Luego, al momento de regresarme a México nos despedimos por última vez con un beso. Al poco tiempo, me llegó la noticia de que se había suicidado. Me impactó tanto que despertaba en las madrugadas dando vueltas, me di cuenta que pude haber sido yo, porque había vivido en Argentina una experiencia similar a la suya, pero tuve otra alternativa, me fui y pude empezar de nuevo, eso es lo que me afectaba, no haber podido compartir esa oportunidad. Sentí alivio cuando escribí “Hirviendo vacío”, obra de teatro que actué y dirigí, con música en vivo inspirada en sus composiciones musicales; retrata un fragmento en la vida de “Pazza”, “la loca” en italiano, que exhibe la relación que existe entre las farmacéuticas, los centros psiquiátricos y la autoridad. Ahí estaba el Teatro, otra vez, estrechándome la mano.
El teatro es una ventana, un espejo para mirarnos a nosotros mismos, entre nosotros. El meollo del asunto radica en descubrirse, apreciar las cualidades que nos diferencias de los demás, las particularidades que alguna vez llegamos a odiar, detestar, porque nos dijeron que así no era, que así no estaba bien, ese deber ser aplastante, que te envía a empastillarte, o a encerrarte en un psiquiátrico. Esta es una vía noble, empática, donde se alza la voz y se dice lo que se siente y piensa, donde nos podemos sentir orgullosos y satisfechos de quienes somos, donde nos acompañamos los unos a los otros para afrontar los miedos, superar los prejuicios, tumbar barreras y límites que nos alejan de nuestra esencia.
También descubrí una técnica teatral creada por la argentina Vivi Tellez, Biodrama, “bio” biografía, “drama” teatro, encontrar en la propia historia aquellos sucesos dramáticos que resulten escenificables, la vida como teatro. Que de algún modo cuenten estos sucesos que nos pasan en la cotidianeidad, en el seno de la familia, nuestra sociedad, las problemáticas cercanas que nos competen. Así surge “Loca belleza”, biodocumental donde me permito afrontar mi identidad y “Memoria de nuestros pasos” proyecto con el que recorro Argentina, a reunirme con mi familia desde Córdoba, Neuquén hasta el Fin del Mundo en Ushuaia, Tierra del Fuego, recuperando los relatos de mis abuelos, mi madre, mi hermano, mis tíos, mis primos, para tratar de entender de dónde vengo y a dónde voy, para estudiar el fenómeno de la migración desde la experiencia, ya que mi hijo probablemente un día también escoja serlo. No sería, en fin, lo que soy si no hubiera atravesado este camino.
En nuestro Estado, aún no existe la carrera universitaria en Teatro, entonces decidí estudiar Ingeniería en Energía en la Universidad Autónoma de Campeche por mi vieja fascinación por las matemáticas y la naturaleza. Luego logré irme a estudiar al Centro Dramático de Michoacán a cumplir mi sueño, mi meta, mi promesa de ser actriz profesional. En 2021 fui escogida Representante Estatal de Teatro en el 1º Congreso Estatal de Teatro en Campeche para asistir al 6to Congreso Nacional de Teatro en Guadalajara, Jalisco, y en mi carta motivo reflexionaba, como ahora, que me ha tocado afrontar el Teatro desde las posibilidades de mis circunstancias. Lo cual me ha impulsado a afrontar el día a día y a dirigir mis pensamientos y acciones hacia la generación de movimiento, con todo lo que ello implica y, más íntimamente, ha tenido que ver con la gestación de un estilo de vida mediante el cual el Teatro se ha convertido en motor medular de mi quehacer y existencia.
Actualmente, naturalizada mexicana, madre de un niño de 12 años, cuento, naturalmente por los años y experiencias vividas, con mayor sensibilidad humana y herramientas propias del oficio para, a partir de una búsqueda constante, ser capaz de materializar el espíritu, y dicho esto me refiero a la capacidad de transformar la realidad en la que vivimos, poniendo en juego una visión crítica o autocrítica sobre diversos procedimientos en los que como seres sociales estamos inmersos. Se trata de, a través del Teatro, fomentar una sociedad más justa e inclusiva que nos permita encontrar maneras diversas de comunicarnos y relacionarnos, un anhelo cimentado sobre un sentido profundo de respeto a la vida, y a los derechos de los que todos somos poseedores y que en gran medida se ven atropellados. Por ello, es sitio el Teatro para alzar la voz, denunciar, provocar, detonar, invitar a la reflexión, a la introspección, a la contemplación, al cambio.
Así, tras muchos años en el empuje independiente del arte y la cultura desde la sociedad civil y/o en colaboración institucional, en lo que concierne al ahora, dos de mis frentes consisten, uno en la consolidación de un espacio cultural independiente, “La Fuerza, arte y movimiento”, que ha fungido como un lugar de encuentro, plataforma de artistas experimentados o emergentes interesados en compartir lenguajes, conocimientos y maneras de ejercer la profesión artística con niñas, niños, jóvenes y adultos de nuestra comunidad; y otro en la docencia.

Hoy soy maestra de la mano del Instituto de Cultura y Artes del Estado de Campeche, en proyectos que también se han convertido en peripecias en mi vida, algunos que propuse, otros en los que fui invitada a sumar esfuerzos: “Laboratorio de Actuación para Hacedores del Teatro” en la ciudad capital, actualmente “Laboratorio de actuación” (2022-2024), “Teatro Comunitario” en el municipio de Tenabo (2022), “Teatro Penitenciario” en el Centro de Reinserción Social de San Francisco de Kobén en el ala de hombres (2022) una de las experincias más reveladoras, “Misión Teatral Champotón” (2023-2024), “Teatro para deportistas de alto rendimiento (BTED)” (2023-2024), “Teatro para niñas y niños con TDAH” en colaboración con el Centro de Desarrollo TDAH Campeche” (2023-2024), “Jueves Teatral Juan Arce Saavedra“ (fundado en 2011 y reactivado tras pandemia en 2023 hasta la actualidad), “Teatro +45 y jubilados” (2023-2024) siendo este un proyecto muy querido que llena de asombro a la comunidad campechana por la naturaleza peculiar de su elenco. La población atendida en los procesos de formación teatral y producción escénica varía de entre los 6 hasta los 85 años de edad, talleres totalmente gratuitos desde el ejercicio de la cultura pública.
Estos son parte de los proyectos en los que me he involucrado en los ultimos años en el estado de Campeche, entre otras labores de vinculación nacional e internacional con artistas y agrupaciones que llegan a nuestra amada ciudad a compartir arte, oficios y saberes. También existe un movimiento teatral notorio, y cada vez más constante, en la ciudad y municipios como ciudad del Carmen, Hopelchén, de agrupaciones y espacios independientes que están presentes y participan de manera activa de los circuitos de presentación local, regional o nacional. Así, desde las distintas posbilidades, se trabaja todos los días en la consolidación de una escena teatral estable y abierta para que más personas puedan vivir la experiencia de dejar entrar al teatro en sus vidas, porque el encuentro con uno mismo y los otros resulta transformador y revitalizante.
Se trata, para resumir todo esto, de la oportunidad de encontrar la propia vocación, se puede llamar cine, basket, baile, cocina, literatura, yoga, música, fútbol. Si estás en posición de brindar una oportunidad, de relacionarte con otros miembros de la comunidad para conocerse y sensibilizarse con los distintos procesos y aportaciones, crear vínculos y colaboraciones, de elegir contenido para llevar a cabo un montaje, por ejemplo, o escribir un discurso que realmente contribuya, de compartir tu conocimiento, tu tiempo, tu energía, de generar un espacio o prestarlo si lo tienes, de dar clases donde te fijes y atiendas a las particularidades de tus estudiantes, de hacer un evento donde participen tus pares, de gestionar un recurso para que podamos todos y todas dignificar nuestro trabajo, si tienes voz para hablar y una visión para darle valor y alcanzarla, ¿qué estás esperando? Sin duda, hacerlo, hoy, puede marcar la diferencia, para tu propia vida y para la de los demás. Para mí se llamó teatro, ¿y para vos? Muchas gracias por llegar hasta aquí, quería que me conozcas, que sepas quién es esta teatrera que te va a estar contando un poquito del Teatro en Campeche. En las siguientes ediciones vamos a ir abriendo el universo de cada proyecto, de cada posibilidad. Nos leemos pronto y cuando quieras o quieran nos vemos en Campeche.



